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Muchachos, está reservada la balsa para ir a pescar

Una vez al año, como mínimo, se organiza una salida al embalse Agua del Toro, en San Rafael, para compartir un día (y noche) de pesca. Desde el mensaje de WhatsApp, al asado. Desde la cervecita en el viaje, hasta las charlas sin sentido.
La magnificencia del paisaje y la calma son el complemento perfecto para la pesca de pejerreyes. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ
La magnificencia del paisaje y la calma son el complemento perfecto para la pesca de pejerreyes. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

El mediodía marcha tranquilo. El celular de vez en cuando vibra. No son más que mensajes en la lista interminable de grupos de WhatsApp. Algunos tienen relevancia, otros son solo stickers que se transforman en conversaciones sin sentido. Aparece un "papá, trae soda" que, obviamente, debe cumplirse a rajatabla. En otro, el pedido de una madre del grupo del colegio que implora que le pasen la tarea ya que el nene faltó. Todo normal. Todo rutinario.

De repente una luz celestial ilumina el viejo celular. Un coro angelical retumba al ver la notificación que hace tiempo estábamos esperando. La emoción nos invade. Al menos a mí, me tiritan las manos. El cosquilleo es tal que se transforma en un adormecimiento de la pierna derecha.

Es momento de dejar las emociones de lado, marcar el patrón de bloqueo y sumergirme en la app de mensajería. "Muchachos, está reservada la balsa para ir a pescar", dice el mensaje y mis ojos brillan. Lo estaba esperando. Tenía la necesidad de recibirlo. Nos vamos a Agua del Toro, el embalse que está en San Rafael y a 199 kilómetros de la Ciudad de Mendoza.

Se activó el grupo de WhatsApp. Nos vamos de pesca.

"Yo voy", dice uno. "Yo no puedo porque ese fin de semana viajo a Chile", explica otro, quizás de los más importantes al momento de estas salidas, aunque puede cambiar de idea en el transcurso del día. Y, como no podía ser de otra manera, salta el que tira "¿No te deja tu señora?", y todo explota en risas. 

Ese grupo de WhatsApp no tiene mucha actividad. Se mantiene sereno gran parte del año (tenemos otro donde se organizan los asados de los miércoles, la cita infaltable de la semana), pero cuando activa, activa en serio. "La balsa sale 13 lucas y es para seis", dice el que siempre se encarga de eso. Y en la cabeza del resto comienzan las cuentas mentales: "13 dividido 6, más el combustible, más la comida, más los puchos, el fernet y las cocas, el hielo, las mojarras y, claramente, la renovación del carnet de pesca". Hilando fino, y teniendo en cuenta que un miércoles normal nos gastamos entre 3 y 4 mil por pera por comer un asado y jugar al póker, no es taaaaan cara la salida.

El viaje de pesca está cerrado. "Salimos el sábado tipo 14 porque a las 20 entramos al agua", comunica el Gerardo, quien, generalmente, se encarga de la logística. Cada uno ya sabe lo que tiene que hacer. Uno busca el asado, la leña y el pan. Otro carga la ensalada (una simple botella de salsa de tomate). Otro tiene que ir por las bebidas. Y cada cual de su equipo de pesca.

Ya es sábado. Finalmente, Rubén, que tenía que viajar a Chile por laburo, decidió que era más importante ir de pesca. Su presencia es fundamental. Es el encargado de buscarnos para emprender el viaje. Lo busca a Fernando, quien sale con un bolsito, la caña y un cajón de soda (para hidratarnos). Me busca a mí, que generalmente salgo con botellas con hielo para mantener fresca la pesca, unos baldes y mi equipo; de ahí nos vamos a buscar al Gringo, que aparece con un bolsón inexplicable de Falabella que le cuesta abrazar. "¿Qué traés ahí adentro?", pregunta el conductor. "Un acolchado de dos plazas y media", replica. Ahí es cuando comienzan las burlas. "¿Para qué traés eso? ¿No ves que ocupa lugar al pedo?", lanza el tercero ya con poca paciencia. "Ya van a ver, seguro alguno me lo pide", cierra la conversación.

Tiempo de buscar a Gerardo, el que vive más lejos de la ciudad y el que, muchas veces, es el más entusiasmado con la salida. En su casa tiene un generador a explosión. Lo cargamos. Pesa dos toneladas. Alguno dice "lo vamos a llevar al pedo", dicho y hecho. Nunca arrancó. Emprendemos el viaje. Ya entramos en clima. Hay que buscar las mojarras y, porqué no, un par de latas de cervezas como para ir pasando el rato.

En la ruta 40, a la altura de Ugarteche hacemos la segunda parada técnica: hay que comprar las mojarras justo ahí donde es la bajada que empalma con la ruta que va a El Carrizal.

