Rincón literario

La historia del gringo que quería ir a la cancha

Quienes visitan Argentina son de adaptarse rápidamente a algunas de nuestras costumbres, buscando a veces más y más experiencias.

Pablo Gómez domingo, 7 de abril de 2024 · 07:00 hs
La historia del gringo que quería ir a la cancha
Sus compañeros lo llevaron hasta arriba, un poco por encima y a la derecha de un paravalancha Foto: Freepick.

El gringo quería ir a la cancha. Había llegado hasta acá desde su lejano y frío país, y ya estaba aprendiendo sobre la necesidad de andar a los abrazos y a los besos, de empezar las juntadas sin previo aviso en los findes y de no saber hasta cuando iba a durar el asadito, que bien podía arrancar antes del mediodía y, como quien no quiere cosa, alargarse hasta que el sol saliera sobre el horizonte al día siguiente, venciendo con sus rayos a los párpados de la muchachada que porfiadamente pretendía continuar, como si nada.

Así iba descubriendo también las razones por las cuales en su país se vivía mejor, pero esa es otra historia; supongamos que las diferencias en nivel de vida y en índices de desarrollo humano son coincidencia, o echémosle toda la culpa a la colonización, que de todos modos algo de responsabilidad tiene en el asunto. Pero en este caso lo importante era que el gringo había entendido que, además de comer dulce de leche, antes de volverse a su frío y primermundista barrio tenía que ir a la tribuna popular a ver un partido de fútbol.

Ya estaba aprendiendo sobre la necesidad de andar a los abrazos y a los besos, de empezar las juntadas sin previo aviso en los findes. Foto: Freepick.

En el hostel donde dormía le desaconsejaron la experiencia, ya que al parecer habría ciertos peligros si es que, desde el desconocimiento, le pifiaba a la hora de gritar un gol. Pero en su afán de argentinizarse, el gringo aceptó los riesgos; por eso el domingo a la tardecita partió rumbo al parque, junto con un par de esos amigos que ya se había hecho por estos lares, porque era en ese lugar en donde se iba a desarrollar el rito. Y es que, en definitiva, esos eventos son como religiosos: cada uno defiende los colores que le entregaron sus seres queridos y por ellos profiere cánticos de superioridad sobre el resto, y hasta amenaza con dar
su vida si es necesario. En esos cantos, además de menospreciar a otros clubes, las hinchadas son de meterse también con la policía, con los periodistas y cada tanto con los ingleses, pero en fin, a pesar de los matices, la cosa parece ser de todos modos bastante religiosa, con sus verdades absolutas y sus suposiciones relativas.

Ya en los alrededores del ingreso a la popular, la primera tarea consistió en conseguir una entrada de “reventa”, con la ayuda invaluable de los amigos locales. Por esas cosas de la argentinidad, la reventa de entradas era manejada por la barra del club, bravos los muchachos en su cotidianeidad, y no solo los domingos. El gringo igual preguntaba y preguntaba, porque no era de entender por qué al ticket de ingreso al evento lo tenía que comprar en un lugar que no era de venta de entradas, aunque ya algo había aprendido hacía unos días, cuando vendió dólares en un lugar que tampoco era una casa de cambio; en fin, que el disco rígido de argentinidades ya le marcaba más en rojo que la memoria del celular, que nos vive diciendo que está llena, pero al final, siempre un poquito más le entra.

Con el ticket ya en su poder, sus amigos lo fueron guiando por un laberinto de controles hasta que al final, y luego de más que tan solo algunos minutos, lograron ingresar al estadio: allí, las banderas con los colores del equipo local colgaban desde lo alto de la tribuna y casi hasta llegar al pasto, mientras otros lienzos horizontales, con leyendas que el gringo no llegaba a traducir con su castellano de instituto, marcaban zonas y subzonas dentro de un sector que, a los ojos inexpertos del foráneo, parecía uniforme. Sus compañeros lo llevaron hasta arriba, un poco por encima y a la derecha de un paravalancha, y desde allí la vista a los ojos del tipo resultó imponente: miles de personas cantando al unísono, acompañados por algunos instrumentos que desde un poco más abajo de donde él se ubicaba marcaban el ritmo, mientras unos pibes, trepados a los paravalanchas, agarrados de una de esas banderas que bajaban verticalmente y de espaldas al campo de juego, incitaban porfiadamente al canto. A los ojos del foráneo, le pareció como que lo miraban enojado por no participar; así fue que, a pesar de no entender ni una palabra de lo que decían los cánticos, empezó a mover la boca y a seguir con sus manos el ritmo del resto de los hinchas: más vale prevenir que curar, pensó el
tipo, que ya tenía una mimetización con la argentinidad que ni él mismo sabía que era posible.

La pelota empezó a rodar, y a pesar de no entender las tácticas ni estrategias del deporte, rápidamente captó que, en definitiva, la cosa consistía en meter al balón en el arco rival. Los cantos continuaron uno tras otro, y a los pocos minutos ya se descubrió sintiendo la injustica del árbitro, que no cobró un patadón que le pegaron a uno de su equipo. “Es que el referí siempre favorece a los porteños” le dijo un tipo de al lado que no conocía, y tampoco entendió claramente el significado de la frase, aunque ya la iba a repreguntar más tarde. Pero no ahora: la pelota avanzaba de pie en pie, de un jugador a otro, hacia el arco rival; un cabezazo preciso colocó al balón justito al lado de la zurda del delantero, y el gringo se descubrió agarrado desesperadamente al paravalancha, conteniendo la respiración, con los ojos grandes, como si le fuera la vida en esa jugada.

Todos estaban igual que él, mirando al frente, a esa pelota que entraba al área rival por primera vez. Foto: Freepick

Nadie notó la angustia en el hombre porque, la verdad, todos estaban igual que él, mirando al frente, a esa pelota que entraba al área rival por primera vez después de tanto esfuerzo. Nadie lo vio tampoco cuando el balón cruzó la línea final y se convirtió en gol, porque en ese instante la tribuna en conjunto gritó, como en un coro altamente sincronizado, con miles de brazos elevados a las alturas, mientras los llantos se mezclaban con los festejos. Para ese entonces, el gringo ya no era más extranjero, y abrazaba con entusiasmo a un desconocido, mientras sonreía complaciente porque el gol había ocurrido, la vida había ocurrido, la gloria había
bajado desde los cielos hasta la popular y lo había encontrado allí a él, para convertirlo por obra y gracia de las pasiones más humanas, en tan solo un hincha más.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

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