Presenta:

Malvinas, el fin de la guerra: al rescate del Sargento Villegas

En la última noche de combates, el soldado Esteban Tries y su compañero, el soldado “Lupin” Cerezuela rescatan a su Sargento, Manuel Villegas en medio de una lluvia de balas trazantes. Alejandro Signorelli, investigador de la guerra del Atlántico, escribe en MDZ sobre ese 13 de junio de 1982
Esteban Tries, el Sargento Manuel Villegas y Fernando Santurio en Malvinas. Foto: Esteban Tries.
Esteban Tries, el Sargento Manuel Villegas y Fernando Santurio en Malvinas. Foto: Esteban Tries.

El mes de junio se anunció como para que todos se enteren. Una fina capa blanca cubrió los campos y las alturas en la Isla Soledad y empujó hacia abajo el termómetro. Hombres y máquinas acusaron recibo de un factor que influyó y complicó a ambos bandos por igual. Frío, humedad y pocas horas de luz. 

Entre el 21 y el 25 de mayo los británicos habían logrado desembarcar a su tercera brigada completa en la Bahía y Brazos de San Carlos. Habían pagado un alto precio en barcos hundidos y averiados, pero habían cumplido el objetivo de la Operación Sutton. Esta fuerza anfibia y ahora terrestre, estaba compuesta por tres batallones de infantes de marina (el 40, 42 y 45) y por dos regimientos de paracaidistas de su ejército (el Para 2 y el 3). 

Durante los últimos días de mayo había arribado a San Carlos la otra brigada que navegó al sur, denominada quinta brigada, compuesta por los Guardias Escoceses, Guardias Galeses y los publicitados Gurkas. Solo los Gurkas desembarcaron en San Carlos, los Guardias Escoceses y los Galeses serían llevados en barco en distintos momentos de los primeros días de junio, para
desembarcar al sur de Puerto Argentino, en un lugar llamado Bahía Agradable, que para los Guardias Galeses en particular no sería nada agradable, y se convertiría en un verdadero infierno, tal es así que su desembarco se conoce como el día más negro de la flota. Si, la tercera potencia mundial también cometió errores, y ese tal vez haya sido el más grosero, pero esa es otra historia. 

Del mismo modo que se planificó la recuperación de las Islas Malvinas mediante la captura de Port Stanley, los británicos sabían que el éxito de su Operación Corporate solo sería posible si lograban capturar Puerto Argentino. Diferentes nombres, mismo lugar. 

Inicialmente las fuerzas argentinas esperaron la llegada del enemigo desde el mar, o sea, desde el este y por eso tomaron posiciones en varias alturas que rodean al pueblo de Puerto Argentino para lograr su defensa. Luego del desembarco británico en San Carlos (en el extremo oeste de la Isla Soledad y a 105 kms de Puerto Argentino casi en línea recta), la retaguardia se
convirtió rápidamente en primera línea. Las posiciones de reserva pasaron a ser las primeras, y las tropas argentinas debieron cambiar sus posiciones, abandonando sus pozos de zorro y armando nuevos emplazamientos en las laderas de las mismas alturas, pero ahora mirando hacia el oeste. 

En amarillo las rutas de aproximación de las tropas
británicas hacia Puerto Argentino. Foto: Alejandro Signorelli sobre mapa IGN

Estas alturas que envuelven a Puerto Argentino, se podrían representar de manera imaginaria como la mitad izquierda de un reloj, en donde Puerto Argentino es el centro del reloj, de donde salen las agujas, y hay una primera línea de alturas más alejadas hacia afuera, al oeste, la primera línea, en donde Monte Longdon está a las 10h, Monte Dos Hermanas a las 9h y Monte Harriet a las 8h. Detrás de esa primera línea y levemente más al este, más cerca de Puerto Argentino, se encontraba una segunda serie de alturas: Wireless Rigde a las 11h, Monte Tumbledown a las 9h, y Sapper Hill a las 7h. Cada una de esas alturas estaba defendida por
diferentes regimientos del Ejército Argentino y de la Infantería de Marina. 

Durante la primera semana de junio hubo algunos enfrentamientos y tiroteos entre tropas británicas y argentinas al oeste de esa primera línea conformada por los montes Longdon (a las 10h en ese reloj imaginario), Dos Hermanas (a las 9h) y Harriet (a las 8h), debido al accionar de patrullas de reconocimiento, pequeños grupos adelantados británicos que buscaban confirmar las posiciones argentinas en el terreno, antes de lanzar el asalto final. 

