No maltratemos nuestro idioma: ¿nos expresamos bien?
Antes de responder este interrogante, digamos que el fundamento de toda vida social, es la comunicación, o sea (y de modo básico): el acto por el cual se emite un mensaje a un receptor individual o colectivo. Lo deseables, es que este proceso, aparentemente sencillo, sea correcto. Pero ser correcto, no implica “solemnidad” en el discurso, sino fluidez, riqueza, flexibilidad al amparo de las normas, con la menor contaminación posible. Formal, con coloquialidad, sin nada de vulgaridad.
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Parafraseando a Antonio Mozas, “hablar bien, de manera adecuada, no implica necesariamente usar la forma culta de modo exclusivo, sino elegir la más apropiada al tipo de comunicación que se realiza”. Ello incluye distintos ámbitos, circunstancias o situaciones. Hablar correctamente, no es emplear palabras “difíciles”; no existe tal calificación; en todo caso, resultarán “difíciles” (o “raras”) para quien no las conoce; para quien las usa habitualmente, no son más que parte de su vocabulario.
Por lo tanto, podríamos contestar el interrogante, diciendo que no; no nos expresamos bien y ello atenta contra la comunicación (desde las interpersonales a las que no lo son). Cometemos muchos errores de todo tipo tanto en la forma oral como en la escritura y la mayoría por desinterés, descuido o ignorancia. Son ejemplos representativos de falta de cuidado decir aujero, o luz por electricidad o escuchar por oír (y viceversa), o llamar “accidente” a lo que no es accidente o muchos otros casos.
Los vicios del lenguaje como formas inadecuadas de construcción o empleo de vocabulario, dominan la cotidianeidad; dificultan la interpretación correcta de un escrito u oralidad, comprometiendo la comunicación. Se citan entre ellos: ambigüedad o anfibología, redundancias, barbarismos, dequeísmo, metátesis, muletillas, neologismos, pleonasmos, solecismos, eufemismos, vulgarismos, etc. En otras palabras, no son más que impropiedades léxicas, es decir, uso incorrecto, inexacto o poco preciso de las palabras.
En cualquier caso, ¿significa esto que nadie puede equivocarse o que no hay lugar para el error? No, de ninguna manera, pero debiera existir el mínimo esmero y cuidado en la forma adecuada de expresión. Con el buen uso, nos ahorramos malos entendidos y preservamos nuestro idioma. Por otra parte, la amplia difusión de un vocablo o expresión distorsionada, no los transforma en correctos, menos aún al amparo del clásico “Total, se entiende igual…”, o “Pero si todo el mundo lo dice…”.
Siempre habrá algo mal dicho, aun en personas de mucha instrucción, pero no está bien que los vicios o imprecisiones léxicas abunden; más aún si la formación es universitaria o superior y si además se practica la docencia (por su doble efecto negativo en el alumno, quien primero lo “graba” y luego lo repite). Cuando el lenguaje se deteriora, se vuelve menos elocuente e innecesariamente representa una injustificada agresión a nuestra bella lengua, que (como opinión personal), debiera estar equiparada desde el sentimiento a nuestros símbolos patrios (bandera, himno y escudo). Albert Camus (1913-1960) decía: “El idioma, es la Patria”.
Si a ello se sumamos la tendencia de una parte de la sociedad a generar vocablos y expresiones por simple imitación o “esnobismo”, la agresión a la lengua es mayor. En cualquier caso, queda en evidencia, la falla en los niveles de instrucción primario y medio y la falta de interés por la expresión adecuada.
Todo ello adquiere un matiz especial, cuando la contaminación y descuido o desconocimiento, llegan a los medios de difusión en sus distintas formas, ya que (opinión personal), estos deberían ser referentes en el uso del lenguaje. Pero no lo son, con el agravante de la degradación comentada antes. Periodistas, locutores o conductores, comunicadores en general, son profesionales que tienen en el idioma, en la palabra, en el lenguaje, las herramientas más importante para ejercer su profesión (después le seguirán la información, la belleza física, el color de voz, la actitud y otras cualidades).

Veamos los siguientes ejemplos
- Suele hacerse referencia a los “americanos” en alusión a los estadounidenses, cuando americanos somos todos los del continente en que estamos. Una forma gratuita e inconsciente de autoexclusión aún en los casos de críticas.
- Diferenciar sexos al expresar diputados y diputadas, profesores y profesoras, etc., cuando la RAE es clara al expresar: “En los sustantivos de personas en plural, no se necesita diferenciación de sexos […]”. Solo en circunstancias puntuales, es correcto hacer la diferenciación. Una injustificada forma de mostrar inclusión. (Por otra parte, género, tienen las palabras; las personas tenemos sexo).
- “Está bueno que […]”: Tan difundido, como incorrecto, al usar el verbo estar, por ser “Es bueno que […]. Es correcto el empleo del verbo “estar”, cuando se alude al estado de un objeto: “Ese saco está bueno”.
- Accidente por siniestro: Algo cotidiano que lleva a una contradicción semántica. El accidente, es un suceso imprevisto que causa un trastorno en la marcha normal o prevista de las cosas. Por lo que, conducir en estado de ebriedad a alta velocidad y matar a una familia, no tiene nada de “accidental”. Los ejemplos serían incontables.
- Siniestro, es un “suceso que produce un daño” y que entre sus causas se cuentan la impericia, intencionalidad, negligencia, desidia y accidente.
- Primer/tercer semana (bicicleta, persona, casa, cuenta, etc.). En estos casos, se falta a la concordancia entre los ordinales primer y tercer, con los sustantivos femeninos, ya que en todos los casos corresponde primera o tercera, reservando primer o tercer, para los masculinos (libro, hijo, discurso, examen, auto, etc.).
En próximas entregas y siempre con sentido didáctico, presentaremos ejemplos agrupados por tipo de incorrecciones.

* Hugo Funtanillas. Médico veterinario. Miembro honorario de la International Farrier Academy (IFA).

