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Los secretos de la comunidad menonita de San Luis

Cuándo llegaron a la Argentina y por qué se instalaron en la vecina provincia. Crónica de una sociedad en la que la religión y el trabajo, marcan el ritmo de la vida.

Mauro Sturman
Mauro Sturman sábado, 13 de abril de 2024 · 07:05 hs
Los secretos de la comunidad menonita de San Luis
Una familia tipo menonita posa para la cámara de MDZ Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Hace 9 años un grupo de personas arribó a San Luis. Los hombres, vestían camisa a cuadros, jeans y gorras trucker. Las mujeres, largos vestidos y pañuelos en la cabeza. Pocos hablaban un español fluido. Antes, habían vivido en la colonia Santa Rita de Cuauhtémoc, ubicada en la ciudad de Chihuahua, México. Los forasteros, eran menonitas, una comunidad religiosa que nació con la reforma Protestante hace 500 años, cuando el predicador neerlandés Menno Simons surgió como el líder más sobresaliente del movimiento anabaptista. Decidieron instalarse a un puñado de kilómetros de Nueva Galia, un pequeño pueblo que descansa a la vera de la ruta en el sur de la provincia puntana. Allí, comenzó su nueva vida en Argentina.

Para llegar a la colonia El Tupá desde Mendoza hay que recorrer 530 kilómetros. Un cartel intervenido por un panal de avispas confirma la existencia de la nueva tierra menonita. De fondo, cientos de maizales se tiñen con el color del otoño. Nos espera Peter Knelssen, uno de los dos jefes que conduce los destinos de la curiosa sociedad desde hace 4 años. Con él coordinamos desde hace meses la visita para conocer cómo vive su comunidad y que piensan sobre nuestro país.

Algunos menonitas se dedican a la cría de ganado para el abastecimiento de leche. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

En total, El Tupá cubre 9.546 hectáreas, tiene 5 calles y representa el hogar de unas 80 familias que habitan el pequeño pueblo que se completa con casas de estilo americano. No todos los menonitas son iguales. Hay sociedades más conservadoras y otras más liberales. La de San Luis simpatiza más con la segunda corriente. Por eso, no sorprende ver camionetas 4x4 estacionadas en los hogares o grandes tractores trabajando el campo. Peter tiene 38 años y 6 hijos. Junto a Johan Friessen, que tiene 45, son los encargados de liderar a la comunidad. La altura de los hombres tampoco asombra si se conoce el origen de los menonitas, surgidos en el siglo XIV, cuando habitaban los territorios de lo que actualmente conocemos como Países Bajos, Alemania y Suiza.

Bernardo es metalúrgico. Junto a él, David, el menor de sus hijos. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

El primer encuentro con nuestros anfitriones ocurre en el enorme galpón que Peter levantó en su terreno. Cientos de herramientas cubren dos de las cuatro paredes que tiene el lugar. Un camión gigante descansa en el fondo mientras uno de sus hijos trabaja en él. Johan llega en una camioneta 4x4 y saluda con una sonrisa. Responden con fluidez cada consulta de MDZ y nos invitan a recorrer el paraje que desde hace años se convirtió en su hogar. “Las primeras familias llegaron desde México hace 9 años, todavía no había luz cuando compraron los terrenos”, explica Knelseen. La necesidad de contar con más tendido eléctrico en el lugar será una constante durante nuestra estadía. En el Tupá no hay asfalto; los caminos son de ripio y fueron construidos por los propios menonitas cuando se instalaron en San Luis. 

Un hombre desciende de un novedoso tractor.
Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Uno de los temas que surge durante la charla está relacionado con los motivos que los llevaron a elegir la región de Cuyo para instalarse. "Era mucho más barato que Buenos Aires", dice Johan, y lanza una pequeña carcajada que no intenta disimular. Los menonitas llevan años moviéndose de un lugar a otro. Es que, durante los primeros años de la Reforma protestante, fueron perseguidos por sus creencias, obligándolos a emigrar a Europa y Norteamérica. Recién durante los comienzos del siglo XX vieron en América Latina una oportunidad. No fue fácil, durante esa transición, tuvieron que encontrar gobiernos dispuestos a no interferir en sus prácticas religiosas y culturales.

