Educación: aulas con sentido en épocas del sin sentido
Vivimos una época en la cual todo parece ser inmediato, efímero, en constante tensión, carente de sentido. Por un lado, abunda la sobreinformación y la hiperconexión, pero por el otro crecen las sensaciones de ansiedad, soledad, desmotivación y apatía ante los desafíos que presenta la vida. Entonces cabe preguntarse de qué manera impacta esta realidad sobre nuestros estudiantes que desde muy pequeños se ven afectados por esa aceleración y saturación de la vida cotidiana.
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En el nivel secundario se advierte con mayor evidencia esta situación. Muchos abandonan la escuela por diversos motivos de salud, económicos, o simplemente por falta de interés o motivación. Quienes logran finalizar su educación formal encuentran grandes desafíos y dificultades para sostener un proyecto de vida; inician un trabajo y ante la menor dificultad se muestran frustrados, sentenciados al fracaso, angustiados. Comienzan sus estudios sin estar convencidos de su vocación. Aprenden un oficio, pero no se sienten felices con lo que hacen y lo abandonan. Parecen no disponer de las habilidades para afrontar los desafíos que la vida misma les presenta. No logran el discernimiento adecuado para trazar ese proyecto de vida necesario para la plenitud. Las estadísticas son contundentes, abruman los números. Y si tenemos en cuenta que, según estudios de Unicef, el suicidio en los adolescentes entre los 10 y 19 años es la segunda causa de muerte en nuestro país (2019), como profesionales de la educación cuyo compromiso importa tocar vidas, no podemos ni debemos dejar de preguntarnos qué más podemos hacer.
Tenemos la obligación y el desafío de repensar nuevos caminos, nuevas formas de hacer la escuela, colocando a los estudiantes en el centro de la acción educativa y atendiendo a todas las dimensiones de la persona para su sano e integral desarrollo. Escuchar a los jóvenes y acompañarlos implica pensar propuestas de calidad, que los provoquen a involucrarse con el hacer, sin desatender la conciencia por la cultura del esfuerzo y la responsabilidad ante los compromisos que deben asumir para la vida, para su propia vida.
No siempre que enseñamos, los alumnos aprenden. Para ello es fundamental crear las mejores condiciones. En palabras de Melina Furman, una de las grandes pedagogas de estos tiempos que dejó su gran legado, se trata de buscar “formas de enseñar que hagan que los ojos brillen y los horizontes se expandan”. Y nos preguntamos, ¿de qué manera logramos ese brillo y esa expansión frente a niños y jóvenes que habitan este mundo acelerado y sin sentido?
La educación es ante todo una cuestión de amor y responsabilidad, un acto de esperanza, una de las formas más efectivas de humanizar al mundo. Acompañar el desarrollo de todas las dimensiones del ser humano implica una mirada integral, que incluya herramientas que promuevan habilidades y competencias para la vida, más allá de las tan mencionadas herramientas para la empleabilidad. Garantizar aprendizajes fundamentales como la comprensión de las grandes ideas de distintas disciplinas, la lectoescritura, el pensamiento lógico matemático y científico, la resolución de problemas concretos, la relación de ideas, la expresión a través de diversos lenguajes, son algunos de los propósitos necesarios que todo proyecto educativo lleva impreso. Ahora bien, debemos considerar que en un todo significativo el bienestar integral resulta sumamente más abarcativo e importante a la hora de diseñar un proyecto en la escuela.
Hoy en día no hay tiempo para pensar, para discernir, para conocer y conocerse a sí mismo. Abundan propuestas que apuntan a la superación personal, al éxito y los logros inmediatos en respuesta a un estilo de vida que tiene el “para ayer” muy instalado. Todo es veloz, se buscan recetas mágicas, fáciles y simplistas. Y por atender lo urgente, descuidamos lo importante.
La escuela es la “gran ocasión” para dar tiempo. Como dice Bernardo Blejmar, psicólogo y licenciado en Cs de la Educación, en toda escuela debería colgarse un cartel que diga “Aquí hay tiempo”. El tiempo cobra un valor en sí mismo en la escuela. En su mayoría, los estudiantes ingresan desde muy pequeños y permanecen entre 15 y 17 años en ella. Y es inevitable preguntarse qué más podemos hacer para que esta realidad a la que asistimos cotidianamente pueda cambiar y que ese tiempo cobre sentido en lo más profundo y valioso para el desarrollo de esas personas que ya son parte de esta sociedad, abrumada por el sin sentido.
De nosotros depende que ese tiempo se dé. Promover el desarrollo de la inteligencia espiritual en los niños, adolescentes y jóvenes es justamente una oportunidad para que ese tiempo tenga sentido para sus vidas. La inteligencia espiritual permite al ser humano un conocimiento fundante de sí mismo, de los dones y talentos que cada uno posee, de la búsqueda de sentido a lo que hacemos, de los vínculos interpersonales que enriquecen ese entramado en el cual vamos siendo con otros. Se trata de proponer horizontes que ayuden a los estudiantes a construir su subjetividad sobre buenos y sólidos cimientos, descubriendo esa nota singular que cada uno posee.
Seguramente la pregunta que resuena ahora es de qué manera se favorece el desarrollo de la inteligencia espiritual, cuyo concepto trasciende lo religioso y va más allá todavía. Tomar los aportes de las inteligencias múltiples y la educación emocional puede contribuir, pero no se agota en ello. Promover proyectos que tiendan al autoconocimiento; a desarrollar la empatía; construir una autoestima positiva; vincularse de manera sana y respetuosa; buscar el bien común; potenciar la curiosidad, el asombro, el deseo de aprender, la práctica reflexiva, el valor de la pregunta potente; a confiar en aquello trascendente que nos sostiene y anima a ser quienes estamos llamados a ser.
En este sentido tomo un concepto de Loris Malaguzzi que reconoce al espacio como el tercer educador, poniendo especial énfasis en los vínculos que se dan en él. Desde el nivel inicial, momento en el cual se cimientan esos aprendizajes fundantes, y hasta concluir la educación formal, es preciso recrear aulas en las que el clima escolar sea motivador para todos los que en ese espacio se vinculan. Animar a que las experiencias educativas y los vínculos que se tejen en el espacio escolar tengan un entorno saludable facilitará la construcción de una ecología humana que potencie personas creativas, comprometidas, activas, críticas, solidarias, dignas, con mayores habilidades y competencias y con un mayor conocimiento de sí mismos para ser plenos y felices.
¿Podemos seguir haciendo sin un sentido profundo y renovado? ¡Claro que no! Tenemos el gran desafío de que ese “estar en la escuela” tenga sentido y se traduzca en aprendizajes fundamentales y fundantes.
Lic. Constanza Llambí. Vicaría Episcopal de Educación.