Las mojarras se pueden comprar en la bajada de El Carrizal sobre Ruta 40. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

"Vamos muchachos. Hay que seguir". Mojarras compradas. Algunos aprovechamos para hacer un "pichicito". La próxima parada, seguramente será en Tunuyán. Y ahí es cuando aprovechamos para proveernos de una segunda tanda de cervezas para hidratarnos. Ojo, no solo cervezas, también llevamos un par de gaseosas porque hay dos que no toman alcohol.

El cartel sobre ruta 40, pasando Pareditas, ya nos indica el desvío hacia Agua del Toro. La ansiedad es mucha. Encima, Rubén no nos deja fumar arriba de la camioneta. ¿Cómo parar esa necesidad de llegar? Imposible. Hasta no poner un pie en el perilago del embalse no va a suceder. Para matar la espera, el Gringo empieza con su ronda de chistes. Muchos son nuevos, pero la mayoría ya los ha contado en alguna oportunidad. Nos reímos. Parecemos 5 adolescentes en una salida de "estudio".

Después de andar unos 35 kilómetros por camino de tierra, bastante fulero, llegamos. Ya se ven las balsas sobre el espejo de agua. "Ojalá sea esa que se ve ahí la que alquilamos", se escucha adentro de la camioneta como, claro está, una expresión de deseo. Esa balsa tiene hasta baño y una especie de "dormi" para pasar la noche. "Buena, cómo va a ser esa. Seguro que no la alquilan", refuta el más pesimista de todos.

Agua del Toro es uno de los espejos más lindos de la provincia, aunque no tiene infraestructura adecuada para el turismo. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Son las 19 y monedas. Llegamos justo a tiempo. A las 20 tenemos que entrar así que empezamos a repartir las tareas para descargar la camioneta y subir las cosas a la balsa. Mientras dos están arriba de la embarcación, los otros tres hacen una especie de pasamanos. Y a medida que se van acomodando las cosas, todos comenzamos a disfrutar de lleno de esta salida que tanto esperamos.

En la bajada de los pescadores, minutos antes de comenzar a navegar por el dique. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Los primeros latigazos al motor dan la sensación de que arrancar la navegación no va a ser tarea fácil, aunque después de unos 5 o 6 tirones de cuerda el sonido magistral de las aspas ingresando en el agua y los primeros movimientos de la embarcación dan sensación de libertad inigualable.

Gerardo, al mando de la navegación, yendo en busca del pique. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

En la punta de la balsa está el Gringo, quien se encarga de guiar al que maneja el motor. Vamos con rumbo a la desembocadura del río Diamante. Dicen los que saben que en ese sector hay buen pique, algo que queremos comprobar lo más rápido posible. Y mientras transitamos los primeros metros sobre las aguas del dique, construido para el aprovechamiento hidroeléctrico, Rubén ya arma sus cañas de pescar, pues quiere llegar a destino, tirar las líneas al agua y encargarse de lo que, quizás, mejor le sale: el vacío a la parrilla con un toque de un ahumado sin igual que le da el chulengo con el que cuenta la embarcación.

"¿Dónde compraste, Rubén?"... "En el Sebastián", responde. ¿Y quién es el Sebastián? El Sebastián es ni más ni menos que Sebastián Cloquell el exdefensor mendocino que supo jugar al fútbol, entre otros clubes, en Indedependiente Rivadavia y el Atlético Argentino y que en la actualidad tiene una carnicería en la calle Revolución de Mayo de Godoy Cruz.

El Gringo marca el rumbo. Del grupo de amigos es, entro otras cosas, el que se encarga de los chistes. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Cerca de las 21 llegamos a destino. Los primeros fernet con Coca ya corrieron y con ellos la picada. Salame, queso, mortadela, el infaltable pan de la calle Talcahuano de Godoy Cruz, y el interminable frasco de berenjenas en escabeche que prepara, religiosamente, el Gerardo para estas ocasiones. Una previa perfecta antes del asado. Mientras lo esperamos, el pique comienza a aparecer y con él, internamente, arranca una especie de sana competencia para ver quién es el que más pejerreyes saca en el transcurso de la noche. Al pescar con balancines (son dos anzuelos) las probabilidades de meter "doblete" son amplias, por eso, el primero es más que festejado arriba de la embarcación. 

Mientras cae el sol, Rubén prepara su equipo de pesca. Una vez anclados, comienza el ritual. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Rubén, metódicamente, controla el vacío que yace sobre la vieja parrilla mientras las charlas sin sentido acompañan el ritual. Le mete un poco de brazas y lucha contra la brisa que azota. El fuego no debe apagarse. Lo mira fijamente como si con esa mirada, poderosa, fuese a terminar de cocinar la carne.

