Novela

La hormiga y el tigre, capítulo IV: Cuba

El cuarto capítulo de la novela de Pablo R. Gómez, "La hormiga y el Tigre".

Pablo R. Gómez domingo, 12 de marzo de 2023 · 10:15 hs
La hormiga y el tigre, capítulo IV: Cuba

Aún asombrados y mareados por tantos días de océano, al que no habían conocido hasta subirse con sus trajes de algodón a rayas al barco que los trasladó desde España a Cuba, Rafael Marín y José Sordo seguían sorprendiéndose con cada nueva imagen que ocupaba su vista; desde las playas tropicales hasta las palmeras, pasando además por los habitantes afroamericanos de Cuba y el idioma “raro” de los lugareños, todo era novedad para los jóvenes. Los hermanos de Eloísa, debido a su conocimiento de los animales por su trabajo en el cortijo en el que habían desarrollado tareas en España junto a su padre, estaban asignados en una división de caballería formada por andaluces, mientras que Rafael y José fueron sumados a la infantería; esta situación, además del resquemor que hacia Rafael profesaban sus nuevos cuñados, hizo que los contactos fueran casi inexistentes entre los nuevos reclutas.

El ejército había armado a los campesinos con fusiles Mauser modelo argentino, y era esa la primera vez que Rafael sentía el nombre de ese extraño lugar. Argentina era, a los ojos del jornalero devenido en soldado, el lugar del que procedía el arma que portaba en sus manos, y nada más. Aunque la verdad era que el fusil estaba fabricado en el imperio alemán, y el modelo argentino era la actualización que los germanos habían introducido en el arma hacía apenas unos pocos años, y que habían vendido en grandes cantidades a ese lejano país del sur de América, dando así un nombre de referencia al nuevo Mauser.

Aparte del fusil, Rafael y José habían recibido dos trajes de “rayadillo” que identificaban a los soldados españoles, uno de los cuales llevaban siempre puesto; un gorro, zapatos guajiros de lona con suela de soga, algo más de ropa, y un morral en el que llevaban un vaso, una cuchara, una fiambrera y no mucho más. Con ese equipamiento y con escaso entrenamiento, estaban ya desembarcando en La Habana, que todavía era la capital de una colonia española. Quedaba menos de un lustro para que el siglo más penoso del imperio español acabara, pero para ellos, la situación era mucho más cercana y concreta; hacía en Cuba muchísimo más calor que en su pueblo natal y la humedad, casi desconocida en combinación con el calor para los jóvenes criados en la lejanísima Europa, pegoteaba cualquier indumentaria que pudieran poseer.

–Esto está bueno, Pepillo –comentó Rafael sin dejar de comer la ración de arroz que les acababan de repartir –seguramente debe haber comidas mejores, pero el arrocito me hace acordar al pueblo, así que me sabe más rico de lo que se ve…

–Qué forma rara de recordar a nuestra tierra –respondió José sonriendo y sin dejar de masticar –en vez de pensar en las personas que quedaron allá, piensa primero en la comida; parece que nadie lo esperara por casa...

Rafael dejó de comer por un instante y volvió a recordar a Eloísa por quincuagésima vez:

–No me haga acordar de ella, mal amigo… –remató el nuevo soldado, mientras volvía a encarar el plato de arroz.

El almuerzo terminó, y una vez más la tropa fue movilizada, aunque esta vez ya por tierra. Desde La Habana, a la que habían llegado hacía menos de un día, ya estaban siendo trasladados al oriente en tren. El viaje iba a ser largo y cansador, aunque Rafael y José aún no lo sabían; eran soldados rasos y su función básicamente consistía en cumplir órdenes. Y si se les ordenaba subir a un tren, simplemente se subían, sin tener ni la más lejana idea de hacia dónde se dirigirían ni en cuanto tiempo llegarían a destino; simplemente cumplían la orden, y ya. El entrenamiento militar que habían recibido en España antes de partir rumbo a América era bastante básico, y no daba para mucho más que para cargar el Mauser y dispararlo; salvo eso, todo lo demás que les tocaba era obedecer órdenes.

Según se observaba desde las ventanas de los vagones repletos de soldados, las vías serpenteaban entre una selva de la que habían sido talados algo más de cien metros de árboles para cada lado del ferrocarril, intentando evitar el ataque sorpresivo de los rebeldes cubanos a las tropas imperiales. Desde esa distancia, era casi imposible que un tirador acertara a una persona que iba pasando en movimiento, aunque el dato no dejaba de ser hipotético, por lo que el viaje no estaba exento de nervios, atendiendo a la posibilidad de que alguna cabeza volara en cualquier momento producto de una bala que casualmente encontrara su destino en la carne de cañón que colmaba los vagones.

