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Por qué el 50% de los alumnos de tercer grado no lee ni escribe en forma adecuada

El problema fundamental está en el error de diagnóstico. De acuerdo con el pensamiento dominante en la mayoría de las áreas responsables de la educación, los magros resultados escolares tienen que ver con la condición de los alumnos. En decir, como son pobres no se puede pretender que aprendan.

Argentina es un país de paradojas. El milagro al revés, nos llaman también. Tuvimos todos los ingredientes necesarios para ser una potencia, y nos dedicamos a dilapidar esas oportunidades. Somos una suerte de hijo pródigo huérfano: despilfarramos todo, pero no hay una casa paterna a la que volver.

A las clásicas contradicciones, como la de tener gente que pasa hambre en un país que produce alimentos para 400 millones, hemos sumado algunas nuevas: los trabajadores formales que a la vez son pobres y los chicos que van a la escuela, pero son analfabetos. Es cierto que no se los denomina de esa manera, se dice que están “no alfabetizados” o que “no logran comprender lo que leen”. Formas más políticamente correctas de referirse a una realidad que debería avergonzarnos: fuimos el primer país en erradicar el analfabetismo.

Sin embargo, hoy, la escuela, que supo ser la garante del sueño de “m´hijo el d´otor”, ha dejado de ser un motor de promoción social para convertirse en una institución que perpetúa la brecha. Como sostiene Guillermina Tiramonti “se ha vuelto incapaz de transferir a las nuevas generaciones los instrumentos básicos de la cultura, como es la lectoescritura”. La escuela se ha convertido en un simulacro.

En busca de un culpable

Es cierto que esta realidad no pasa desapercibida para quienes manejan los sistemas educativos. El problema fundamental está, sin embargo, en el error de diagnóstico. De acuerdo con el pensamiento dominante en la mayoría de los ministerios y administraciones responsables de la educación, los magros resultados escolares tienen que ver con la condición de los alumnos. En otras palabras, como son pobres no se puede pretender que aprendan.

Sin embargo, si uno mira lo que sucede en otros países, descubre que no hay una relación necesaria entre mayor pobreza y peor educación. Por ejemplo, El Salvador, Perú, Colombia o Ecuador son países con menor PBI per cápita que Argentina y, sin embargo, obtuvieron mejores resultados en las pruebas ERCE 2019. En el otro extremo, tenemos el caso de Finlandia que en el año 2013 cayó 9 lugares en el ranking de las pruebas PISA mientras que la economía del país seguía igual. “El descenso general de los resultados indica que debemos tomar medidas enérgicas para desarrollar la educación finlandesa. De todos los países que se destacaron en el informe PISA 2003, Finlandia es el que más ha retrocedido en la última evaluación, y esa tendencia es un motivo de grave preocupación”, decía la ministra educación del país nórdico, asumiendo que esta baja en los resultados es responsabilidad del sistema educativo.

No hay una relación necesaria entre pobreza y peor educación.

MDZ pudo conversar con Florencia Salvarezza, lingüista y especialista en neurociencia y educación, que tiene una mirada muy crítica de la postura pobrista. “El contexto existe”, reconoce, “el factor cuna está, pero también está el sistema educativo y la escuela tiene que funcionar a pesar de eso. Tiene que garantizarle los aprendizajes a un chico independientemente de dónde venga a la mañana y a dónde vuelva a la tarde. La escuela no puede usar el contexto para justificar lo que no pasa dentro de ella.” Incluso va un paso más allá “yo siempre les cuento a mis alumnos de la universidad algo que dice un colega colombiano que fue director de escuela. Él les decía a sus docentes que cada vez que entran al aula tienen que pensar que trabajan con niños huérfanos. Si después hay una familia que acompaña, genial, pero si no, los maestros son los que tienen que hacer que sus alumnos aprendan.”

La urgencia de revisar los métodos.

La escuela tiene que hacerse cargo del problema de la alfabetización” afirma Salvarezza. “Cuando, por ejemplo, se enseña en zonas complejísimas de África con métodos que la ciencia valida, que funcionan mejor que otros, los niños aprenden. De vuelta, el contexto existe, pero también existen modelos educativos que funcionan y modelos educativos que funcionan menos o que no funcionan.”

