Postales mendocinas

El Gaucho Cubillos, la leyenda y los milagros que rodean a este personaje mendocino

Estuvo preso varias veces. Acusación: “cuatrero”, ladrón de caballos, “camorrero”, falta de respeto a la autoridad, “desacatado”. Nunca mató a nadie, pero nunca tampoco se enroló en la milicia.

Gustavo Capone
Gustavo Capone miércoles, 12 de junio de 2024 · 10:56 hs
El Gaucho Cubillos, la leyenda y los milagros que rodean a este personaje mendocino
Leyenda y devoción por el Gaucho Cubillos. Foto: Radio Nacional

El 20 de febrero de 1926 un desconocido autor mendocino, Guillermo Petra Sierralta (a la postre, un genio), estrenaba su obra “El Gaucho Cubillos” en el Circo Palacios. El público rebalsó el lugar. Bajo una carpa de circo y en pleno verano de vendimia, un autor primerizo que firmaba bajo el seudónimo de “E. Ríos” intentó despuntar el vicio de la dramaturgia escribiendo y dirigiendo una obra. Y lo que pretendió ser debut y despedida, contemplando previamente ese estreno como única función, terminó siendo un éxito rotundo que derramó en funciones por todo país. La obra comenzaba así:

NIETO: — ¿Qué quiere decir milagro, abuelito?

ABUELO: —Algo raro, m’hijo, que se hace con una juerzada hacia arriba, más juerte que nosotros y la naturaleza.

NIETO: —¿Y Cubillos es milagroso, abuelito?

ABUELO: —Ansina al menos lo cree la gente, m’hijo.

NIETO: —¿Y cómo saben que hace milagros?

ABUELO: —Medio difícil esplicarle, mi cachorro… Un poco la fantasía ‘e la gente; otro la superstición y mucho la credulidad, que se le mete en el alma al pueblo y se le aquerencia con el calor de adentro”. (Extraído de “Huellas” - Nº 4 – 2004. Del muy buen artículo de José Francisco Navarrete: “El Gaucho Cubillos; de la leyenda al teatro”).

La leyenda continúa

Repasemos: “Un poco la fantasía ‘e la gente; otro la superstición y mucho la credulidad, que se le mete en el alma al pueblo y se le aquerencia con el calor de adentro”. ¿Se podría explicar mejor qué significa una leyenda popular? Creo que no. Simple y contundente. Eso implicaba Cubillos. Tal lo define el texto de Petra Sierralta. Eso es una leyenda. Pero también eso eran: Vairoleto, Segundo David Peralta ("Mate Cosido"), Felipe Pascual Pacheco ("El Tigre de Quequén"), José Font, ("Facón Grande"), Antonio "Curuzú" Gil Núñez ("El Gauchito Gil"), Olegario Álvarez ("El Gaucho Lega"), Isidro y Claudio Velázquez junto a Vicente Gauna ("Los vengadores chaqueños"), Deolinda Correa (“La Difunta”), Santos Guayama, Martina Chapanay, Diógenes Recuero (“el Ánima parada”). Todos prototipos de la “argentinidad al palo”, integrantes indiscutidos del panteón mítico de “santos” criollos.

Pero volviendo a Cubillos, y a la obra de Guillermo Petra Sierralta, la crítica especializada “lo mató”: “Convertirlo en motivo de devociones y en símbolo milagroso, malogrando el sereno criterio de la sensatez, que sonríe escépticamente ante los ídolos que en su extravío suele levantar la exaltada imaginación del vulgo”. (Diario “Los Andes”. Mendoza, 23/02/26, p. 5. 7).  Dos páginas, le dedicó el diario “Los Andes” para criticarlo.

El Gaucho Cubillos

¿A qué se le tenía tanto miedo? En síntesis: la opinión especializada y la crítica académica por un carril. Las lealtades y la devoción popular por otro. Mientras tantos, salas llenas y cada vez más velas encendidas.

¿Quién fue Cubillos?

Las crónicas históricas mendocinas de la época lo presentaron como un “roto” chileno nacido en Curicó durante 1869. Habitante misterioso y carismático, típico de los arrabales de Mendoza. Prototipo común de los inmigrantes trasandinos empobrecidos que no tienen otra posibilidad más que desempeñarse como peones rurales de los sectores acomodados.

Estuvo preso varias veces. Acusación: “cuatrero”, ladrón de caballos, “camorrero”, falta de respeto a la autoridad, “desacatado”. Nunca mató a nadie, pero nunca tampoco se enroló en la milicia, ni poseía “papeleta de conchabo”.

Robaba gallinas y terneros que repartía entre los vecinos. Hurtaba caballos que se vendían en Chile o San Juan. Le gustaba jugar al misterio mientras su idolatría crecía. Se disfrazaba para caminar por las calles del centro o participar en cualquier farra de pulpería. Su primera hazaña popular: robarle un caballo alazán al “grandote” Peñaloza, nada menos que el arrogante comisario del pueblo y pasear como si nada por la plaza del lugar.

El gobernador Francisco Julio Moyano puso precio a su cabeza saturado de las humillaciones que le brindaba a la policía escapándose siempre de cuánto calabozo estaba encerrado. Se burlaba entre los parroquianos del precio que darían a sus captores en caso de atraparlo. “Tan poco valgo”, murmuraba y reía entre brindis y canciones. La recompensa por atraparlo (vivo o muerto) era de 200 pesos. Entre 1887 y 1895 fue detenido ocho veces y las mismas se fugó.