Varios metros adelante del tren militar, avanzaba otra máquina ferroviaria con solo un vagón cargado de durmientes y rieles de repuesto, que servía además de señuelo, por si los rebeldes habían dinamitado las vías o si habían hecho ceder el piso para que descarrilara el tren al pasar; esta previsión era importante, pero la necesidad de frenar ante un imprevisto hacía que la velocidad del transporte no fuera en lo más mínimo elevada, y los soldados podían observar las humaredas continuas detrás de los árboles, que presagiaban que tampoco la estaban pasando bien quienes vivían en esas tierras. Efectivamente, los denominados “pacíficos”, y que no eran otra cosa que las personas que habitaban en el lugar, eran continuamente desplazados y sus haciendas quemadas, tanto por el ejército español como por los rebeldes cubanos, todos con la misma estúpida lógica: me llevo lo que puedo y quemo el resto, para que los otros no se reaprovisionen. La necesidad de dejar la “tierra arrasada” para evitar el aprovisionamiento del enemigo ha sido usada por milenios en diferentes guerras, pero siempre como una estrategia circunstancial; en Cuba habían pasado ya varios años desde que se inició este procedimiento por ambas partes, por lo que la economía del país estaba definitivamente desmantelada, y sin grandes posibilidades de regenerarse sin ayuda del extranjero, una vez que la guerra hubiera terminado. Triste realidad de los países caribeños, que a pesar o quizá por culpa de su clima paradisíaco, han estado tantas veces necesitados de socorros, que han recibido los busquen o no, por su posición de privilegio en el mapa geopolítico mundial.

Pero en ese fin de siglo XIX la situación global escapaba a las mentes de los pacíficos habitantes de la isla, y de los beligerantes conversos a la fuerza que ocupaban los trenes españoles; el fuego arrasaba las cosechas, el humo destruía la belleza del trópico de Cáncer y el hambre y las pestes se encargaban diariamente del resto. Las horas transcurrían lentamente en el tren que avanzaba hacia su destino, que no era otro que un pequeño fuerte militar en el lado occidental de “la trocha”, a no más de quinientos kilómetros al este de la capital cubana. La trocha era el nombre que había obtenido, sin importar si por definición oficial o por pura costumbre, el tapón que las tropas españolas habían fabricado cortando a Cuba a lo ancho, aproximadamente por la mitad, dejando el control del lado oriental, el más pobre, a los rebeldes; y pretendiendo evitar que los mismos pasasen al occidente en donde se encontraba la capital del país, entre otros sitios de interés comercial, económico y sobre todo en esos días, de interés militar. Al oriente de la trocha, solo algunas pequeñas fortalezas y las escasas vías de tren que las unían estaban en poder español; el resto de la isla, sin que a los líderes realistas les quitara el sueño, estaba liberado para que los rebeldes los ocuparan, si es que tenían las fuerzas suficientes, lo que de todos modos tampoco ocurría del todo.

La trocha, el nuevo destino de José y Rafael, consistía en una barrera de algunos cientos de metros de ancho repleta de árboles talados, alambrados de púas, campos minados y devastación, que llegaba desde la costa norte a la sur, separando realmente a la isla en dos. A su largo, varios pequeños fuertes españoles contaban con guarniciones permanentes, alrededor de las cuales se amontonaban, en triste desolación, miles de “pacíficos”, habitantes de distintos sitios de las cercanías, que habían sido desplazados por las fuerzas españolas luego de quemar sus haciendas, para evitar el aprovisionamiento de los rebeldes. Esas migraciones de población se hacían generalmente sin poseer ni lejanamente la estructura logística para contenerlos en el lugar de destino, por lo que la miseria se esparcía vergonzosamente entre esos cubanos que solo esperaban que la muerte los alcanzara pronto, desahuciados ya de la posibilidad de poder volver a trabajar la tierra ni en el corto ni en el mediano plazo.

El tren militar, con Rafael Marín y José Sordo entre tantos cientos de soldados, avanzaba hacia la trocha y los labriegos observaban por primera vez el cielo en esa noche caribeña que ya tenía en penumbras a toda la isla.

–¡Pero será posible, que la hormiga mate al tigre! –exclamó Rafael anonadado mientras miraba las estrellas –¿Cuánto anduvimos Pepillo, desde casa, para llegar hasta acá?

José, sin saber a qué venía semejante pregunta, pero cansado por el viaje, respondió de todos modos lo que de cierta manera recordaba.

–Más de dos semanas en ese barco del demonio, seguro –fue su aproximación en tiempo, sin saber si el dato era suficiente para su amigo.

–Pero será posible… –repitió Rafael mientras seguía observando al firmamento –¿y me puede decir entonces por qué se ven acá las mismas estrellas que en el pueblo?

José, espantado por el comentario de su amigo, se abalanzó desde su asiento por sobre Rafael para observar que sí, claramente, esa estrella que veían ahí mismo era la que tantas veces habían observado desde las colinas de su pueblo, en esas largas noches de hambre en las que los pensamientos surcaban las mentes de los amigos:

–¡Mierdas, es cierto! –repitió José con la boca abierta sin poder dar crédito a lo que sus ojos veían –¿y eso cómo puede ser si es que estamos tan lejos, es que el cielo nos sigue?

