Misterio argentino: ¿por qué Chubut no puede ser como Nueva Zelanda?
Las comparaciones son odiosas, pero también son necesarias. Sirven para encontrar coincidencias y diferencias, identificar problemas y buscar soluciones. Básicamente, son útiles para decidir. Compro esto o aquello, hago tal cosa o la otra, viajo a este lugar o a aquel otro. Se vive todo el tiempo comparando, aunque tenga mala prensa. También, muchas veces, las comparaciones son duras. Y, eso, la Argentina lo sabe.
Un país que tiene todo el potencial en recursos naturales, territorio, clima, población calificada, no resiste el contraste con otros ejemplos menos beneficiados por sus condiciones, pero que logran evolucionar y no derrumbarse.
En estos días estalló la polémica entre el gobernador de Chubut, Ignacio Torres, y el presidente Javier Milei por la deuda que tiene la provincia y los fondos de coparticipación.
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El caso sirve para analizar, aunque sea superficialmente, lo que sucede con esa provincia frente a otras experiencias en el mundo y, de alguna forma, proyectarlo al país.
Chubut tiene 224.688 kilómetros cuadrados de superficie y 592.000 habitantes. Cuenta con abundantes recursos naturales, como gas y petróleo, minería, una amplia costa marítima rica en pesca, producción agroganadera e importantes atractivos turísticos. Del otro lado del mundo, a equivalente latitud, se encuentra Nueva Zelanda, que tiene la misma superficie territorial, aunque diez veces más de población.
Por similitud geográfica comparten un clima similar, no igual, pero parecido. Chubut es más seco y con temperaturas más bajas, pero no lo suficientemente diferente para ser determinante.
Gran parte de la superficie de Chubut es árida, desértica, pero, al tener la décima parte de la población de la nación de Oceanía, con la franja de territorio andino y el frente marino, alcanza para repartir esos 600.000 chubutenses en un promedio de habitante por kilómetro cuadrado parecido al que tiene Nueva Zelanda como para vivir bien. El resto del seco territorio patagónico, que une la región de montaña con el mar, podría no tenerse en cuenta para la comparación, aunque no es improductivo. Les suma más que les resta.
Nueva Zelanda tiene una estructura económica básica similar. Explotación agropecuaria, minería, recursos naturales, pesca y turismo. No es tan distinto. A esto le suman un buen desarrollo del sector de servicios.
La pregunta que surge es por qué uno es un país desarrollado con alto nivel de vida y la otra una provincia pobre. Uno tiene un ingreso per cápita de u$s50.000 por año y el otro no puede pagar a los maestros. Acá comienza el problema. Lo primero a lo que muchos apelarán es a una frase que, en gran medida, explica el problema argentino y justifica su decadencia: “No se puede comparar.”
Ese es el argumento que se utiliza cuando se quiere dar por terminada cualquier discusión de ese tipo. Ante semejante afirmación, el debate llegó a su fin. Dependerá de la predisposición y apertura mental de quien esté dispuesto a analizar el caso para avanzar. Lo contrario es encerrarse en la idea de que la Argentina está atrapada en un destino trágico que impide su bienestar.
Se dirá que Nueva Zelanda está frente a China y otros países poderosos de Asia, que son más habitantes, que son anglosajones, que llueve 900 milímetros por año, que tiene la ayuda de Estados Unidos, que es una isla, que es otra cultura, que esto y que lo otro. Todo servirá para fortalecer la idea de que las diferencias son tantas y tan importantes que no vale la comparación.
Entonces, Chubut (o muchas de las provincias argentinas aún con mayores recursos) no pueden prosperar porque les falta todo eso y la conclusión a la que se llega es que, al final, la Argentina no es tan rica ni tiene tanto potencial como se cree.
Entonces, tampoco se puede comparar con otros casos exitosos como Japón, Australia, Corea del Sur, Polonia, Israel, Canadá, Islandia o tantos otros, que tienen alto nivel de vida, con más o menos recursos, porque son tantas las diferencias que se pueden encontrar que muestren que la Argentina es especial, es distinta.
Mucho menos, para no ir tan lejos, es posible preguntarse por qué Formosa es pobre, pero Paraguay es un país que en los últimos años crece. ¿Son tantas las diferencias naturales que hay de un lado y otro de un río? Ahí es donde se plantea el problema de qué pasa con la Argentina o, en el caso de ejemplo, en Chubut.
¿Qué es lo que hacen quienes manejan la provincia –ahora y antes – para desperdiciar ese potencial que naturalmente tiene? ¿Tendrá la misma política fiscal que Nueva Zelanda? ¿La forma de administrar el gasto será igual? ¿La contratación de empleados públicos, la transparencia en el manejo de fondos, el incentivo para el sector privado, las políticas a largo plazo? ¿La sociedad exigirá de la misma manera a sus gobernantes o será parte del problema? ¿Cuál es el misterio para tener realidades tan diferentes?
Explicarlo sólo por el ahogo que le provoca el poder central de la Nación parece insuficiente porque, además, esos interrogantes se trasladan a nivel país. La Argentina, como Chubut, es un fracaso ante tantos casos exitosos en el mundo y no porque no tenga los recursos. Debe ser por otros motivos que no se quieren reconocer, como las políticas que aplica, pero es más fácil explicarlo por el juego de las diferencias.

