En mi barrio, la llovizna oxida pecados capitales
Será porque casi nunca llueve por acá, pero cada vez que el otoño amenaza con empalagarnos de frescuras y hojas amarillas cayendo, siempre hay algún temporalcito de esos que duran, al menos, una jornada. Los cielos cambian su tradicional celeste furioso por un apagado gris que es de producir la ira de quienes habitan en el lugar, que desconcertados no encuentran en el
fondo del placard la ropa adecuada para cumplir con sus obligaciones. Pero si la madre naturaleza tiene la delicadeza de dejar caer sus aguas en un finde, las chances de que la tristeza conviva con amores circunstanciales crecen, y los cuerpos que logren conjurar la soledad cotidiana para involucrarse en el evento, sin dudas van a terminar por agradecerlo.
Cuando las fuerzas del universo se alinean y el hecho ocurre, la lujuria triunfa, al menos de a ratos. Cuerpos escasos de vestimentas se mezclan dulcemente, sin apuros, y hasta podría decirse que con pereza, disfrutando del ruidito de las gotas que caen en la cacerola ubicada estratégicamente en el piso del pasillo, evitando que la vivienda se inunde: que para inundar
ya están las almas que se mezclan en la habitación de al lado. Las humedades del cielo, como si nada ocurriera detrás de esa puerta, logran colarse por las rendijas resecas de los techos que aprovechan la llovizna para demostrar su vulnerabilidad, repiqueteando como un viejo reloj, al ritmo de las caricias y los besos.
Los cuerpos se abrazan, se miran, se tocan, se devoran una y otra vez, sin pedir permiso ni dar tregua, hasta con gula, consumiéndose mutuamente ya solo por el placer de deglutirse, sin más necesidad que la de vivir y relajar de una semana que fue para el olvido y que por obra y gracia del encuentro, no será recordada por el resto de la jornada. Hay envidia en el vecindario, al parecer, por los sonidos que escapan desde el centro del universo hacia las periferias, declarando que no es solo la aislación contra las humedades la que falla.
Pero a esos seres que se están amando descarada y tranquilamente, nada les importa. Con delicadeza se observan, se tocan, se huelen, se muerden y vuelven a empezar, como suponiendo que antes de eso ya habían terminado. Con el afán desmedido de poseerse y atesorar para siempre cada uno de los segundos que transcurren, se poseen derrochando avaricia, espantando a los males, y a los pajaritos que inocentemente habían buscado refugio en el árbol junto a la ventana de la habitación.
Luego de relajar una vez más, aunque con la esperanza de que no sea la última, disfrutan de la satisfacción de contemplarse mutuamente, con la soberbia que les da la impunidad de lo actuado, de lo mimado, de lo tomado. Fluyen los recuerdos de poesías preexistentes relatando ese momento de cuerpos desnudos y en lo oscuro, que hacen presumir que alguien en otros tiempos ya pasó por el mismo trance. Bien por la humanidad: si ya había ocurrido y está ocurriendo, quien lo sabe, quizá haya un patrón genético que obligue a otros cuerpos en otros tiempos futuros, o quizá en otros espacios de esa misma tarde lluviosa, a repetir el protocolo no escrito de desearse y encontrarse. De mimarse y espantarse, hasta que pase el tiempo mínimo requerido para volver a empezar.
Que la vida será corta, pero el fin de semana es largo, y obliga en su extensión a más y más caricias, a más verdades relatadas al oído de la persona deseada, a más suspiros y relajos, para aceptar que todo tiene un sentido, y que las miserias absorbidas durante los últimos días pueden ser saldadas y olvidadas en un finde lluvioso, entre mimos propios y sábanas ajenas.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
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