Los ibéricos seguían atónitos mirando a ese cielo, su cielo, que los cubría con su inmensidad una vez más como lo había hecho siempre a lo largo de sus cortas vidas, que no se alejaba por mucho de las dos décadas; y si bien era cierto que ese cielo los acompañaba a ellos al igual que al resto de los habitantes del hemisferio norte, el dato no era parte de los conocimientos que poseían José Sordo y Rafael Marín, y su ignorancia los tenía ciertamente muy concentrados en intentar comprender lo que estaban viendo. La estrella que los tenía como hipnotizados era Vega, de la constelación de Lira, y ni lejanamente podían imaginar que hacía tan solo seis horas la misma imagen celestial había surcado los cielos de su lejana tierra, como también lo había hecho el día anterior y lo haría el siguiente. Los andaluces seguían con la vista fija en esa luz que había salido desde la estrella hacia sus ojos aún antes de que ellos mismos nacieran; pero esto de la velocidad de la luz y la distancia de las estrellas no solo estaba en pañales para los científicos del planeta, sino que estaba más lejos del entendimiento de José y Rafael que el mismísimo astro, lo que de todos modos no les importaba. El tren avanzaba hacia el oriente, y el cielo distraía a los campesinos devenidos en soldados a la espera de que el sueño llegara, en esa calurosa noche tropical.

La madrugada los encontró durmiendo, pero la disminución de velocidad del tren los despabiló, entre chirridos de vías, junto con el vozarrón del coronel que le hacía competencia con sus gritos histéricos al metal que, rozando con metal, desaceleró a la formación militar hasta llegar a detenerla por completo.

–Llegamos camarada –dijo José entre bostezos –no sé a dónde ni para qué, pero llegamos.

Los soldados bajaron desordenadamente de los distintos vagones, mientras que el sol lejanamente anunciaba al nuevo día; los oficiales encaminaron a la tropa como pudieron, y los ibéricos comenzaron a avanzar, a paso cansino, entre decenas de cubanos que estiraban sus manos pidiendo algo para echar en el buche. Todo era en vano, las chances de poder ayudar a los “pacíficos” que les rogaban desde detrás de sus costillas pegadas a la piel, eran casi nulas. Lentamente avanzaban los campesinos devenidos en infantería del ejército español, entre los muchísimos cubanos que rodeaban a la fortaleza militar para intentar sobrevivir luego de haber sido desplazados de sus tierras; pero la verdad era que esos desplazados habitantes de la isla, no eran más que el “efecto colateral” de la estrategia de tierra arrasada que se venía aplicando en la isla desde hacían ya varios años.

Luego de unos minutos de marcha desde el tren, finalmente los infantes ingresaron a la fortificación, una de tantas de las que integraban la primera línea de defensa del ejército español en las cercanías de Morón, un pequeño pueblo del que no quedaba mucho más que el nombre, como una necesidad militar para ser usada de referencia en los mapas del frente de batalla. Una vez dentro de los límites de la fortaleza, lo que habían observado de los “pacíficos” era solo un recordatorio de lo que pasaba puertas afuera; aunque la vida simple que de todos modos vivía la tropa, solo contrastaba con la juerga y las risas que brotaban del interior de la residencia de los oficiales. Allí nada escaseaba, según suponían los soldados, y la soberbia de los jefes militares solo era un complemento de su bestialidad a la hora de maltratar a esos pobres campesinos. Pepe y Rafa se estaban recién acomodando en un par de hamacas que habían encontrado disponibles bajo un techo de hojas de palma que a duras penas tapaba al sol, y mientras el astro ya quemaba las sienes de la humanidad una vez más, la voz de su teniente segundo los sacó del letargo:

–¡Atención batallón! –gritó el hombre para que todos lo oyeran, pero desde una distancia de menos de un metro de la oreja de José, que aturdido no pudo menos que caer al piso desde la hamaca en la que acababa de echarse –¡salimos de ronda!

Dicho y hecho. Los soldados, recién llegados y aún cansados del viaje, formaron en fila india siguiendo las órdenes de su superior y avanzaron con destino a la trocha, que se extendía frente a ellos, de lado a lado, hasta donde la vista les alcanzara. La orden más importante que habían recibido antes de marchar consistía en pisar exactamente, paso a paso, donde había puesto el pie quien iba adelante suyo, para evitar así los “cazabobos”, que no eran otra cosa que minas explosivas que los mismos españoles habían colocado allí para hacer volar por los aires a los insurgentes que intentaran acercarse a sus posiciones. Pero lo cierto es que ni los rebeldes avanzaban sobre la trocha, ni los soldados realistas cruzaban mucho más allá de su línea; las rondas consistían generalmente en incursionar entre la frondosa vegetación hasta alguna plantación que aún quedara por allí, saquearla y prender fuego lo que no pudieran llevarse. Pero en ese día, y aún antes de que pudieran atravesar más que algunos metros de vegetación, la suerte quiso, si es que suerte puede llamársele, que el silbido de las balas provenientes de ese mismo lugar al que pretendían ingresar los mandara a tierra, sin esperar la orden, porque antes que nada había que salvar el pellejo.

–¡Cuerpo a tierra! –ordenó tardíamente el teniente a quienes ya habían cumplido con su pedido al escuchar los primeros disparos –¡fuego a discreción!

–Y esto cómo era que funcionaba –preguntó Rafael a José, que se encogió de hombros mostrando también su desconocimiento, pero sin separar el pescuezo del piso.

