Cómo eran y cómo son los recitales en espacios cerrados después de Cromañón: la marca imborrable para la cultura argentina
El 30 de diciembre de 2004, la tragedia de Cromañón dejó una marca imborrable en la historia de los recitales en Argentina. Ese incendio, provocado por una bengala que encendió el techo del boliche, se cobró la vida de 194 personas y destapó falencias estructurales cambiando para siempre la forma en la que se organizan recitales en espacios cerrados. A 20 años de aquella noche fatídica, Facundo Tapia, músico mendocino residente en Buenos Aires, comparte su experiencia como testigo y protagonista de esos cambios.
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“Antes de Cromañón, Buenos Aires era una meca de la música. Un lugar donde siempre la gente venía estudiar música y a curtirse, nutrirse del rock argentino, del jazz argentino, de la música clásica argentina, el folclore, el tango que es internacional. Había conciertos en vivo todos los días, en todos lados. La ciudad no paraba nunca”, recuerda Facundo, quien llegó a la capital en 2002, impulsado por su sueño de convertirse en músico de rock.
Previo a la tragedia, los conciertos en boliches y teatros eran organizados con estándares laxos. La capacidad máxima solía superarse sin mayores consecuencias para los organizadores. Los espacios carecían de las medidas de seguridad mínimas y el uso de bengalas y pirotecnia era un componente habitual de algunos espectáculos.
El cambio en la cultura: una herida abierta
La noche del 30 de diciembre del 2004, marcó un quiebre profundo para la noche porteña. La reacción fue inmediata y, en muchos casos, extrema. Durante años, los recitales en espacios cerrados estuvieron bajo una lupa rigurosa. Se implementaron controles estrictos de capacidad, se prohibió el uso de pirotecnia y se exigieron certificaciones de seguridad que antes eran ignoradas.
Sin embargo, los cambios no se limitaron a lo estructural. La cultura musical argentina, especialmente en la movida underground, aún paga las consecuencias de aquel incendio que se cobró la vida de 194 jóvenes. "Parecía que querían responsabilizar a la cultura por todas las fallas estatales, de seguridad que había. Se cerraron lugares, empezaron las persecuciones por las medidas de seguridad, y la música under fue la más perjudicada", asegura.
Con el endurecimiento de los controles de habilitaciones, los requisitos para organizar recitales se volvieron prohibitivos para los espacios independientes. Muchos boliches y teatros cerraron al no poder cumplir con las nuevas normativas, y la relación entre los artistas, los productores y el público cambió drásticamente.
“De repente, te pedían convocar cierta cantidad de gente, pagar el 30% de las entradas, los impuestos. Post Cromañón la música underground empezó a pagar para tocar. En otros países esto no es así: en Uruguay, Brasil, Chile, México no se dan las cosas de esta manera”, explica.
Para Tapia, este golpe no solo desnudó un sistema de seguridad y salud precario, sino que generó heridas en la cultura que aún perduran. "Lo que saltó a la luz fue más profundo. Nuestro sistema hospitalario, nuestro sistema de traslados de emergencia no estaba preparado para tener un episodio de esa magnitud. Pero la música no se recuperó. Las generaciones post-2000 no tienen idea de lo que era Buenos Aires en los 80 y 90. Eso se perdió, y es triste que la cultura haya tenido que pagar tan caro y que tantas vidas se haya cobrado de la negligencia del sistema de seguridad y de salud”, reflexiona.
Sin embargo, la resiliencia del arte encontró formas de resistir. “Con los lugares cerrados, algunos empezaron a tocar en la calle, sin sistemas de sonido, cantando todos juntos. Grupos como Onda Vaga o Mahatma Dandis nacieron de esa necesidad de resistir a la imposibilidad de seguir celebrando la música en vivo”, señala.
Hoy, la escena musical en espacios cerrados ha recuperado cierta normalidad, pero el legado de Cromañón sigue siendo visible. “Los lugares icónicos de los 80 y 90 como Cemento no existen más. Ahí tocaron y construyeron su leyenda Divididos, Los ratones paranoicos, Dos minutos, Catupecu, Babasónicos, Miranda, Los Redonditos de Ricota, Sumo. Chaban fue muy importante para el crecimiento de los músicos locales pero la negligencia del sistema nos costó caro, y la cultura sigue pagando el precio”, concluye Tapia.