De acuerdo con la especialista, el problema es que en nuestro país y en varios países de la región, “la alfabetización se convirtió en una cuestión ideológica, donde tenemos el método progre, asociado a las teorías pedagógicas de Paulo Freire y Emilia Ferreiro, que tienen que ver con la idea de que el niño construye su propio principio alfabético, que vive en un mundo donde existe la alfabetización y que, por lo tanto, nadie llega en blanco al sistema escolar, pero sabemos que hay muchos niños que llegan sin esta base previa.”

Sin embargo, y en contra de los que sostienen estas teorías que son las que se enseñan en la mayoría de los centros de formación docente, “lo que muestran los estudios es que sólo el 5% de los niños aprende a leer sin ayuda. Hay un 30% que aprende más o menos con cualquier método y el resto necesita de uno bien estructurado y guiado por un adulto debidamente preparado. Ahí está el 60% de los chicos que no leen en Argentina, los que necesitan de un método que la escuela hoy no ofrece”, sentencia Salvarezza.

Hace unos días, varios miembros de la Coalición por la Educación firmaron un comunicado que va en el mismo sentido. “Todos los chicos pueden aprender a leer y escribir en primer grado, independientemente de su situación social y familiar, si se aplican formas de enseñanza probadas en el mundo y avaladas por la ciencia, en lugar de insistir con métodos fracasados. No intervenir es condenar a otra generación a la pobreza y el analfabetismo”, se lee en el segundo párrafo.

 

Cómo hacer para que los chicos aprendan

La semana pasada, el departamento pedagógico de Ademys, un gremio docente de CABA puso el grito en el cielo contra el Programa de Fluidez Lectora promovido por el Ministerio de Educación de CABA argumentando que “la lectura pierde su carácter eminentemente social para pasar a ser solamente una actividad neuronal que debe desarrollarse de manera unívoca a través de métodos de estímulo y respuesta y no a través de la construcción de sentido entre lxs lectorxs (sic)”. Según Salvarezza, “esta concepción se traduce en el aula en un maestro que pregunta, ¿qué te parece que dice acá? ¿por qué creés que la palabra árbol empieza con “a”? Y la palabra árbol empieza con “a” porque empieza con “a”, no es una decisión de nadie.” Y agrega la siguiente anécdota “el primer día de clase del posgrado en especialización para la lectura yo le pongo a mis alumnos una palabra en griego y tres dibujitos y les pregunto, ¿qué les parece que dice? Y se matan de risa. Ustedes hacen lo mismo en clase, les digo.”

Así, para que todos los chicos puedan aprender a leer y escribir, es preciso que el proceso de alfabetización sea estructurado y secuenciado en términos de una progresión racional, de lo más simple a lo más complejo. Se enseñan las letras, cómo se escriben, como suenan, se trabaja la conciencia fonológica y se va progresando paso a paso. Todo bajo la guía atenta del maestro. Lamentablemente, este tipo de metodologías son demonizadas en la mayoría de los centros de formación docente.

El documento firmado por 35 miembros de la Coalición por la Educación, entre los que se encuentran Inés Aguerrondo, Guillermina Tiramonti, Ana Borzone, Jaime Correas, Susana Decibe y la propia Florencia Salvareza, propone una serie de líneas de acción inmediata:

  • Aprovechar los años de educación inicial obligatoria (salas de 4 y 5) para proveer a todos los niños –en especial a aquellos de los sectores más vulnerables– las herramientas necesarias para aprender a leer y escribir (sobre todo vocabulario y conciencia fonológica).
  • Adoptar métodos de enseñanza de la lectura y la escritura basados en evidencias, con resultados ya probados: métodos estructurados con fuerte énfasis en la enseñanza del código alfabético y la práctica de la lectura y la escritura en clase desde el comienzo de primer grado. El objetivo irrenunciable es que todos los niños sepan leer y escribir al finalizar primer grado.
  • Recuperar el rol del docente en el aula: enseñar.
  • Implementar desde primer grado métodos de seguimiento y evaluación formativa, para lograr que los niños aprendan a leer fluidamente en ese nivel.

Es urgente devolverle a la escuela su responsabilidad principal, hoy diluida en una enorme cantidad de actividades de ayuda social y burocracia: hacer que los alumnos aprendan. Porque, sintetiza Salvarezza “como dice Rafael de Hoyos, pensar que la educación es una herramienta para la salida de la pobreza no es un cliché, es cierto”.