Rafael intentó recordar las pocas lecciones que habían recibido en España antes de embarcar y cargó su Mauser, apuntó a la arboleda y disparó. Las posibilidades reales de acertarle a alguien eran más que lejanas, atendiendo a que la precisión de los rifles desaparecía más allá de los doscientos metros y a que de todos modos no estaban viendo a los rebeldes que les disparaban desde la espesa selva caribeña. El muchacho de todos modos apoyó la culata de su arma contra el piso, y se despegó mínimamente como para poder volver a cargar, luego de lo cual apuntó una vez más a la nada misma y disparó por segunda vez. Luego de eso, miró a su costado y descubrió a su amigo, que lo observaba perplejo; le parecía increíble a José que el Rafa hubiera logrado memorizar el procedimiento de carga y disparo que, aunque no era para nada complejo, resultaba absolutamente extraño a la cotidianeidad de los muchachos hasta hacía tan solo unos pocos meses atrás. Pero ahí estaban los dos; cuerpo a tierra, codo a codo, a más de siete mil kilómetros de sus respectivas madres, y disparando rifles hacia la hojarasca en defensa de la misma monarquía que sus padres habían combatido. No era por propia voluntad, es cierto, sino simplemente por uno de esos designios de la vida que terminaba siempre, generación tras generación y sin importar de qué lado de la línea de batalla se encontraran, enfrentando a inocentes de ambos bandos para que sus respectivos generales pudieran luego quedar inmortalizados en estatuas de bronce, o al menos recibir condecoraciones por acciones de batallas en las que nunca arriesgaron el pellejo.

La jornada culminó cuando los rebeldes volvieron sobre sus pasos, al atardecer ya de ese primer día en el frente; la retirada se hizo palpable no porque las tropas dejaran de observar a quienes de todos modos nunca habían tenido a la vista, sino simplemente porque dejaron de salir disparos desde detrás de la arboleda.

–Y ahora habrá que perseguirlos, y se viene la noche –se quejó en voz baja José para que solo su amigo y vecino lo escuchara.

Pero la orden del teniente fue otra, menos esperada, pero por cierto mucho más festejada:

–¡Retirada! –bramó el oficial, que arrastrándose empezó a retroceder en dirección a la fortaleza.

Ningún soldado había sufrido ni siquiera un rasguño, quizá por suerte, o tal vez porque los rebeldes tampoco tenían la puntería suficiente como para acertarles a sus enemigos a semejante distancia. Sea como fuere, y solo habiendo sufrido bajas en cuanto a la cantidad de municiones que poseían sobre los hombros, los infantes regresaron a su punto de partida; y antes de que el sol se escondiera ya estaban nuevamente degustando un plato de arroz que, la verdad, tenía el exquisito sabor que disfrutan quienes han conservado la vida, aunque fuera tan solo un día más. Pero, aunque los campesinos aún no lo sabían, esa primera jornada en la trocha no había sido para nada excepcional; luego de llevar casi un año en el lugar, era habitual para ellos salir diariamente de ronda, disparar algunos tiros, y volver antes del anochecer sin haber avanzado ni siquiera un metro desde la posición anterior. Y aunque un par de veces alguna bala rebelde rozaba a un soldado, generando de este modo la necesidad de retroceso anticipada para atender al herido, el pelotón de José y Rafael no había sufrido ni una sola muerte entre sus integrantes desde que habían arribado a la trocha, lo que hacía más llevadera la cotidianeidad; todas las mañanas cargaban sus ciento cincuenta cartuchos, y a pesar de que al anochecer regresaban al fuerte con la mayoría de las balas sin usar, los partes de batalla incrementaban ampliamente la cantidad de municiones utilizadas por la tropa. En el papeleo llenado diariamente por los oficiales, se “inflaban” los costos de la guerra, así como se destacaba también en exceso la bravura de los soldados, ya que era impensable que con tantas municiones que se declaraban como consumidas, no se resaltara la valentía de los luchadores imperiales frente a esos salvajes que pretendían su independencia del supuestamente maravilloso reino de España.

Pero para los soldados, no solo existían las redadas más allá de la trocha; con tanto tiempo de ocio entre marcha y marcha, les quedaban gran cantidad de horas disponibles, que en general pasaban tirados en las hamacas. El estar acostados además les permitía descansar los pies después de caminar más de treinta kilómetros diarios sobre zapatos que contaban con suela de soga, para nada confortable en largas distancias, por lo que sufrían con habitualidad de llagas y lastimaduras de distinta profundidad.

Los días pasaban casi iguales para los combatientes, así como los meses, y a esta altura también las estaciones; el invierno cubano era casi tan cálido como el verano de su pueblo, por lo que se complicaba para quien no estuviera atento a un almanaque saber en qué época del año se encontraban. Sí es cierto que subía aún más la temperatura en julio y agosto, pero para los muchachos el calor era sinónimo de verano por lo que, desde su entendimiento, solo vivían en un eterno y pegajoso verano. Ya llevaban dos años de llegados al lugar, y aún seguían en el mismo sitio, en una guerra que estaba siendo más aburrida que peligrosa. Rafael dormitaba en una de esas siestas cuando, al girar la cabeza hacia el costado para hablar con su amigo José, notó que la hamaca vecina estaba vacía. Y en ese momento se dio cuenta de que, desde hacía ya algunos días, a la misma hora y por el lapso de un tiempo bastante prolongado, José Sordo desaparecía de su vista para luego reaparecer, como si nada, para comenzar a charlarle nuevamente sobre algún tema del que ya habían agotado las discusiones horas antes. A esas conclusiones estaba llegando el labriego cuando vio a su amigo llegar y recostarse como si nunca hubiera estado ausente del lugar.