La noche es profunda. El infaltable, arriba de la balsa, es el asado de Rubén. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

"Pongan la mesa, muchachos", se escucha en el silencio de la noche. Y la felicidad nos inunda. Vamos a comer el clásico de todas las idas a pescar: el vacío ahumado de "Rubiño". "Te dije que la carne del Sebastián no falla", retrucan dentro de la balsa.

La cena transcurre a la tenue luz de un foco led y, más allá del frío que pueda hacer, se disfruta tanto, o quizás más, que la de los miércoles en la noche. Charlamos, nos reímos. Estamos desenchufados totalmente de la realidad cotidiana, del día a día, de los problemas, de si nos alcanza o no la guita. Una maravilla. 

Luego de la cena se vuelve a lo que habíamos ido: pescar. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Panzas llenas, corazones contentos. Después de la sobremesa, que incluye un poco más de charlas sin sentido, entre las cuales aparece, vaya a saber uno porqué, la trama de una de las novelas turcas que dan en un canal de aire de Mendoza, se vuelve al ruedo. Ya son cerca de las 24 y la noche está en pañales. Y mientras encarnamos los anzuelos tenemos al primer caído de la noche: "Muchachos, me voy a dormir", dice uno mientras lentamente se va metiendo en una vieja bolsa de dormir.

¿Cómo hace para dormir sobre el piso de tablas de la balsa? Nadie lo sabe, pero se nota que descansa. 

En la tranquilidad de la noche es, muchas veces, cuando más se pesca. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

A partir de ese momento prácticamente no hay charlas. El silencio es casi una obligación y solo se permite romperlo para tirar una puteada por una presa perdida o para pedir algo. Un estruendo rompe el manto de sigilo y tras él, dos risas cómplices entre uno que está pescando y el otro que está sentado en el ángulo que une las barandas de la popa con el costado izquierdo de la embarcación. La imagen lo dice todo. El que estaba sentado así necesitaba ir al baño y no le quedó otra que improvisar un inodoro.   

Las horas pasan lentas. Y en el medio de la oscuridad perdemos a otro soldado. "No doy más, necesito dormir un par de horas", lanza sigiloso para no desconcentrar al resto y, a los segundos, queda tieso en una silla. "Sentí cómo ronca este", se escucha despacito.

A encarnar los anzuelos del balancín y a seguir. A unos cinco cañazos de profundidad está el pique. Ya llevamos varios ejemplares dentro del balde y la noche parece que no nos va a dar tregua.

Lo pescado se reparte en partes iguales. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Las primeras luces del día nos encuentra en el mismo plan. El pique, por suerte, no paró en toda la noche y ya estamos cerca de los cien pejerreyes. Los que dormían, despiertan y con ellos las ganas de tomar un café caliente. La noche fue un poquito hostil y el frío se hizo sentir más allá de todo el abrigo que nos pusimos encima.

Empieza a amanecer en Agua del Toro y la pesca se mantiene firme. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

"Buen día. ¿Qué hora es?", dice el que primero se fue dormir. "Ya son las 6", responde uno. "Vamos muchachos que queda poco tiempo", sigue otro. A las 8 tenemos que devolver la balsa y, desde el punto donde estamos, tenemos como una hora de viaje. El motor es chico, la balsa es mediana y lleva a 5 personas que como mínimo, en el total, pesan cerca de 500 kilos.

Una de las últimas líneas en salir del agua viene con sorpresa: un dientudo, una especie de pez que no sirve de mucho y que, en caso de no terminar tan lastimado, se devuelve al agua. Otras veces es utilizado de carnada cuando las mojarras comienzan a escasear.

De vez en cuando aparece algún dientudo que servirá de carnada para seguir pescando. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ
A pesar de que está fresco, hay que aprovechar al máximo el tiempo. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

El ruido del motor encendido nos marca que es tiempo de volver a la orilla, descargar las cosas y ya comenzar a planear la siguiente salida de pesca, la que seguramente tardará un año en llegar ya que se viene la veda. El grupo de WhatsApp, sabemos, no tendrá actividad hasta diciembre, mes en el que generalmente se larga la nueva temporada.

Tras 12 horas en el espejo de agua, es tiempo de volver. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ

Ya es miércoles, tenemos asado. Nos volvemos a juntar tras la salida. La organización llevó su tiempo pero hay casi asistencia asistencia perfecta: los que fuimos a Agua del Toro y los que no. Y esos que no fueron tienen que aguantarse que esa noche, particularmente, se hable solo de pesca.

Buena faena. Dentro del copo yace uno de los pejerreyes. Foto: Juan Ignacio Blanco/MDZ