Puerto Argentino y las alturas que lo rodean y
fueron utilizadas como puntos de defensa. Foto: Alejandro Signorelli

La noche del 11 de junio, los británicos posicionaron al Para 3, al 45th y al 42nd Commando en sus puntos de partida, y aproximadamente a las 20h, abrigados por la oscuridad cerrada, el Para 3 comienza una marcha silenciosa con el fin de tomar por sorpresa las posiciones que el Regimiento de Infantería 7 “Coronel Conde” de Arana, muy cerca de La Plata, defendía. Sin embargo, ese movimiento sigiloso terminaría cuando el pie del cabo Brian Milne, un soldado británico, pisaría una mina que lo haría volar por los aires, perdiendo su pie y dejándolo mal herido y a los gritos del dolor. Todo este ruido puso en alerta a las tropas argentinas y desató un verdadero infierno en las laderas del Monte Longdon. Aproximadamente tres horas más tarde debido a un error de cálculo de su desplazamiento, el 45th Commando inició el ataque al Monte Dos Hermanas defendido por el Regimiento de Infantería 4 “Coronel Manuel Fraga” de Monte Caseros, Corrientes, al igual que el Monte Harriet, que fue atacado por el 42nd
Commando.

Representación de un momento de la batalla por Monte
Longdon. Foto: infantería.com.ar

La batalla por Puerto Argentino había comenzado, la primera línea de alturas al oeste de Puerto Argentino debía soportar el ataque terrestre del Para 3, el 45th y el 42nd Commando, con apoyo de artillería terrestre, y también naval desde fragatas fondeadas muy cerca de Puerto Argentino y que, al ser de noche, no podían ser alcanzadas por nuestros aviones. Los planes de reconquista incluían el relevo de estas tres unidades que atacaban, por otras más frescas, como el Para 2 (que ya había combatido días atrás en Darwin-Goose Green), los Guardias Escoceses, Galeses y los Gurkas.

Las tropas argentinas contaban con apoyo de artillería terrestre, pero no había relevos previstos a gran escala, solo algunas compañías o secciones que fueron enviadas para reforzar posiciones o contra atacar. 

Luego de feroces combates nocturnos durante los días 11 y 12 de junio, los defensores argentinos debieron replegarse a la segunda línea de alturas, y aquel domingo 13 de junio ofreció una breve pausa en los ataques terrestres del enemigo, que se estaba reorganizando y preparando relevos y reabastecimientos, pero continuó con el fuego de artillería para “ablandar” a las tropas defensoras. 

El Regimiento de Infantería 3 “General Belgrano”, con asiento de paz en La Tablada por aquellos días, cubría posiciones al sur de Puerto Argentino, en Sapper Hill, pero en la madrugada del 13 de junio, su Compañía A, al mando del Capitán Rubén Zunino, y que en teoría era de reserva, fue enviada a tomar posiciones en la base del Monte Tumbledown. 

Esteban Tries, el Sargento Manuel Villegas y Fernando
Santurio en Malvinas.
Foto: Esteban Tries

Había nevado, los caminos estaban congelados y los camiones resbalaban en el hielo, por lo que la marcha debió hacerse a pie. En medio del frío y la noche algunos aprovecharon para divertirse patinando sentados, olvidando por unos segundos el peligro al que se dirigían, e ignorando los proyectiles de artillería de ambos bandos que cruzaban el cielo por arriba de ellos. Una vez en la base del Tumbledown, pasaron muchas horas de noche y ya entrado el día, tratando de armar posiciones con piedras, ya que no había tiempo para cavar. 

Mientras estaban ocupados en esas tareas, podían ver como tropas enemigas que habían tomado el Monte Longdon, se desplazaban hacia Wireless Ridge. El valle de Moody Brook era el terreno que separaba a unos de otros, y ambos tenían la certeza de que un nuevo enfrentamiento era inminente. Todos sabían que la aparente calma del día 13, solo cortada por el duelo de artillería entre ambos, era el preludio de un combate seguro, que se activaría al caer la noche. 

Aproximadamente a las 15h del 13, y mientras seguían armando sus posiciones, una andanada de artillería enemiga los alcanzó. El Soldado Julio Segura que regresaba a su posición, fue mal herido por una esquirla. Eso fue para muchos la señal de que la guerra había llegado, y ya nada sería igual. Inmediatamente la Compañía A entró en esa tensión propia del combate. El Soldado Rubén Carballo, estafeta del Jefe de sección, desoyendo órdenes de protegerse, salió corriendo a buscar la ambulancia que estaba varios metros abajo, mientras otros compañeros improvisaban una camilla con una frazada para Julio Segura que todavía respiraba.

Carballo llegó a la ambulancia, pero estaba fuera de servicio y sirviendo de morgue improvisada para el cuerpo del Sargento Ron, del Escuadrón de Caballería Blindada X, que el día anterior había caído en combate apoyando al RI 7 en Monte Longdon. Carballo solo pudo tomar algunos elementos sanitarios de la ambulancia, y cuando volvió ya estaban intentando llevar a Segura a Puerto Argentino. El esfuerzo sin embargo cesó luego de 800 mts, cuando se dieron cuenta que Segura ya no respiraba. 