–Y ahora me cuenta de dónde viene usted, don José –increpó Rafael al recién llegado –y no me venga con temas que escapen a la pregunta que le acabo de hacer.

José, colorado como un tomate, no pudo menos que confesarse ante su amigo:

–He andado merodeando por las afueras del fuerte –susurró el hombre –y nada tengo que decir además de que estoy enamorado.

–Eso me parecería normal en otras situaciones, compañero –comentó el soldado que pasó de la sorpresa inicial a la curiosidad mientras se sentaba en la hamaca –¿pero de quien estaría usted enamorado, en esta desolación?

– Rafael, he conocido a una “pacífica” –comentó José Sordo –se llama Mercedes, y sobrevive a duras penas por aquí nomás, a pocos metros de la puerta de ingreso a la fortaleza, y entre mimos y arrumacos compartimos el alimento que vamos consiguiendo.

–¿Pero cómo me dice usted que los dos consiguen alimentos? – repreguntó el joven, bastante enojado ya con su amigo –¿no será que solo usted consigue de por aquí, y comparte con la moza su ración diaria?

–Puede ser que yo sea de conseguir más que ella –se sinceró José –pero así es el amor, Rafa, se comparte lo que sea que se tiene, que a veces será suficiente y a veces quizá no, pero en definitiva compartido es más rico, ¿no le parece?

–Me parece que existe la posibilidad de que esa señorita ande más interesada en sus raciones que en usted, disculpe que se lo diga –lanzó Rafael ya con un tono para nada amigable.

José, intentando calmar a su amigo, no pudo menos que ofrecer una explicación más compleja al espinoso tema que se le estaba planteando:

–Rafa, no estoy abusando de la necesidad de Mercedes. Pero la verdad es que estos cubanos nos están padeciendo a nosotros, al ejército rebelde y a la mismísima mala suerte; están allí a la intemperie, muchos de ellos no tienen cama, ni techo, ni comida, y ni siquiera un plato por si algún alimento milagrosamente les llegara a caer del cielo. Se mueren, Rafael, y entre ellos Mercedes, que está tan flaca que hasta le podría contar los huesos a través de su piel morena, si es que los números yo supiera. Pero solo puedo compartir con ella lo que me llegue a las manos, con la perra idea de que sobreviva a esta mierda en la que estamos todos embarcados.

Rafael Marín bajó de su hamaca de un salto, y ya de pie, se dirigió a su amigo de tantos años con una mezcla de tristeza y orgullo que pocas veces recordaba haber sentido:

–Al final, me ha resultado usted más revolucionario que su finado padre, mire. No hay forma de que escuchen razones en esa familia de Sordos. Así es que no me quedaría más remedio que unir mi ración con la suya, y compartir entre los dos el alimento con la Mercedes esa, aunque solo usted sea el recompensado con los favores de la moza; me alcanza con que no se me muera usted de hambre, José, que no sé con qué cara le explicaría yo a su santa madre la situación si es que eso ocurriera.

Los amigos se abrazaron, con fuerza y con amargura, ante la compleja decisión que acababan de tomar. La amistad podría más que la guerra, o al menos el intento lo iban a hacer.

La historia de Mercedes, la amada de José, era la misma que la de tantas mulatas que habitaban en la isla en esa época. Era hija de una esclava llegada desde el Congo hacía menos de treinta años y de un hacendado español que abusó de su madre como era costumbre en el lugar; del violador de su progenitora, la niña solo había recibido en lo que llevaba de vida un poco de genes que blanqueaban escasamente su hermosa piel morena, y un nombre hispano. Por el resto, Mercedes había pasado sus días entre personas consideradas y tratadas como animales, hasta hacía menos de diez años cuando se suprimió en el país la esclavitud. Luego de la abolición, de todos modos, las cosas no cambiaron mucho. El trato no mejoró hacia los libertos, y los salarios pagados por los dueños de las tierras no alcanzaban para mucho, por lo que las condiciones generales de vida de los negros y mulatos, más allá de las declaraciones abolicionistas que públicamente hacían las autoridades, no habían cambiado casi en nada. Mercedes había vivido en una plantación de azúcar cercana al fuerte en el que por estos días pasaba sus días, hasta que las fuerzas españolas quemaron los campos y los obligaron a trasladarse. La vida pasó a ser aún peor de la que ya tenían, pues ni siquiera podían alimentarse de frutos silvestres ya que los españoles habían también eliminado la vegetación para lograr tener una mejor visión del enemigo.

–Mi vida es otra, desde que te conocí, Mi Vida –murmuraba Mercedes en el oído del andaluz, mientras se mimaban tras unas rocas que cubrían su relación de la vista del resto –tus labios, José, me saben más ricos que el arroz con plátanos.

–Pero qué cosas dice, Merceditas –replicó Pepe mientras pasaba sus dedos por entre los negros cabellos de la mujer deseada –la otra vida que usted dice, la estamos viviendo juntos, así es que ni se moleste en explicarme lo que yo mismo siento.

