Presenta:

Un análisis crítico al discurso políticamente correcto

Posverdad o mentira emotiva es un neologismo que implica la distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos.
Es así como, hasta el día de hoy, la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad, en lugar de la verdad desnuda. Foto: MDZ
Es así como, hasta el día de hoy, la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad, en lugar de la verdad desnuda. Foto: MDZ

La leyenda cuenta que un día se encontraron la verdad y la mentira.

“¡Buenos días!”, saludó la mentira.

“¡Buenos días!”, respondió la verdad.

“¡Qué hermoso día!”, comentó la mentira. La verdad se asomó para comprobarlo y, efectivamente, era un día espléndido. “¡Tienes razón”, dijo, “es un día hermoso!”.

“¡Y el lago aún lo es más!”, añadió la mentira. La verdad dirigió su mirada hacia el lago y vio que, una vez más, la mentira decía la verdad. Asintió con la cabeza en señal de acuerdo.

Luego, la mentira corrió hacia el agua y dijo “el agua aún está más hermosa, ven nademos”. La verdad tocó el agua con sus dedos y comprobó que, efectivamente, era tan hermosa como la mentira había dicho y decidió confiar en la mentira. Entonces, ambas se quitaron la ropa y nadaron juntas en las tranquilas aguas del lago.

Un rato después, la mentira salió del agua, se vistió con las ropas de la verdad y se marchó.

La verdad, por su parte, no fue capaz de ponerse las ropas de la mentira. Al verse desnuda, no tuvo más remedio que comenzar a caminar sin ropas. Para su desdicha, todos los que la veían se horrorizaban.

Es así como, hasta el día de hoy, la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad, en lugar de la verdad desnuda.

Esta hermosa versión de Jean-León Gérome de esta tradicional fábula es la más clara representación de lo que significa en  nuestros días lo políticamente correcto: “una mentira disfrazada de verdad”.

La verdad, por su parte, no fue capaz de ponerse las ropas de la mentira. Foto: MDZ.

La comunicación parte del principio ordenador de que los sujetos que se comunican dicen la verdad, ya que esta, brinda la estructura y la confianza para que ambas personas puedan hablar. Si uno de los sujetos supone que su interlocutor no dice la verdad, automáticamente pierde el interés en dicha conversación. Por lo tanto, la verdad brinda el ordenamiento del discurso y su ausencia genera la ruptura de la comunicación.

En nuestros días ha surgido un neologismo denominado posverdad

Este constructo ha venido a reemplazar a la verdad en esta tarea ordenadora del discurso dándole coherencia interna al mismo. La posverdad es un fenómeno cualitativo que acontece allí, donde el discurso público abandona el criterio de la verdad como ordenador de la comunicación. Esto significa que las palabras del discurso público (políticamente correcto) estarían vaciadas de verdad.

Este fenómeno se caracteriza por emerger dentro de un entorno en el que las emociones y las creencias subjetivas personales tienen más influencia en la formación de la opinión pública que los datos objetivos en los que se sustenta la verdad. De esta manera, las personas tienden a prestar más atención a información que resuena emocionalmente con ellas o que confirma sus creencias preexistentes, en lugar de evaluar críticamente la información basada en su veracidad objetiva.

¿Por qué es tan relevante este enroque entre verdad y posverdad en el discurso?

Porque cuando el objetivo de la comunicación es la verdad, los interlocutores debaten para alcanzarla. Sin embargo, cuando el eje está puesto en la posverdad o el sentimiento de verdad, los interlocutores saben que nunca podrán llegar a un acuerdo, ya que no existen criterios empíricos y objetivos para argumentar. Además, es mucho más fácil alterar la emocionalidad de las personas con discursos políticamente correctos que alterar su pensamiento con argumentos racionales. Este principio regulador del discurso es subjetivo ya que la posverdad no necesita de más argumento empírico que la propia opinión del sujeto, la cual, es “relativa” y por ello se manifiesta a través de un “relato” y no de una demostración.

En este contexto, la imposición del nuevo criterio emocional para ordenar el discurso da lugar a la “cancelación” o “censura”, cuando un mensaje no se ajusta a los principios de la ideología hegemónica dominante. Esta ideología, define los criterios de la posverdad y establece una cosmovisión subjetiva y sensible, o sensacional. Vamos a ejemplificar este intríngulis.

