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Tormentas que crecen y desaparecen, solo para volver a arrancar

Los amores no correspondidos son tan cotidianos como la vida misma. Aunque no siempre es bien recibida la noticia por la parte desahuciada.
Generaba en su interior, de todos modos, angustias y alegrías, sorpresas y desencantos; como una tormenta que crece y desaparece Foto: Freepick.
Generaba en su interior, de todos modos, angustias y alegrías, sorpresas y desencantos; como una tormenta que crece y desaparece Foto: Freepick.

Amor era quizá la palabra que más correctamente definía al sentimiento que tenía por ese hermoso ser que nublaba su mente, o quizá no. Generaba en su interior, de todos modos, angustias y alegrías, sorpresas y desencantos; como una tormenta que crece y desaparece, solo para volver a arrancar en el momento menos pensado, descargando su furia sobre el entorno y nuevamente, una vez más, como si nada, regresar a la calma que todo lo presagia. Una de esas variaciones, de esos pasos del todo a la nada, fue cuando aquel ser deseado le dijo que no creía posible que entre ambos pudieran tener una relación que incluyera al amor
Simplemente aquella era una persona que le encantaba, y la posibilidad de tener “algo” con ese ser que iluminaba su mediocridad, siempre lo había sentido como un sueño; así es que, en definitiva, que le dijera que no iba a suceder, no le pareció del todo grave: solo era como despertar, poniéndole fin a aquel hermoso remanso de amor que nunca había llegado a serlo.

Difícil buscar a la media naranja que nos complete, sin saber siquiera si existe tal persona, sin entender mínimamente que entre ocho mil millones de habitantes que pueblan al planeta ese supuesto complemento perfecto bien puede haber nacido en otro lugar, lejano al nuestro, o peor aún: en otro tiempo. Aun así, al parecer, la declaración que le había hecho aquel ser amado le decía claramente que las dos mitades involucradas en ese desencuentro no iban a ser la una para la otra. La tristeza recorría su cuerpo y su alma, angustiando a todo su ser en cada nuevo pensamiento, y evitando que la noche llegara, aunque para cuando el sol se
escondía en el horizonte solo le quedaba estar esperando, desesperadamente, a que saliera nuevamente el astro a la mañana siguiente, sin encontrar en ese proceso un sentido a toda la situación, ni a nada de nada: cuando se está triste, el día tiene muchas horas, y no hay reloj que contradiga a semejante revelación. Es así acá, y tal vez también en la China, en donde quizá puede llegar a estar esperándonos esa mitad de cítrico que tanto anhelamos, y que difícilmente consigamos.

La tristeza recorría su cuerpo y su alma, angustiando a todo su ser en cada nuevo pensamiento. Foto: Freepick.

A pesar de la revelación de que el dulce sueño estaba finiquitado, intentó seguir en contacto con quien tanto le movilizaba, porque en definitiva, si no iba a haber amor, esperaba que al menos hubiera otra alternativa, aunque tuviera otro nombre, algo así como una de esas amistades que se declaman pero que no son verdaderas, porque solo se espera el visto bueno de la contraparte para derramar pasiones de esas que no se ven en horarios de protección al menor: “ambas tienen un parecido muy semejante”, había dicho alguien alguna vez, y más allá de que estuviera bien o mal declarada la idea, era exactamente así la cosa. Remar en dulce de
leche bien podía convertirse en su especialidad, si es que la necesidad se lo imponía. Rara vez había intentado algo así, pero en definitiva, al paracaidista que ya saltó solo le queda esperar que la mecánica del dispositivo le funcione: no hay marcha atrás.

Invocó a los dioses esos en los que de todos modos no creía, y empezó a buscar alternativas para evitar la desaparición de aquel deseo que le estaba siendo esquivo, como tantas veces antes, pero a la espera de que esta vez le fuera finalmente posible llegar al corazón buscado. Es que su amor, bien merecía el esfuerzo: quizá visto desde afuera por terceras personas no fuera para tanto la cosa, pero los amores son así, declaran (al menos para una de las partes) el descubrimiento de un mundo perdido, y la sola posibilidad de no lograr ingresar al mismo, detona las lógicas más básicas, y pone a funcionar las pasiones humanas, con todas las
dulzuras y las miserias que pueden llegar a poseer, dependiendo del ser que las contenga. Solo las gentes podemos sentir esas pasiones (al parecer), como resultado de un proceso complejo, que nos hace mutar desde el instinto animal a la lógica humana, racional y precisa, para luego arrepentirnos de tanto entendimiento, puertas adentro de nuestro cerebro; en esos casos,
somos de pretender volver a las pasiones desenfrenadas, aunque no es tan simple la cosa: el raciocinio triunfa finalmente, más allá de las circunstanciales emociones que nos invadan, por más que nos cueste entenderlo.

Difícil buscar a la media naranja que nos complete. Foto: Freepick.

Ganó algo de tiempo haciendo un falso “silencio de radio”: le clavó el visto a algunos de los mensajes que le enviaba su amor, a la espera de una reacción desesperada de quien, a esta altura de los acontecimientos, más que una persona deseada parecía estar convirtiéndose en su contrincante. Utilizó todas las redes sociales, mails y hasta los viejos SMS, para pretender seguir los movimientos de ese dulce ser que, quizá, tan solo seguía avanzando por la vida como si nada, preocupándose de sus verdaderos problemas y no de los que imaginariamente se le achacaban; pero todo estaba siendo en vano, porque la respuesta no llegaba. Estuvo a punto de abandonar, y de autoconvencerse de que no estaba cada vez con más angustias por la ausencia de la interacción, tal como el Chavo del ocho cuando decía “al cabo que ni quería”, pero sí que quería, claro que quería, es que simplemente no podía…

Muchas horas pasaron, hasta que se convirtieron en días, y quizá hasta en meses; la respuesta nunca llegó, y aquel dulce de leche en el cual tiempo atrás había avanzado lentamente a fuerza de remo, se solidificó, frenando cualquier tipo de movimiento amoroso, aunque en realidad, ya nada le importaba. Otras falsas medias naranjas saciarían quizá circunstancialmente su sed, aunque sus labios solo detectarían limones ácidos, o con un poco de suerte algo así como un medio pomelo con lejanos sabores dulzones, entre tanta amargura por la ausencia de la fruta deseada que nunca probó. Soñar, solo soñar, terminó siendo su único lugar de placer: soñar con que nunca había despertado, y que sí tenía una chance más, la última y definitiva, de lograr el amor correspondido de aquel ser de luz, bello, único e irrepetible, que calmara sus ansias, que complementara sus ideas, y que despertara a su lado, como si nada, como si todo.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

Instagram: @prgmez