–Bueno está bien –contestó sonriendo la mulata –hábleme entonces del lío ese de las estrellas del que me contó solo el inicio el otro día.

José se enderezó un poco, y la solemnidad cubrió su rostro, por lo que sus palabras sonaron como de gran trascendencia:

–Las estrellas esas que se ven en el cielo, nos han seguido desde nuestro pueblo. Cuando veníamos para la trocha, Rafael notó a una que siempre veíamos desde los montes cercanos a nuestras casas, y con el paso de las noches he observado que no solo esa, sino todas las estrellas que nos alumbran permanentemente, haya o no luna, nos han seguido a lo largo del viaje para continuar alumbrándonos ahora.

La morena se descostillaba de la risa con cada palabra que pronunciaba su amado, y no pudo seguir esperando para contestarle:

–¿Pero y cómo supone usted que era el cielo de Cuba antes de que ustedes llegaran desde su pueblo? ¿Todo negro? ¿Y los soldados que vienen de otros pueblos distintos al suyo, también han traído sus estrellas desde su cielo, o son las mismas que las de su región? Además, disculpe que le cuente algo; durante toda mi vida, las estrellas estas que hoy vemos han estado en mi cielo, yo también las he observado detenidamente, así es que lamento comunicarle que su cielo no es suyo, sino nuestro.

José no lograba salir de su asombro con la lógica de lo que estaba escuchando de los labios de Mercedes, pero rápidamente aceptó la premisa y se sumó a las ideas de su amada:

–O sea que no compartimos solamente unos meses de amor, sino que hemos compartido el cielo a lo largo de todas nuestras vidas… ¿le gustan las estrellas fugaces? Espero que sí, mulata mía, porque lo que es a mí, me encantan esos brillos atravesando el cielo sin previo aviso, dándole vida a esa noche quieta que parece no tener fin. Nunca he visto que caiga una de esas estrellas, pero quien le dice, capaz que en mi pueblo no se ven caer porque están en el suelo cubano, por ahí me encuentro una por acá entre tantas balaceras.

–Yo ya tengo a mi estrella entre las manos –contestó Mercedes abrazando al muchacho –y con su brillo me alcanza; solo espero que no sea fugaz…

El amor creciente entre la mulata y el soldado parecía ser lo único que rompía con la monotonía del lugar; pero más allá de los placeres que disfrutaran los enamorados, la vida continuó sin grandes novedades para los muchachos en el fuerte hasta ya iniciado el año siguiente. Y con esa nueva tarea de alimentar a Mercedes que se habían autoasignado, José Sordo y Rafael Marín tenían la jornada completa; salían del fuerte con sus compañeros rumbo al este por las mañanas, cruzaban la trocha, sobrevivían durante algunas horas a las balas perdidas de sus rivales circunstanciales, regresaban con algún herido menor algunas veces, recibían su ración de alimento y la compartían con la novia de José, la que de todos modos no repuntaba de su alicaída salud. Para colmo de males, la fiebre amarrilla estaba desde hacía ya un tiempo haciendo estragos tanto entre los soldados como entre los pacíficos y Mercedes fue una de tantas personas que terminó contagiándose. Nadie sabía por ese entonces que la fiebre se contraía por la picadura de un mosquito, sino que desde la ignorancia del saber médico se pensaba que el contagio era por tener contacto con personas enfermas. Por esta razón, a Mercedes junto a otros infectados los separaron de los demás pacíficos que se suponían sanos, aunque no solo no se evitaba de este modo el incremento de apestados, ya que nadie se cuidaba de las picaduras de los mosquitos, sino que tampoco se daba la más mínima atención a los afectados; salvo José que, escapando de los controles, se escabullía hasta su Mercedes para darle algún alimento y, sobre todo, consuelo. Pero ya era tarde para la morena; la enfermedad terminó de hacer de las suyas en corto tiempo y así fue como Mercedes, en brazos de su amado José Sordo, dejó este mundo entre vómitos y temblores. José pretendió inútilmente enterrar a su amada, pero la orden con los que morían apestados era clara; sus cuerpos debían ser incinerados, y así fue también con la pacífica Mercedes que, aunque no logró sobrevivir, conoció el cariño y el acompañamiento de uno de esos hombres que había llegado desde tan lejos, para compartir su amor con ella.

Desde la muerte de Mercedes, y luego de volver cada día del frente de batalla, José lloraba en su hamaca, gastando en lágrimas las horas que había esperado pasar con su amada. A su lado, Rafael intentaba inútilmente consolarlo:

–Al final, esta mierda de fiebre amarilla está causando más muertes que los cartuchos rebeldes. Y mire que en nuestro pueblo sabemos de pestes Pepillo, pero con este calor y la humedad que todo lo pegotea, le tengo más miedo a un mal vómito que a una bala enemiga.

La frase de Rafael Marín no estaba para nada alejada de la realidad; la quinta parte del ejército español murió en Cuba por culpa de las pestes, y los que sobrevivieron estuvieron casi todos enfermos al menos una vez.