Llegado de jovencito a Mendoza, su fama nunca dejó de crecer. Defendía a la peonada de los abusos del patrón, liberaba a los “compadres” presos sobornando a milicos con unos pesos o botellas de grapa, seducía a las “chinas” comprometidas con los ricos, festejaba los cumpleaños de los amigos con las vacas robadas, conseguía yerba gratis para la mateada y vino para los fogones, era amigo de los indios y protegido por los campesinos; hasta curaba el empacho, la culebrilla y la insolación. Era un empírico veterinario, la leyenda dice que sanaba del moquillo a los chocos y de la “mancura” a los matungos con solo tocarlos. 

La muerte ante la cruz de Paramillos

Se la tenían jurada. Ya había caído su compadre Eliseo Puebla. Ahora iban por él. Dicen algunos que lo mataron por encargo. Comentan, además, que un policía pagó por ese servicio, al enterarse que su mujer se veía a escondidas con el Gaucho. Habladurías, no más. Lo cierto fue que tras su última fuga de los calabozos (5 de abril de 1895) se refugió en las Minas Jesuitas de Paramillos. ¿Para esconderse de los milicos o para robarse una pepita de oro, y así seguir tirando? Nunca se sabrá. Lo cierto que alguien lo delató. Hasta Paramillos llegaron los agentes Juan Carrizo y Felipe Quinteros ataviados de mineros. Se alojaron con nombres falsos en una pulpería tratando de no llamar la atención hasta que finalmente encontraron a Cubillos. El desenlace es imaginable. Lo acribillaron. Una bala terminó volándole los sesos.

Crece la devoción por Cubillos.

Los mineros no permitieron que los policías se llevaran el cuerpo. Lo velaron en las postrimerías de la misma mina, surgiendo ahí, la primera manifestación post mortem de fervor popular. Hubo misa. Ese día no se trabajó en los cerros. Y siguiendo la tradición, una pequeña ermita de piedras con una cruz de madera recordaba el lugar del deceso, convirtiéndose el espacio desde el primer día de muerto en lugar de devoción popular. 

Un cartel indicará que ahí murió trágicamente el Gaucho Cubillos. Tras esa ceremonia de dos días se trasladaron sus restos al cementerio de Mendoza.

El santo popular

Murió con los ojos abiertos. En su rostro no había indicios de dolor. Es más, la leyenda dirá: “Murió sonriendo”, como burlándose de sus matadores. Un tatuaje en su brazo derecho con sus iniciales “J C” (Juan Cubillos), que eran las mismas iniciales de su verdugo: Juan Carrizo. “Él ya sabía quién lo iba a matar”. Rumor que todavía perdura.

Al llegar a Mendoza su cuerpo no había sufrido la descomposición natural de varios días como finado. “Ni olor a muerto tenía”.

Está enterrado en un mausoleo del Cementerio de la Ciudad de Mendoza. Parte denominada:  "Cementerio Antiguo" - Cuadro "H" - Terreno "3". Paredes interiores revestidas en azulejos y techo de chapa acanalada. A partir de ahí, el santuario popular. Imágenes religiosas, flores, rosarios, placas de agradecimientos, pedidos de familiares de personas encarceladas o enfermas, botellas de vino, camisetas de fútbol, trajes, mates, plantas.

Por esos días de su muerte Mendoza estaba convulsionada políticamente. Se había producido un cambio de constitución (Constitución Provincial de 1895 que reemplazó a la de 1854), tres gobernadores en pocos meses, problemas con elecciones fraudulentas y en medio de todo eso: ¡el asesinato de Cubillos!

Y como para acrecentar la leyenda: un aluvión feroz azotó Mendoza en enero de 1896. Otro más fuerte se repitió el 11 de febrero. Casas derrumbadas, ahogados, cultivos perdidos. Pero la lista de calamidades se extenderá. Epidemia de difteria. Perros con rabia. Cientos de fallecidos. Hospitales saturados. Terror. Mientras tanto en la creencia popular todo agrandará la figura del Gaucho. La sospecha de la venganza de Cubillos desde el más allá se hará masiva. Murió a los 27 años. Otro condimento para la idolatría social. Había muerto joven.

Cubillos entre nosotros

El epitafio sobre su tumba versa: “JUAN FRANCISCO CUBILLOS Q.E.P.D. Falleció en Mendoza el 25 de octubre de 1895. Mártir de los humanos fue el gaucho CUBILLOS, su alma milagrosa perdura haciendo el bien a los humildes que le dedican esta morada de eterna paz".

Su recuerdo movilizó multitudes que lo siguieron y apañaron en sus tropelías. Llenó teatros y plazas de pueblos cuando muerto. Fue interpretado por decenas de elencos. Se convirtió en eje de populares radioteatros en la voz de Oscar Ubriaco Falcón. Drama, tragedia y novela. Desde Fernández Peláez en 1939 hasta la destacada periodista mendocina Marcela Furlano lo recuerda en un cuento maravilloso con prólogo de Bracelis.

Hazañas épicas, perseguido por el poder, amores prohibidos, carismático y galán, romántico benefactor, generoso con los pobres, altanero con la patronal, traicionado por alcahuetes, vengativo desde las entrañas del firmamento, vanagloriado por el canto, la radio, el teatro, la literatura, la plástica y el imaginario colectivo, idolatrado en santuarios callejeros, hacedor de milagros que la gente creyó ver, sostén ante las calamidades e injusticias mundanas, mártir de los humildes que murió joven, su tumba está siempre plagada de ofrendas. Para qué más. Creer o reventar. Vox populi, vox dei. Gaucho Cubillos, leyenda y santo popular.

 

 

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