Dos padres de famosos que pelearon con San Martín
Dos dichos populares podrían corroborar la intención de esta nota que busca conmemorar a los padres. Y otra vez, el Padre de la Patria, nos servirá de ilustrativo pretexto. Saldrán a la luz figuras preponderantes en la historia nacional que estarán ligadas directamente a la gesta emancipadora americana a través de sus padres. En el fondo, aquellas expresiones: “de tal palo, tal astilla” y el campechano “hijo e’ tigre” vuelven por sus fueros cobrando un sentido significado.
He aquí dos historias breves (hay miles) de abnegados padres prácticamente desconocidos que alumbraron hijos trascendentales para el devenir de los tiempos argentinos, sin previamente dejar de aclarar que este lindo ejercicio rememorativo solo pretende seguir buscando motivos que nos permitan historiar, porque es una prédica (y un compromiso) de este autor, sostener desde hace años, que el día que deberíamos recordar la merecida conmemoración a los padres debe ser el 24 de agosto cuando Merceditas Tomasa San Martín y Escalada nació en Mendoza durante 1816.
1) DON CLEMENTE SARMIENTO
Don Clemente podría considerarse el injustamente ignorado de los Sarmiento para el gran público argentino, y aunque la fama de los familiares directos de Clemente está muy bien ganada, hoy recordamos “al padre”. No hablaremos para nada del gran maestro de América, Domingo Faustino, además poco podríamos agregar a lo ya consabido. Y ni hablemos de Doña Paula, famosísima en el imaginario popular, con su telar trabajando bajo la higuera. Ni del hijo de Sarmiento, Dominguito, muerto heroicamente en la guerra contra el Paraguay. Ni de las cuatro hermanas del prócer: Procesa (casada con el ingeniero francés Benjamín Lenoir) distinguida escritora, docente y considerada la primera pintora argentina. Ni de Paula, apodada “La Santa” por sus múltiples obras de caridad. Ni de Bienvenida, ni de Rosario, también emprendedoras, artistas y maestras.
Ahora llegó el turno a Clemente José Cecilio Sarmiento (1778 – 1848), el papá de Sarmiento. Arriero y militar. Fue padre de 15 hijos, aunque 10 de ellos murieron de niños. Lo que muchos ignorarán, fue que en 1846 durante la estadía de San Martín en Grand Bourg (Francia) se produjo un encuentro entre un veterano militar, ya de 68 años (San Martín) que recibía a un joven sanjuanino de 35 años, que viajaba por el mundo en pos de conocimientos y resguardándose de los avatares políticos de ese momento en el país (Domingo Faustino Sarmiento).
En ese contexto afloró un diálogo espontáneo. “Mi padre fue su soldado”, sostuvo Sarmiento. Efectivamente, Don Clemente, fue uno de los primeros cuyanos en plegarse al movimiento patrio apoyando la campaña de San Martín. Más aún, fue San Martin quien lo nombró Capitán del Ejército Libertador. Más de 90 hombres le aportó Clemente Sarmiento a la gesta para integrar el ejército llegados de San Juan.
Con el grado de capitán de milicianos Don Clemente asistió al triunfo de la Batalla de Chacabuco teniendo una actuación sobresaliente y fue el encargado de llevar el parte de la victoria a San Juan, además de custodiar el traslado de 300 prisioneros realistas, muchos de ellos puestos a trabajar en la construcción de canales mendocinos. Este hecho fue claramente recordado y ponderado por San Martín, quien emocionado le reconoció a Domingo Faustino que tenía muy presente la figura de su padre, con quien solía conversar frecuentemente sobre los distintos vericuetos que ofrecían los pasos cordilleranos, que Don Clemente por su trabajo de tropero, llevando vacas y mulas de Cuyo a Chile, conocía al dedillo.
En ese marco, paralelamente, Sarmiento le hizo saber a San Martín que sobre la Batalla de Chacabuco, él había escrito un artículo en diario “El Mercurio” (1841) estando exiliado con repercusiones muy favorable, mientras San Martín no dejaba de resaltar las bondades de Clemente como un reconocido patriota y un extraordinario baqueano.
2) DON JOSÉ SEGUNDO ROCA

Don José Segundo Roca (1800 – 1866) estuvo en todas las guerras por la emancipación. Desde muy pibe peleó bajo la orden de los mejores. Tuvo 9 hijos. Fue el padre de Julio Argentino Roca.