No tenemos peor enemigo que las enfermedades –insistió Rafael a su amigo –pero nada de esto parece importante para nuestros generales. Están encarajinados en no perder la isla, y no va a haber peste que frene sus intentos por sostener a Cuba bajo el dominio español. Aunque hubiera sido quizá más efectivo que no nos mandaran a la mismísima mierda a defender tierras que no sentimos como nuestras, obligándonos a matar a los que acá viven.

No eran momentos de andarse involucrando en temas escabrosos para el angustiado José Sordo, que solo tenía mente para los escasos recuerdos que le quedaban de su amada; nada podía ya devolvérsela, y nada había que lo sacara de la congoja. Pero en plan de conseguir de cualquier modo un quitapenas para su amigo, Rafael Marín se gastó las pocas pesetas que le quedaban de ese aporte que les daban a los soldados y que irrespetuosamente llamaban “sueldo”, y le compró una botella de ron cubano a un oficial.

–A ver si con esto le mejoramos el talante –le dijo el Rafa a José Sordo quien, aunque deprimido, o quizá por eso mismo, aceptó el convite –nos vamos a tomar hasta la última gota, a ver qué es esto que tanto toman por acá.

Los soldados descorcharon la botella y se sirvieron una ración abundante de la bebida en sus tazas de hojalata, brindaron, y le clavaron el primer trago sin siquiera darse tiempo de pensar de qué iba la cosa.

–¡Aaaaaaahh! –exclamó José, mientras sacudía la cabeza con los ojos llenos de lágrimas y la lengua afuera –¡pero esto está más fuerte que un aguardiente!

Rafael sonrió al ver que su amigo cambiaba por primera vez de tema desde la muerte de Mercedes, y brindó nuevamente antes de mandarse un segundo trago:

–¡Hasta el fondo Pepillo, hasta el fondo!

No estaba del todo equivocado José al definir al ron como más fuerte que el aguardiente que ellos conocían de su España natal. La diferencia fundamental era que, el que se tomaba en Andalucía, era fabricado con la destilación del orujo de la uva, que no es otra cosa que el sobrante de la vid luego de haberse realizado el vino, producto principal que obtenían en el sur de España de ese fruto. Mientras que el ron cubano estaba hecho con la destilación de azúcar de caña; por lo demás, la calidad de ésta nueva bebida era quizá superior a la que ellos conocían y con más alcohol por lo que, aunque en realidad ambas eran aguardientes, era cierto que la bebida cubana ardía más que la que se echaban al buche en su lejano pueblo ibérico.

–Es muy triste esta perra vida, Rafa –decretó José a medida que la cantidad de ron en la botella bajaba, y la bebida se convertía en lágrimas en el rostro de quien aún lloraba a su amada –no hay hormiga que mate al tigre, amigo.

–Ya veremos, Pepito, ya veremos –respondió Rafael, al tiempo que seguía consumiendo el elixir cubano, transparente a la vista y que transparentaba además con sus dones los pensamientos de quienes besaban sus labios durante el tiempo suficiente.

Con el paso de las horas, la botella quedó sola, sin contenido, y sin almas que lloraran por sus penas; el ron quitó realmente el sufrimiento de los muchachos, al menos circunstancialmente, a fuerza de obligarlos a dormir la borrachera. El día siguiente y lo que fuera que les deparara, no importaba en ese momento para ellos.

A la mañana siguiente y mientras salía el sol, otra incursión al oriente de la trocha esperaba a los labriegos, aunque esta vez sería tristemente diferente a las anteriores. Una vez iniciado el camino, y tal como ya había ocurrido en otras ocasiones, los soldados españoles lograron pasar sin contratiempos a través de una pequeña porción de selva de no más de dos kilómetros de árboles que quedaban aún sin talar, luego de la cual se dispusieron a atravesar un descampado rodeado de sierras. El batallón avanzaba a campo descubierto como quien pasea un domingo por la plaza del pueblo, y ese relaje lo terminaron pagando caro; la primera tanda de disparos, provenientes desde las sierras que rodeaban al campo, dio de lleno en el cuerpo de dos soldados, uno de los cuales caminaba a escasos metros de Rafael. Los cuerpos de los infantes volaron por el aire un instante después de que se escuchara el sonido de carne rasgada, y antes de que los jóvenes emitieran tan siquiera una queja, estaban ya tendidos en el piso con los ojos bien abiertos, pero secos de vistas de este mundo.

–¡Formación! –gritó el Teniente mientras las balas rebeldes seguían cobrando víctimas y dejando un tendal de heridos que gemían desconsolados por todo el campo.

El pelotón se agrupó armando un cuadrado, en uso de una vieja estrategia militar que podría quizá haber sido útil en las guerras del pasado, pero que no estaban a la altura de los tiempos ni de la guerra de guerrillas que los revolucionarios cubanos estaban utilizando en esta confrontación. En esa formación quedaban aún más expuestos, y de hecho una nueva tanda de disparos rebeldes se cobró otras dos vidas, razón más que suficiente para que los que estaban aún en condiciones se desbandaran en retirada desordenada rumbo al bosque que tenían a sus espaldas, entre ellos, los soldados Sordo y Marín.

–Corra Pepillo, que nos va la vida en este trance –gritó Rafael a su amigo –¡Corra que no quiero llevarlo de regreso en pedazos!

