El solsticio de invierno, las elecciones y tu opinión, diferente de la mía
El sol todavía no sale, y a pesar de que es domingo, ya estoy despierto. Una mezcla producida por la cada vez más interesante cantidad de años transcurridos desde aquel lejano día en que nací, con la sincronización del “reloj interno del cuerpo” que al parecer se genera porque todos los días de entre semana me levanto temprano, mezclado todo esto con el acercamiento cada vez más inminente al día más corto del año, que llegará antes de que el fin de mes se abalance sobre nosotros, conjugan para que, aunque ya son más de las ocho, el sol todavía no sale, y a pesar de que es domingo, ya estoy despierto.
No es tan grave. Hoy se vota, y de todos modos me iba a levantar a esta hora aproximadamente, porque siempre es preferible votar a la mañana, no vaya a ser que un camión me atropelle a la siesta y no pueda cumplir con mi deber cívico. Me tomo los primeros mates de la mañana y releo los diarios online, para enterarme de lo que ya de todos modos sabía: que hoy se vota, dónde voto, y lo más importante, y aunque el diario no lo diga, saber a quienes voy a votar, con este nuevo sistema de boleta única; que no es que sea nuevo el sistema, pero sí es la primera vez que lo usamos para elegir candidatos a Gobernador en nuestra provincia de Mendoza, que no es poca cosa.
Salgo de la casa, rumbo a la panadería del barrio; se me ha hecho ya costumbre llegar a la escuela en la que emito mi sufragio con una bolsa de raspaditas para las autoridades de la mesa y las personas que fiscalizan, que tienen un largo día por delante. No me importa a quienes fiscalizan, si están ahí, militando por sus ideas, por mí está bien, aunque sus pensamientos sean distintos a los míos, eso es lo de menos; bastante aburrido sería el planeta si todos pensáramos lo mismo, así es que, bienvenida la diversidad ideológica, hay que aguantársela nomás, que ya bastante caro hemos pagado en este país por los intolerantes que en el pasado no se aguantaban a los que pensaban distinto.
Con las tortitas ya en bolsa, ahora sí, rumbo a la escuela del barrio. Que no es poco tener una escuela en el barrio, en este país donde somos de acostumbrarnos a cosas que en el resto del planeta son excentricidades: educación de calidad para todas las personas, no es algo habitual en el mundo. Y a pesar de que mi santa madre insista con que la educación ya no es como antes,
cuando ella daba clases, y aunque tenga quizá razón, a mí no hay quien me convenza de que existe un sistema mejor que el de la educación pública y gratuita. Y a esa escuela del barrio es a donde me toca ir a votar, a la pública y gratuita, aunque hay otras pagas, y que son también ayudadas por el gobierno, y está bien también: diversidad che, cada uno con sus gustos educativos, y si esas personas pagan sus impuestos, está bien que el gobierno colabore con la educación de su descendencia.
En definitiva, que con esto de que pueden votar dos personas a la vez por cada urna, no hay ni cola. Llego a mi mesa, entrego el documento y las tortitas, me dan la boleta, una birome y las gracias por el manjar que les llevé para superar la media mañana; paso detrás del biombo, marco mi opción, doblo la papeleta y vuelvo, para introducir en la urna esa humilde boleta con la maravillosa elección que declara cuales son mis ideas. Al parecer en estos meses voy a tener que venir varias veces a votar; mejor. ¿Cuál sería la queja? ¿Que me pierdo un par de horas al año para elegir a quienes me van a representar? Por favor, me encanta que me pregunten, avisen nomás, que vengo a votar, gustoso.
Listo; ya cumplí, ya voté. Ahora sí, a comprar la leña para el asadito, y a seguir con la vida, que en democracia, siempre es mejor. Aunque no me guste tu opinión, ni a vos la mía, vivimos cerca, así que dale, votá con ganas.