Iglesia Católica

Quiénes fueron los santos que murieron en el campo de concentración de Auschwitz

Dos religiosos murieron en Auschwitz en medio de la Segunda Guerra Mundial por negarse a renunciar a su fe y enfrentar al poder nazi.

Gonzalo Barrera
Gonzalo Barrera domingo, 20 de agosto de 2023 · 13:00 hs
Quiénes fueron los santos que murieron en el campo de concentración de Auschwitz
Auschwitz "Arbeit macht frei" significa "el trabajo hace la libertad" en alemán y era un cartel que lucían los ingresos a los campos de concentración Foto: Shutterstock

Uno de los más grandes horrores que ha visto el mundo fueron los campos de concentración alemanes durante la dictadura de Adolph Hitler que se extendió desde 1933 hasta 1945. Aunque no era la única nación del mundo con este tipo de lugares, tanto así que todavía existen, ninguno llevó adelante el programa de exterminio que encarnó el nacionalsocialismo alemán.

El pueblo más perjudicado de toda esta locura que que llevó adelante gran parte del pueblo alemán fueron los judíos, que habían encontrado en Alemania, Polonia y el centro de Europa un lugar donde finalmente no los expulsaban y podían vivir el paz. La malicia de unos cuantos, con una buena propaganda y el apoyo de gran parte del arco político, pudo contra la cordura e inició la más sanguinaria acción política de la historia.

Entre los tantos que pusieron el grito en el cielo, la mayoría de ellos víctimas del mismo proceso de exterminio, la Iglesia Católica osó formar un partido para frenar el avance nazi y creo el Zentrum, un partido basado en la Doctrina Social de la Iglesia. Todos sus líderes, que comenzaban a reunir adeptos para vencer al nazismo antes de su ascenso al poder, fueron eliminados. Ahora restaba que la Iglesia se arrodillara, pero no fue tan fácil, principalmente en el sur del país donde aún sigue estando la mayor población católica.

A diferencia de lo que el nazismo creyó que podría obtener con la fuerza, los sacerdotes, monjes y monjas de la región decidieron hacer frente y resistir a los embates. El, ya gobierno, nazismo resolvió entonces llevarlos a terminar con su destino en los campos de concentración. Dachau, Auschwitz o cualquiera sería un buen lugar para que se pudran por atreverse a desafiar al "todopoderoso" Fürher.

Calzado de los prisioneros secuestrado cuando llegaban en los trenes de la muerte al campo de concentración. Foto: Shutterstock

El accionar de los nazis no alcanzó. Al menos no para dos personas que dejaron su vida en el campo de concentración. Ellos fueron San Maximiliano Kolbe, un sacerdote que además era polaco, y la hermana Edith Stein, que era una judía conversa.

San Maximiliano Kolbe, el santo periodista

Nació bajo el poder del Imperio Ruso y murió en plena dominación alemana de Polonia. Rusos y alemanes les prohibían "ser polacos", por lo que la resistencia nacionalista resolvió que el catolicismo sería su gran y silenciosa revolución, con misas clandestinas y rezos a escondidas. Así se crío Rajmund Kolbe, que tomaría el nombre Maximiliano cuando optó por los hábitos franciscanos.

Vitral de San Maximiliano Kolbe donde se lo ve representado con su ropa de franciscano, el "pijama" a rayas del campo de concentración y las revistas que editaba para misionar. Foto: Shutterstock

Tras misionar en Japón y crear una ciudad dedicada a la Inmaculada Concepción de María en Polonia que funcionó como residencia de la resistencia polaca, los alemanes lo capturaron. El hombre, que había sufrido enfermedades durante su misión en Asia por rechazar abrigo y alimento para dárselo a los pobres, fue llevado a Auschwitz, la máquina de matar.

Ya como prisionero, los alemanes le eliminaron el nombre y lo numeraron, como a todos los prisioneros, y lo marcaron con una "P" de "polaco" y tatuaron su nuevo nombre: 16.670. Vivió con su número entre judíos y polacos que él mismo conocía, que representaban a cada uno de sus compatriotas, pero un día hubo una fuga y los alemanes eligieron diez hombres por cada uno de los que se escapó.

Cuando la autoridad alemana del campo de concentración daba los números de quienes morirían, uno de los elegidos fue un sargento polaco Franciszek Gajowniczek (prisionero 5.659) que dio un paso al frente y dijo: "Pobre esposa mía. Pobres hijos míos". El padre Maximiliano Kolbe se sintió conmovido y se ofreció en su lugar. El hombre rescatado sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz y pudo estar presente en 1971 cuando el papa Pablo VI ofició la beatificación del sacerdote polaco.

Con el resto de los condenados, el ya achacado sacerdote fue arrojado a una celda donde lo condenaron a morir de hambre. Con su verbo pudo conseguir que un guardia le acercara cada día una miga de pan y un poco de vino para celebrar la misa al resto de los prisioneros, teniendo la Eucaristía como único alimento. Al cabo de semanas, todos los compañeros de celda de San Maximiliano habían fallecido pero él continuaba con vida hasta que los alemanes resolvieron matarlo con una inyección de fenol directa al corazón. Según el sargento polaco, las últimas palabras del santo a su verdugo fueron: "Usted no ha entendido nada de la vida, el odio es inútil, solo el amor crea. Ave María".

Edith Stein, la carmelita judía

Edith nació en una familia judía en Breslavia, actual Polonia, cuando estaba bajo el dominio del Imperio Alemán. Hija de un comerciante, pudo educarse y trabajar como colaboradora del filósofo alemán Edmund Husserl, de la escuela de la fenomenología, lo que comenzó a instalar preguntas en su vida. Durante ese período pasó por un profundo ateísmo que concluyó con su conversión al catolicismo a sus 30 años.

Estampilla alemana con la imagen de Edith Stein y Rupert Meyer, un sacerdote de la resistencia bávara. Foto: Shutterstock

Ya entrada en la fe, dedicó su vida a la enseñanza hasta que el régimen nazi terminó con su posibilidades al prohibirle dictar clases. Así optó por dedicar su vida a Dios en la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, mejor conocidas como "carmelitas descalzas". De las aulas pasó al claustro y a la pobreza como estilo de vida, pasando de las cátedras a la oración.

Residiendo en un convento neerlandés, sufrió la ocupación del ejército alemán al cual la corona local opuso escasa resistencia. Luego de esto los obispos neerlandeses se opusieron a los católicos que se unían al Partido Nazi y también se analizó el traslado de la hermana Edith a Francia para resguardarla del antisemitismo, pero ella escribió: "Una ciencia de la cruz solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz". Así, en su vida cotidiana, fue obligada a llevar una estrella de David amarilla sobre sus hábitos con la palabra "Jude", que significa "judío" en alemán.

Por su condición de judía, el 2 de agosto de 1942 fue tomada como prisionera por las fuerzas de ocupación alemana y la trasladaron a Auschwitz por oficiales de la Gestapo. Siete días más tarde fue asesinada en una cámara de gas junto a sus compañeros de campo como una mártir por su raíz judía y también por el desprecio del nazismo a su fe católica. Juan Pablo II, que había formado parte de la resistencia polaca, la beatificó y luego canonizó.

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