Y bien que corrieron. Junto a ellos algunos heridos se desplazaron a refugiarse entre los árboles por su propia cuenta, y quedaron en el campo solo los muertos y los baleados a los que las heridas les impedían desplazarse por sus propios medios. Con esta retirada, y atendiendo a que en el campo no quedaba nadie en pie y solo los gemidos de algunos de los caídos surcaban el aire, los disparos rebeldes cesaron. Aun así, los soldados escondidos entre los árboles esperaron más de media hora desde el último disparo antes de volver, cautelosamente, a intentar recuperar a sus compañeros caídos, lo que motivó que algunos de los que habían quedado heridos en la reciente emboscada hubieran ya pasado a mejor vida.

Entre los soldados sanos y los heridos leves hicieron su mejor esfuerzo por llevar de vuelta hasta el fuerte a sus compañeros de armas, pero la falta de camillas y la lejanía del destino los obligó a desplazarse más lento de lo habitual, por lo que recién pasada la medianoche llegaron a la fortificación que les daba cobijo. Allí la recepción no fue la mejor; los oficiales de mayor rango, lejos de solidarizarse con su tropa vapuleada, se ensañaron con los sobrevivientes, culpándolos de ser responsables de haberse dejado emboscar por unos cubanos que, a los ojos de estos comandantes, no eran más que unos muertos de hambre sin ningún tipo de instrucción militar. Así las cosas, y tal como el coronel a cargo de la guarnición repetía a los gritos una y otra vez, era todo un deshonor haberse dejado emboscar por semejante gentuza.

La situación no pintaba mejor para la mayoría de los baleados; no solo no había en la fortificación un hospital de campaña decente, sino que además buena parte de las heridas terminaban en infecciones que precedían a una larga y dolorosa muerte. Faltaban décadas aún para que los antibióticos hicieran su aparición, y de todos modos los médicos del ejército no tenían ni la instrucción ni las ganas de andar perdiendo el tiempo con esos campesinos a los que ya detestaban en la España que los vio nacer, y cuya relación no había mejorado por más que ahora se encontraran todos en el mismo sector de batalla, del otro lado del océano.

Entre los heridos más graves había un muchachito de un pequeño pueblo andaluz, un tal Gumersindo Fernández, que acababa de cumplir los 18 años al momento en que una bala de los rebeldes le dejó a la vista buena parte de las tripas. José y Rafael lo acompañaron, lo abrazaron, lo consolaron, le prometieron hablar con su madre a la vuelta para jurarle que él siempre la había amado más que a nadie… y no mucho más que eso fue posible. En menos de veinticuatro horas el casi niño dejó su cuerpo inerte en la lejana Cuba. Su cara de dolor y el ceño fruncido le quedaron para acompañarlo por toda la eternidad, y aunque ninguno de los tres supo nunca que sus poblaciones estaban a menos de cien kilómetros de distancia a campo través, fueron ellos, sus vecinos de pueblo, los que le dieron finalmente sepultura.

–Estoy cansándome de sepultar buena gente –comentó José a Rafael mientras fabricaban una humilde cruz con dos pedazos de madera para marcar el sitio en el que descansaba el soldado fallecido –como decía el finado Gumersindo, yo también extraño a mi buena madre…

–Ya volveremos a casa, Pepillo –comentó Rafael, aunque la verdad era que no tenía ni la menor idea de si eso ocurriría, y cuando podría llegar a ser, llegado el caso de que pasara en algún momento antes de que la muerte los alcanzara.

Pero por suerte para esas pobres almas y por desgracia para su país, los eventos definitorios de la guerra se sucedieron en poco tiempo, aunque lejos de ellos; comenzaron en el puerto de La Habana y precipitaron el desenlace del conflicto para mal de España, lo que no fue de todos modos para bien de los cubanos. En la guerra el hecho de que uno pierda no implica necesariamente que el otro gane.

El final de la conflagración se desencadenó después de que un barco de Estados Unidos, que estaba anclado en el puerto de la capital cubana con la intención aparente de defender los intereses de los ciudadanos norteamericanos que vivían en la isla, explotó una mañana de febrero provocando la muerte de la mayoría de sus ocupantes. Aunque nunca quedó del todo claro si la voladura se produjo por un ataque español, por algún desperfecto del buque o por una maniobra provocada adrede por las mismas fuerzas armadas del país propietario del barco, lo cierto es que el hecho generó las condiciones para permitir el ingreso formal del país del norte de América a la guerra. La prensa en Nueva York, ávida de vender periódicos más que de andar contando verdades, publicó en tapa lo que creyó conveniente a sus propios intereses comerciales, y esa situación presionó a la dirigencia estadounidense, quien aprovechó la ocasión generada para ingresar al conflicto en defensa de los cubanos.

Antes de fines del mismo año, España estaba firmando la capitulación; Rafael y José, junto a tantos miles de campesinos que nunca habían tenido del todo claro cómo fue que terminaron embarcados rumbo a Cuba con un fusil en el hombro, estaban ahora en una situación similar, pero de sentido contrario y de mucha más alegría. Sin saber cómo ni cuándo, ni mucho menos por qué, fueron reenviados a La Habana desde donde, en una cálida mañana del invierno caribeño partirían rumbo a España, sin conseguir la gloria que de todos modos jamás en sus vidas habían buscado.

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