Muchas veces zafó de la muerte. De chiripa se salvó de ser fusilado gracias a la acción de su novia (Agustina Paz), que era hija de Juan Bautista Paz, ministro del gobernador Alejandro Heredia, y quien había mandado fusilar un grupo de unitario. Entre ellos estaba José Segundo Roca. Por esa intermediación de su novia fue perdonado. En agradecimiento por el gesto, a su primer hijo le puso Alejandro (como el gobernador Heredia) y se casó con Agustina, a la postre la mamá de Julio Argentino.
Roca, “el padre”, fue amigo y conocido de toda la oficialidad del ejército libertador. Tuvo dos hermanos: Pedro y Francisco, que pelearon en el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano.
Primero se enroló en la Compañía de Cazadores Cívicos de Tucumán siendo “Cabo primero” del ejército de Belgrano y después subteniente de banderas del Batallón Nº 11 de Infantería en el Ejército Libertador al mando del Sargento mayor Ramón Antonio Deheza. Y tuvo una destacada participación en la campaña libertadora del Perú bajo la supervisión del Coronel Las Heras, jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador del Perú.
Había zarpado de Chile en agosto de 1820 rumbo a las costas peruanas de Paracas (Pisco). Ya era subteniente. Estuvo en la Campaña de la Sierra, y le cupo una destacada actuación en el triunfo de la batalla del Cerro de Pasco (6 de diciembre de 1820) al mando de Juan Antonio Álvarez de Arenales, victoria que sirvió para que su unidad pudiera retornar a la costa y reunirse con el ejército de José de San Martín. Por su heroísmo tras ese logro fue ascendido a Teniente segundo y felicitado expresamente por Las Heras. Una acción le valdrá el reconocimiento, y fue cuando a “bayoneta calada” (la bayoneta está sobre el caño del fúsil y se usa en enfrentamientos “cuerpo a cuerpo”, pues ya no quedan posibilidades de tiro) logró arrebatar la bandera del histórico regimiento español “Talavera” y tomar prisionero al general Diego O’Reilly. Dicha bandera posteriormente será remitida de Lima a Buenos Aires, encontrándose actualmente en el Museo del Cabildo de la Ciudad de Salta.
Será Capitán del Regimiento de Cazadores del Perú cuando junto a San Martín ingresaron triunfantes a Lima. Tras el triunfo de Pichincha (24 de mayo de 1822) y por otra actuación gloriosa será ascendido a Mayor. Se destacará en la batalla de Junín (6 de agosto de 1824) al mando de Rudecindo Alvarado y terminará siendo galardonado con la honorífica medalla al mérito que llevaba grabada la leyenda: “Yo fui del Ejército Libertador”.
Indudablemente José Segundo Roca fue un militar a alma. Combatirá en Cepeda y Pavón junto a su hijo Julio Argentino, y morirá en campaña siendo Coronel de Caballería y Jefe de la 4° División del primer Cuerpo de Ejército en Ensenadita (Corrientes) tras sufrir una descompensación.
Fue el único oficial superior que participó en la guerra del Perú, la del Brasil, las dos grandes guerras civiles, la lucha contra el estado de Buenos Aires y la guerra del Paraguay. Peleó bajo las ordenes de próceres como Belgrano, San Martín, Bolívar, Sucre, Santa Cruz, Alvear, Mansilla, Lavalleja, Lavalle, Paz, Lamadrid, Urquiza y Mitre.
Dos mendocinos se contarán entre sus amigos: el fraile Aldao y el Coronel Gerónimo Espejo, ese gran recopilador de información de toda la gesta libertadora sanmartiniana, entre cuyas obras se encuentran: “El Paso de los Andes. Crónica histórica de las operaciones del Ejército de los Andes para la restauración de Chile en 1817" y "Apuntes históricos sobre la expedición libertadora al Perú".
Será Espejo quien sembró en Don José Segundo la semilla del historiador. Durante su último tiempo de soldado, Roca padre, escribió “Relación histórica de la Primera Campaña de la Sierra” (1865), precisamente a pedido Gerónimo Espejo, quien lo había alentado a que contará la campaña libertadora. A su regreso de Paraguay ya se había propuesto escribir sobre las campañas de Pichincha, “la campaña de intermedios” por el General Santa Cruz y la de Ayacucho. Lamentablemente no pudo concretarlo. La muerte lo sorprendió. En carta a Espejo, Don José Segundo, le había confesado: “no me veo en la tarea de historiador, pero cuando empecé a volcar al papel mis vivencias, anécdotas, impresiones y recuerdos, éstos aparecieron como si me hubiesen ocurrido el día anterior. Ahí me entusiasmé”. Eso suele pasar. Para ponerse a historiar son imprescindible solo dos cosas: tener algo que contar y, simplemente, empezar. Buena enseñanza. Vale para todos.