Un grupo de niños acompaña al líder de la familia mientras desarrolla sus tareas habituales. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Tras varios minutos de recorrido por la colonia nos detenemos en una de las tres escuelas a las que asisten los niños y niñas que habitan en El Tupá. Según cuentan Peter y Johan, hay dos más. Sobre el terreno esperan unos 30 niños vestidos típicamente. Están acompañados por un profesor que no habla español pero que nos permite el ingreso al establecimiento. Según la tradición menonita, los estudiantes reciben educación religiosa, aritmética y plódich o bajo alemán, el dialecto que habla la comunidad. Antes de ingresar al edificio, están obligados a colgar sus sombreros en un inmenso perchero. Los depositan por separado. Mujeres a la izquierda y hombres a la derecha. Los bancos guardan más similitudes con los que se pueden encontrar en una iglesia que con los de un colegio mendocino. "Estudian desde los 5 años hasta los 12 años, algunos van un año o dos más, después todos comienzan a acompañar a sus padres en el trabajo", afirma Peter.

Dos niñas menonitas posan ante la lente de MDZ.
Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Los menonitas no creen en el ocio. De hecho, durante nuestra visita a la colonia, comprobamos que lo detestan. Para la comunidad, la vida debe circunscribirse a la religión y el trabajo, nada más. Con la primera luz del alba, trabajan en el campo, los talleres metalúrgicos y la quesería que tiene la colonia. "No entendemos como pueden pagarle a la gente por no hacerlo", lanza Johan, en referencia a la asistencia social que presta el Estado argentino a las personas en situación de vulnerabilidad.

Los que tienen cabezas de ganado carnean para abastecerse. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Según los cálculos de los líderes, en El Tupá funcionan 50 tambos. Allí se producen los 4.500 litros de leche que cada día se procesan en la quesería menonita. Puntualmente, el emprendimiento elabora las variedades Sardo y Pategrás, que posteriormente venden a diferentes regiones de la Argentina. No son los únicos bienes que exportan a otras provincias; la calidad de su industria metalúrgica los llevó a ganarse clientes a lo largo y ancho del país. Incluso, en el corazón del asentamiento se erige una monstruosa ferretería que comercializa con otras de la región.

La quesería procesa 4.500 litros de leche por día.
Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Durante el recorrido, una situación nos llama la atención: divisar una mujer resulta casi imposible. "Se dedican a trabajar en el hogar", responde escuetamente Peter. Fuera de casa, los menonitas son una sociedad claramente patriarcal; puertas adentro, aseguran que la última palabra la tienen las esposas. Sin embargo, las mujeres no tienen derecho a elegir otra tarea que no sea la de confeccionar la típica indumentaria que usan los habitantes de la colonia, la crianza de los niños y el trabajo doméstico. Ninguna habla español y durante las pocas interacciones que tuvimos, los hombres oficiaron de traductores. Solo al final de la jornada, mientras el sol comenzaba a descender sobre los maizales, observamos a dos de ellas colaborando en un tambo familiar. 

Los menonitas no practican deportes, no ven televisión, ni bailan. Sin embargo, conocen algunas ciudades de la región en la que viven. "A Mendoza fui dos veces", afirma Peter. "Fui a Villa Mercedes, pero no hay muchos locales para comer", responde Johan. Sostienen que comen de todo y que en su comunidad no hay restricciones en ese sentido. Eso sí, aseguran que extrañan tanto los sabores mexicanos, que decidieron producir chiles y pimientos en sus granjas. También tienen familiares en las tierras aztecas. "Durante los últimos 8 años viajé dos veces a visitar a mis padres", explica Knelssen.

Una mujer observa el ordeñe automático de las vacas.
Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

El único momento en el que todo el pueblo se reúne ocurre los domingos. Desde las 9 hasta las 11 horas, un Obispo, dos predicadores y diácono, coordinan la misa en la iglesia menonita. Además del acto religioso, la actividad sirve para que los habitantes de la colonia compartan un momento y, en el mejor de los casos, conozcan a quien será su futura pareja. Como en todas las sociedades, la muerte también ocupa un lugar relevante. No obstante, durante nuestra visita no divisamos ningún cementerio, al menos no como los que conocemos. Es que, según la tradición menonita, las personas que fallecen son enterradas sin placas identificatorias, lápidas o cruces. A los muertos se los cubre con tierra y nada más, cumpliendo estrictamente con los preceptos bíblicos.

Un grupo de mujeres disfruta el atardecer.
Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Conocer una comunidad a fondo en tan solo un día resulta imposible. Tampoco es el objetivo de esta crónica, aunque fue escrita con el deseo de reflejar el alma de los menonitas que eligieron vivir en una Nación históricamente dispuesta a recibir inmigrantes. Mientras la tarde comienza a convertirse en noche, observamos a un grupo de mujeres observando el atardecer. Podría tratarse de cualquier familia descansando en la vereda de alguna ciudad mendocina. Pero no. Son menonitas; menonitas viviendo en Argentina.

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