Durante las pocas horas de luz que quedaban (oscurecía a las 17h aproximadamente), soportaron el viento y el frío escuchando el partido de Argentina vs. Bélgica en España 82, con los estruendos de fondo del fuego de artillería. En esos casos, solo quedaba rezar para que esa “pepa” que se escuchaba, cayera en la turba que amortiguaba la explosión, y no sobre piedras, que se convertían en metralla mortal, como la que se llevó al soldado Segura. 

Esa noche, cerca de la medianoche, cuando el soldado Esteban Tries se hizo cargo de la guardia, fue instruido a convocar al Sargento Villegas, su Jefe de Grupo en la 1ra Sección de la Cia A, a una reunión con el Capitán Zunino a donde concurrirían los jefes de sección y de grupo. 

Al final de esa reunión supieron que la tediosa espera había concluido, debían tomar su equipamiento ligero, es decir solo una frazada, sus armas, todas las municiones posibles, y partir hacia el combate. El significado de equiparse ligero, incluía evitar cualquier carga que entorpezca la marcha, por lo que las cajas de municiones de los fusiles FAL se quedaron, y llenaron con esas balas todas las medias futboleras que pudieron, y las cargaron como bandoleras. 

Piedras en Wireless Ridge, y lo que queda de un cañón sin retroceso
de 105 mm.
Foto: Wikimedia/Mapcarta.com

Bajaron los pocos metros que separaban sus posiciones en Tumbledown del valle Moody Brook, y encararon su camino hacia Wireless Ridge. Eran la 1ra y la 3ra sección de la Cia A del RI 3, la 2da sección estaba un poco más atrás, y la sección Apoyo se había quedado en Tumbledown disparando sus morteros de 81mm para cubrir este avance. Cuando subían las bengalas debían detener la marcha y tirarse cuerpo a tierra, ya que quedaban a la vista del enemigo, y reanudaban la marcha cuando estas se apagaban. 

Debieron cruzar el arroyo Moody Brook en la oscuridad cerrada, empapándose hasta el pecho con el consiguiente frío que eso significaba, y ya en los pies de la elevación Wireless Ridge, se prepararon para la acción. Sabían que su momento había llegado, estaban muy cansados, mojados y rodeados de explosiones, bengalas y gritos. El Jefe de Sección, Teniente 1ro Víctor Hugo Rodriguez lo sabía muy bien porque él mismo lo estaba sintiendo, por eso tomó la decisión de iniciar la carrera hacia la altura al grito de “A lo gaucho!! ¡¡Viva la Patria carajo!!” sin mirar hacia atrás, sabiendo que sus sargentos, cabos y soldados lo seguirían hasta cualquier lugar sin dudar. 

Ese grupo de soldados se metió a la carrera en el infierno de balas trazantes, explosiones de artillería y granadas, y gritos en medio de la oscuridad. En esas condiciones se hacía muy difícil distinguir a propios de enemigos, solo la dirección ascendente o descendente de las trazantes en la oscuridad cerrada servían de orientación, y el objetivo inmediato era saltar hacia la próxima piedra a la vista, para resguardarse, tomar valor, y seguir corriendo mientras disparaban. 

En uno de esos avances, el soldado Esteban Tries escuchó el grito de dolor de su compañero de grupo, el soldado Ruso. Lo habían herido en un brazo, por lo que lo asistió haciéndole un torniquete para que no pierda mucha sangre y le avisó a su Sargento, Manuel Villegas, que Ruso estaba herido. Fue allí que se enteró que su Sargento también estaba herido unos metros adelante, pero su herida era en la panza, por lo que perdía mucha sangre. 

El soldado Esteban Tries muchos años después de la guerra.
Foto: Esteban Tries

El Sargento Villegas le ordenó que dispare al lugar de donde venían las trazantes que lo habían alcanzado, que no estaba a más de unos 30 mts de su posición. El problema era que cuando Tries hizo puntería con su FAL, el cuerpo herido en el piso del Sargento Villegas se interponía con su objetivo. Le pidió a los gritos que se mueva, pero Villegas no podía, y le ordenaba que dispare igual. Tries no podía hacer eso y seguía pidiéndole que trate de moverse. Como Villegas no podía, intentó manotear su FAL para disparar él mismo, pero ni bien movió su brazo, una bala impactó en su muñeca. Era evidente que muy cerca de ellos el enemigo los tenía en la mira. 