Si una mujer que nació mujer, y se parece a una hembra de la especie humana, me dice que su nombre es de varón, me obliga a constreñir todo el discurso a la autopercepción de esa persona porque forma parte de una “minoría de oprimidos”. Este constructo “minoría de oprimidos” es el elemento sensible que la posverdad convierte en el discurso políticamente correcto que somete a las mayorías en el nombre de sus sentimientos. Hoy en día, cuando se conversa con una persona, el interlocutor no se debe a la verdad objetiva evidenciada a través de los propios sentidos, sino que se debe a la autopercepción que ese sujeto tiene de sí mismo y del cosmos.

Cuando el objetivo de la comunicación es la verdad, los interlocutores debaten para alcanzarla. Foto: MDZ.

Ante esta situación, la cultura de la cancelación emerge cuando el interlocutor elije a la verdad por sobre las emociones y  sensaciones subjetivas de tales minorías hegemónicas. Es así, como se da paso a la persecución y posterior cancelación de un discurso, no por ser irracional o absurdo, sino por ser un discurso de odio, es decir: “emocional”. Este tipo de cancelaciones se
pueden ver en las universidades, tal vez el caso canadiense de Jordan Peterson sea el más elocuente, sin embargo, en Mendoza no nos quedamos atrás después del evento celebrado en las II Jornadas sobre historias, memorias y experiencias de la Mendoza subalterna de la Facultad de Filosofía y Letras; durante la cual, se canceló el pensamiento de muchos intelectuales y exprofesores de la casa (muchos de los cuales ya están fallecidos) por no coincidir con el modelo ideológico político de una minoría.

Otro caso abrumador de cancelación es la sanción de la Ley Micaela que obliga a todo empleado del Estado a la capacitación en género y violencia contra las mujeres. Según el artículo 8 de la ley, todo empleado que se niegue a recibir dicha capacitación será Intimado y el “incumplimiento de dicha intimación será considerado falta grave dando lugar a la sanción disciplinaria pertinente, siendo posible hacer pública la negativa a participar en la capacitación en la página web del Instituto Nacional de las Mujeres”. Es decir, no solo puede ser sancionado, sino que, además, su nombre será expuesto públicamente… nada más parecido a una gestapo ideológica. Esto es cancelación en su máximo esplendor que se presenta como una amenaza a la libertad de expresión, donde el miedo a ser cancelado elimina la posibilidad de un debate abierto sobre el tema y erradica la diversidad de opiniones. Además, se presenta como una forma de justicia vigilante, al mejor estilo distópico de la novela “1984” de George Orwell, imponiendo una visión ideologizada y confrontativa, la cual se vale miserablemente de una tragedia social.

Cabe destacar que el caso de la ley Micaela es uno de los tantos instrumentos legales autoritarios y antidemocráticos diseñados con el objetivo de adoctrinar, discriminar y controlar a la población, con penas que van desde una simple multa hasta el despido laboral y el encarcelamiento. Este tipo de herramientas de manipulación han penetrado todos los ámbitos sociales, afectando tareas tan simples como obtener un carnet de conducir o acceder a un determinado empleo. El proceso de cancelación por parte del Estado se vuelve cultural con el paso del tiempo, lo que significa que los ciudadanos no reaccionarán en su contra, ya que están “acostumbrados” a esta pseudonormalidad que promueve la desigualdad ante la ley.

El proceso de cancelación por parte del Estado se vuelve cultural con el paso del tiempo.

La cancelación, en el contexto de la era de la posverdad, es el fenómeno social en el cual una persona o entidad es públicamente repudiada, boicoteada o excluida de plataformas sociales, profesionales, intelectuales o comerciales debido a que sus acciones, declaraciones o creencias son consideradas inaceptables o controvertidas desde un postulado que se considera “políticamente correcto”. Este fenómeno se ha intensificado en un entorno donde la información y la desinformación circulan rápidamente y donde las percepciones subjetivas a menudo prevalecen sobre la “verdad” de los hechos objetivos.

La cancelación funciona como un mecanismo de represalia social basado en un dogma minoritario que emplea un poder autoritario para infundir miedo. La solución a esta situación ya fue descrita hace siglos por el gran dramaturgo español Lope de Vega en su magnífica obra teatral denominada “Fuenteovejuna”, donde todo un pueblo se animó a ser cancelado. Por ende, si todos son cancelados, el sistema de la cancelación se cae porque una minoría autoritaria y dictatorial no puede cancelar a la mayoría. Es momento de levantar la voz y apostar por la verdad para que, ante la pregunta repetida del juez, la respuesta siempre sea la
misma:

-Fuenteovejuna, Señor. 

-¿Quién es Fuenteovejuna?

-Todo el pueblo, a una.

Cristian Expósito.

* Cristian Expósito, doctor en educación - investigador en Conicet.