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La laguna que se extinguió por el cambio climático y la desertificación: "Aprendimos a nadar ahí, y ahora no hay nada"

Lagunas del Rosario, un pueblo del norte de Mendoza, sufre el cambio climático y la desertificación. Sus lagunas se extinguieron y con ellas se borra una forma de vida centenaria. Las historias del secano lavallino.

Nadie recuerda muy bien cuándo fue la última vez que hubo agua en esas lagunas. Algunos dicen que fue hace 12 años, otros 9 o 10. Después de todo, la memoria muchas veces mezcla lo que ocurrió, con los deseos y hasta con leyendas. En Lagunas del Rosario, Lavalle, el agua es cada vez más parte de eso, de un recuerdo. “Cómo no me voy a acordar si allí aprendí a nadar”, dice Érica Nievas, jefa de la comunidad Huarpe de Lagunas del Rosario. Donde ella aprendió a nadar, ahora hay una planicie de tierra compactada; dura, áspera y polvorienta en la que se pueden recorrer decenas de kilómetros sin más obstáculos que ramas secas, guadales y sin sombra.

Un jinete alcanza a verse en el horizonte de las lagunas secas. Es Manuel, que viene desde el puesto La Alameda. “Cuando había agua, se nadaba. Perseguíamos las taguas y se pescaba mucho”, recuerda el joven, que no se baja del caballo para hablar. En el piso, duro, florecen algunos caracoles; secos, como señal de lo que hubo y ya no hay; un humedal lleno de vida que se extinguió en el norte de Mendoza y del que solo queda el nombre. “Había garzas, cisnes, patos, animales de todo tipo”, dice el joven que aún recuerda algunas costumbres laguneras que se comentaron de boca en boca, pero se perdieron como forma de vida.

Manuel recorre a caballo la laguna seca.

En el extremo norte de la provincia, en el límite con San Juan y San Luis, la sequía extrema que vive la región y que se reproduce de uno y otro lado de la cordillera golea más. Por eso las lagunas de Guanacache, que son parte de un humedal más amplio (junto con las del Divisadero y Bebedero), son planicies secas y no humedales.

Producto del cambio climático hay menos nieve, hay menos agua para todo Mendoza y casi nada para quienes viven donde el río ya es arena y polvo. Es un ambiente frágil y con la mirada de la ciudad le dicen “el desierto”. En realidad es una zona desertificada: el impacto del crecimiento de los núcleos urbanos y productivos de San Juan y Mendoza secaron los ríos aguas abajo, sin que se haya garantizado un caudal ecológico en los últimos 100 años. La erosión y fragilidad ambiental del lugar tiene que ver con su deterioro, pero, como explica Elena Abraham, “la causa principal fue la apropiación de las aguas de los ríos para abastecer las necesidades de los oasis productivos” que provocó la reducción en el área lacustre y modificó el ambiente y el ecosistema.

Un tronco de un algarrobo viejo. El impacto de la desertificación es enorme en el norte de Mendoza.

Las leyendas e historias de Draghi Lucero, los análisis antropológicos de científicos del CONICET, las investigaciones de Elena Abraham, los estudios hidrológicos de Galileo Vitali; la lucha y las estrategias ambientales de Heber Sosa. Y la lista sigue. El secano lavallino es una zona muy cara al ser mendocino que se pierde en la memoria a pesar de los esfuerzos. “De los pescadores…solo queda la calle”, dicen resignados algunos, refiriéndose a esa avenida de Las Heras donde se vendían hace un siglo los pescados de las lagunas.

Para los niños, las costumbres laguneras son parte de leyendas: no conocen la zona con agua

Cambio climático; cambio de vida

Al entrar a Lagunas del Rosario la primera impresión es la de un caserío casi vacío; hasta que se entiende la rutina pausada del pueblo, de una forma de vida adaptada al entorno. Hay casas abandonadas, quinchos desocupados que tendrán vida nuevamente cuando en octubre, para las fiestas patronales de Lagunas del Rosario. Como ocurre en todas las comunidades huarpes del secano lavallino, gran parte de la vida comunitaria y social gira alrededor de las fiestas religiosas, las iglesias centenarias que hay en cada pueblo. Allí, la iglesia ha tenido más presencia que las instituciones civiles.

Caracoles aplastados, compactados en la tierra seca.

Francisco espera en la puerta de su casa. Tiene 80 y vive desde que nació en lo que era el borde de la laguna más grande. La edad no es límite para el hombre, por lo que recoge leña aún. “Venían desde Mendoza a pescar y se llevaban bolsones llenos”, dice. La última vez pescaban carpas, una especie invasora y que se hizo plaga. Antes, los abuelos de Francisco pescaban hasta “truchas criollas” (percas). El impacto del cambio climático y ambiental se siente por la desaparición de especies también. Sin agua no hay “señoras del agua”, un pez pequeño que controla naturalmente las plagas de mosquitos, por ejemplo. Tampoco hay tanto junco, cañas y junquillo para recolectar.

Recolectar leña es parte de la rutina.

El agua marca el ritmo anual de las actividades en Laguna del Rosario; sobre todo por su ausencia. “Cada una semana juntamos agua para tomar. En verano es insoportable porque no hay nada. Se mueren los animales, no se puede hacer nada”, explica una vecina que ahora vive esporádicamente en Lagunas. Sus nietas juegan alrededor: solo una vio agua en las lagunas. Fue cuando se impulsaron una serie de obras sobre el río que permitió acumular temporalmente algo de las lluvias.

Antes de que el cambio climático fuera alertado como un problema global la presión de la población “aguas arriba” de los río Mendoza y San Juan, principales afluentes de las lagunas, ya las habían secado; también la erosión, los socavones y desvíos de los cursos de agua. Como sea, esas enormes planicies alguna vez estuvieron cubiertos de agua, con patos, flamencos, algunos parientes de nutrias y peces. “Se plantaba hasta trigo cuando bajaba el agua. Sandía, melones, todo…había mucho pescado. Venían de Mendoza y se llevaban las bolsas llenas”, rice Francisco; que junta leña y sigue el ritmo diario del pueblo. “Hace mucho que no hay agua…no me acuerdo cuánto. Era otra vida. La gente sembraba todo cuando bajaba el agua. Hasta maíz, zapallo, sandía…”, recuerda francisco.

Una moto pasa por el fondo de la laguna seca y deja una huella de tierra en el aire.

En una de los bordes de lo que era la laguna grande una familia trabaja a pala y azadón. De lejos, parece que cultivan, pero no; aplanan la tierra para hacer otra cancha de fútbol en el fondo seco de la laguna. Los Molina Jofré tienen una relación particular con la zona y vivieron una paradoja. Hace más de una década tuvieron que dejar su casa porque una crecida de la laguna la inundó. En medio del agua se mudaron por obligación a una zona más alta. Hoy, sufren, como todo el pueblo lagunero, la falta de agua.

La familia trabaja la tierra...pero para preparar una cancha de fútbol, porque ya no se puede cultivar.

“Nos mudamos por la crecida. Pero ahora no tenemos agua. Se podía hacer de todo….lavar, cultivar, nadar (los que sabían….)”, dice Fabián. Mariana, su compañera, lo ratifica.  La familia trabaja en conjunto y rompieron algunas barreras de género. Por eso las chicas tienen la pelota para patear cuando la cancha esté lista. Como ha ocurrido en los últimos 100 años, el arraigo de los jóvenes a la zona es cada vez más complejo. Hay escuelas, pero las posibilidades son escasas. Con la desaparición de las lagunas, también se extinguen en Mendoza un ambiente y un modo de vida.