Tries se encontraba pocos metros detrás junto con el Soldado José Luis Cerezuela, a quien apodaban Lupin, un peón rural que casi no sabía leer, pero que entendía perfectamente lo que significaba formar parte de un grupo de soldados en combate. Esteban Tries comprendió en un instante que su Sargento se estaba muriendo, que estaban rodeados, y que el infierno a su alrededor era cada vez más asfixiante. 

Le propuso a Lupin rescatar al Sargento, lo que fue aceptado de inmediato y sin dudar, y tuvo el brillante reflejo de decirle a su compañero que, al desplazarse para llegar a Villegas, lo harían sin fusiles y con las manos en alto. Lupin Cerezuela pensó que estaba loco, pero le hizo caso igual, en esos momentos no hay tiempo para debates. Como pudieron y en medio de una lluvia de balas llegaron hasta Villegas. Estaba muy mal, había perdido mucha sangre y el dolor en sus entrañas y en la mano lo volvían loco. Le pidió a Esteban que lo despida de su familia como mejor le pareciera. Recordó a su hijita de tres años Silvana, soñaba con volver a abrazarla, pero se daba cuenta que ya no podía, el hospital quedaba a unos ocho kilómetros. Entre todos esos pensamientos y palabras, se puso a rezar un Padrenuestro y le pidió a Tries que le dispare. No quería morir desangrado solo, o rematado por un enemigo. Tries no podía creer lo que estaba viviendo mientras a metros de ellos el infierno continuaba con su locura. Le dijo que no, que tenían pendiente un asado, a lo que Villegas respondía a los gritos que no soportaba más el dolor y que le disparara. 

Con su compañero Lupin decidieron hacer el intento, y contra su voluntad, cargaron al Sargento Villegas como pudieron durante ocho kilómetros, entre disparos, y avisando a los gritos a la propia tropa para que no los confundieran. Ocho kilómetros heroicos para lograr que otros héroes, los médicos, recibieran y terminaran el trabajo que ellos habían empezado: salvar la vida del Sargento Manuel Villegas que, al volver a su casa, pudo abrazar como nunca a su hijita Silvana. 

Villegas y Tries son hermanos de la vida, nunca más se separaron. A Lupin le perdieron el rastro luego de la guerra, pero 20 años después y por un contacto fortuito, Esteban dio con él. José Luis Cerezuela se había casado y formado familia, pero se estaba muriendo por un cáncer de pulmón. Afortunadamente pudieron visitarlo junto a Villegas y recordar viejas andanzas malvineras, y llevar alegría y amor a ese viejo soldado que estaba partiendo. 

Esteban Tries, José Luis “Lupin” Cerezuela, y el Sargento
Manuel Villegas varios años luego de Malvinas.
Foto: Esteban Tries

Una tarde de viernes años después, la esposa de Villegas lo llamó a Esteban desesperada. Su esposo balbuceaba cosas que no se le entendían, y los médicos en su casa decían que podía tratarse de un ACV. Allí partió como loco en su auto por la Panamericana un viernes de tarde, esquivando como podía el embotellamiento para acudir en ayuda de su hermano Villegas. Llegó y como pudo lo llevó en emergencia hasta el hospital, en donde lo atendieron y pudieron sacarlo adelante. Villegas había sufrido un ACV, y su hermano de la vida Esteban Tries, una vez más, le había salvado la vida al ponerlo en manos expertas a tiempo. 

Luego de la guerra, Esteban al igual que muchos otros Veteranos, se ha dedicado a divulgar las historias de valor y coraje de nuestros Veteranos de Guerra de Malvinas. El busca difundir los valores de trabajo en equipo, sacrificio por el otro, liderazgo, Fe y amor por la Patria que hicieron posible la gesta de Malvinas. La guerra es una tragedia siempre, y no debería ser necesario que los pueblos pasen por eso para recordar que son esos los valores con los que vivirán una vida mejor para ellos y su posteridad. Los pueblos que han vivido esas experiencias extremas en todo el mundo lo guardan en la memoria de su ADN, y se lo recuerdan a las
siguientes generaciones para que no ignoren y desperdicien la experiencia de vida ganada con tanto sacrificio. 

Esteban Tries divulga historias como esta y transmite valores mediante “Malvinas: Educación y Valores” (IG:
@malvinaseducacionyvalores). Foto: Esteban Tries

Hay un grupo importante de nuestros compatriotas que vivieron ese infierno y sintieron en carne propia la importancia de vivir con valores en las buenas y en las malas. Muchos de ellos están vivos aún, 41 años después, y caminan a nuestro lado sin que lo sepamos. Tenemos una nueva oportunidad para vivir con valores, aunque cueste y sea tentador el facilismo que dice que todo es lo mismo. Recordemos sus historias, tan cercanas en el tiempo, para inspirar nuestra mejor versión, y salir a cambiar nuestro futuro.

* Lic. Alejandro Signorelli, Investigador de la Guerra del Atlántico Sur.