Es ciega, trabaja en recursos humanos y pone en cuestión el lenguaje inclusivo

Es ciega, trabaja en recursos humanos y pone en cuestión el lenguaje inclusivo

Agustina Di Masi perdió la vista a los 5 años, pero eso no le impidió desarrollarse en diversos ámbitos y dar pasos firmes en su carrera profesional. En medio del debate por el lenguaje inclusivo y consciente de que la inclusión es una deuda de la sociedad, planteó su postura y explicó sus razones.

Florencia Rodríguez Petersen

Florencia Rodríguez Petersen

fpetersen@mdzol.com

Agustina Di Masi es ciega. La discapacidad no la define, pero de alguna manera es parte de su identidad. Nació a los seis meses de gestación y padeció una retinopatía del prematuro por lo que debió ser intervenida con criocirugía en ambos ojos durante sus primeros meses. Pudo ver hasta los 5 años. Y aprendió a leer y escribir a la misma edad que sus compañeros, pero en Braille, un sistema de lectoescritura táctil. 

Como es esperable, en un país donde la inclusión es materia pendiente, dice que son pocos los lugares donde las indicaciones están adaptadas. "Cuando hay un menú en Braille los precios quedan súper desactualizados. Me ha pasado de ir a un restaurante que tuviera menú en Braille y los precios eran de hacía tres años", comenta y acota: "Es un costo muy alto renovar la carta cada vez". A favor, destaca que la mayoría de los restaurantes tengan sus cartas en formato digital, permitiendo el acceso con un código QR, y reconoce que es una gran ayuda ya que, en general, estos menús son accesibles para los lectores de pantalla

Ese no es -ni mucho menos- el único obstáculo con el que Agustina se encuentra en su vida diaria. Valora que haya cada vez más carteles en Braille en la vía pública -apunta que el Metrobus lo tiene- y que el transporte público esté sumando sistema de aviso para las paradas aunque no siempre funciona. 

Enfatiza que los lectores de pantalla son una herramienta clave. "Funcionan por sonido. Yo, por ejemplo, uso un lector en español y si escribo 'you' (vos, en inglés), lee y-o-u. Es decir, repite en forma literal lo que está escrito. Siempre digo como ejemplo diciendo que es como si uno tratara de verbalizar los caracteres: cuando uno lee, en su cerebro, puede hacer que la arroba sea 'como una e'. Nadie lee tod-arroba-ese sino que convierte esa arroba en una e. Pero el lector no lo puede reemplazar", señala. 

En medio de la polémica por la regulación del llamado lenguaje inclusivo en las escuelas porteñas, Agustina explicó -una vez más- cómo las variaciones en la escritura pueden perjudicar a quienes tienen algún tipo de discapacidad. "Ahora que está a full el tema del lenguaje inclusivo, vengo a recordarles que los lectores de pantalla leen de la siguiente manera: 'tod@s' = 'todarrobaese' ;'todxs' = 'todcs'; si se usa la e, por ejemplo “todes” o “todos y todas”, ahí sí", escribió en un tuit que no tardó en viralizarse. 

El tuit, con un mensaje contundente, se viralizó e invitó a muchos a ir pensar en la inclusión más allá de las palabras

De forma simple y sin vueltas estaba poniendo de manifiesto que el problema de inclusión va mucho más allá del lenguaje y que este incluso puede convertirse en un obstáculo. "Lo escribí varias veces antes y la semana pasada, con el tema de la regulación del lenguaje inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires estaba muy a full el tema y veía a muchas personas escribiendo así por lo que me pareció que era un buen momento para recordarlo", sostiene consciente de que esta vez sus palabras tuvieron mucha más repercusión que las anteriores y con la certeza de haber hecho bien en visibilizar algo que para muchos puede ser un detalle "inclusivo" pero para ella acaba siendo una traba más que se suma a las múltiples que debe sortear a diario. 

La lucha cotidiana por la inclusión

A los 25 años, Agustina cuenta feliz que trabaja en el área de Recursos humanos de una compañía. Antes de conseguir este empleo en relación de dependencia trabajó en forma freelance como reclutadora y consultora psicológica, las dos áreas para las que se formó realizando estudios terciarios. "Me costó muchísimo llegar acá porque la mayoría de las veces te dicen: 'no sé cómo trabajar con gente cómo vos', 'no sé qué hacer con gente así', etc", dice. Si bien para ella la ceguera no es un impedimento para tener una vida plena, la sociedad parece estar lejos todavía de propiciar la inclusión

"Hay muchos mitos y prejuicios con la discapacidad y con lo que no podemos hacer", sentencia y sigue: "Se prioriza eso, lo que no podemos hacer, cuando en realidad hay algunas cosas que no podemos hacer pero con adaptaciones podemos hacer perfectamente. El desconocimiento hace que priorice esa idea de que no podemos hacer nada en vez de pensar: 'Para hacer esto, ¿qué necesitas?' o 'veamos cómo podemos hacer esto'. Siempre repito que banco el desconocimiento porque nadie sabe de algo que no vive, pero podés preguntar. Siempre podés preguntar y esa es la mejor manera de salir del desconocimiento". 

A las personas con discapacidad no se nos toma como adultos nunca

La dificultad para la inclusión, más allá de su idoneidad y capacitación, no es exclusiva del ámbito laboral. "A nivel social, la gente la complica de muchas formas: desde dejar la moto en la vereda o los autos estacionados en las rampas o en las esquinas impidiendo que uno cruce, hasta ver a una persona ciega esperando para cruzar la calle y seguir de largo sin ofrecer ayuda", comenta haciendo referencia a dos de muchas situaciones cotidianas que enfrentan las personas ciegas.

Pero hay algo que le molesta aun más. El hecho de que no se consideren sus individualidades y gustos. "Nadie pregunta cómo necesitamos que nos ayuden. Es que, aun cuando tengamos la misma discapacidad, no tenemos todos la misma necesidad ni nos sentimos cómodos con lo mismo. Y la gente tiende a no preguntar cómo querés que te ayuden, entonces es más lo que te complican que lo que te ayudan", señala.

"Lo que a mí particularmente más me fastidia o me pone mal es que a las personas con discapacidad no se nos toma como adultos nunca", sentencia y agrega: "Te preguntan, por ejemplo, '¿Vas a la escuelita todavía?' y no, la verdad que no: ya hice dos tecnicaturas, estoy trabajando, tengo una vida social, hago deportes, voy al gimnasio y nada de eso tiene que ver con 'ir a la escuelita'. Eso es terrible. Pensar a la persona con discapacidad como un niño eterno es terrible. Y eso está súper arraigado en la sociedad".

Insiste en que todavía falta mucho camino para la inclusión. "Quizás ayudarte a cruzar y eso se va liberando, pero ver a las personas con discapacidad como un adulto productivo, capaz de tener una vida independiente o una relación sexoafectiva, ni hablar. Es todo un gran tabú. Y eso es terrible porque tenés que salir todo el tiempo a demostrar que sos tan adulto como la gente que tiene tu edad. Me ha pasado de ir a u restaurante y que de cortesía traigan shots de Campari y comenten: 'a la nena le traje jugo'. ¿¡¿Por qué?!? Eso pasa todo el tiempo. Tenés que estar todo el tiempo mostrando que no sos un niño y desterrando prejuicios de la sociedad", concluye. 

 

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