La metáfora de la vida en una cancha para un país "condenado a sufrir"
El 29 de junio de 1986 quedó grabado para siempre en la mente y el alma de millones de argentinos que desde la pantalla chica siguieron cada segundo de aquella final contra la por entonces Alemania Federal, en el estadio Azteca. A través del Sony –que en los ’80 se fabricaba con la carcasa revestida en un material simil madera- se escuchó de repente, un grito de “¡¡¡Gollllllllllllll!!!!” desesperado. Fue como una especie de salvavidas que venía a calmar todos los males; que llegaba para curar heridas y devolver la felicidad a un pueblo que tan solo tres años antes había logrado recobrar sus libertades, que había salido de la etapa más cruel que puede vivir una nación: la dictadura militar.
Tenía ocho años. Recuerdo de manera límpida, casi intacta, la alegría inconmensurable de mi padre, el abrazo de mis hermanas y mi hermano; los tres mayores de los ocho que éramos hasta ese entonces. Había banderas celestes y blancas por todos lados, en el barrio. Y en la tele, una y otra vez, los canales volvían a rememorar ese instante en que el llanto volvía al ver un Diego joven, con su melena con rulos, quebrado de emoción levantando la Copa del Mundo, sostenido por una multitud.
La fecha recobra magnitud, en lo personal, porque exactamente un año después, el 29 de junio de 1987, nació mi hermana menor, la número nueve. Dos años después, la vida se apagó –antes de tiempo- en aquél hombre que había soñado de joven con una gran familia. Su rostro de felicidad al festejar ese 3 a 2 que valió el segundo triunfo argentino en el evento deportivo más importante, es un bálsamo entre los recuerdos. Lo que vino luego, claro, fue el inicio de un recorrido atiborrado de desafíos, en un país donde las oportunidades no siempre estuvieron al alcance de la mano para millones. Millones que en algún punto, se acostumbraron al sufrimiento.
El bálsamo de la alegría inconmensurable
Ya 36 años pasaron desde aquél año en que Argentina había sido un país feliz por cualquiera de sus rincones. O al menos por un momento, en un instante deportivo que quedó para siempre en la historia. De allí en más un puente colgante, plagado de roturas, parece unir a aquellas épocas con el presente. El sentir social, la necesidad de “una alegría más” no cambió. Pero sí se mantuvieron la tristeza generalizada, la sensación permanente de seguir intentando cosas, sin hallar la respuesta esperada. Se grabó en el pálpito argentino, un sabor amargo. Una búsqueda que por no obtener una salida expulsó a miles al extranjero. La calle, por años, fue ganada por la desazón. En la voz del pueblo rugieron pedidos, reclamos y demandas no resueltas. Las ollas resonando aquél 20 de diciembre de 2001 parecen aún no haber callado. El humor social sigue pidiendo a gritos respuestas.
Desde aquella victoria del ’86 hasta hoy la esperanza pareció, por momentos, desvanecerse entre crisis económicas, sociales e institucionales, que con distintas caras y protagonistas llevaron a la sociedad al extremo. Crisis macro, crisis compartidas y crisis internas, golpearon –y lo siguen haciendo- a un país que a lo largo de más de tres décadas, no logró sonreír, en una especie de círculo interminable, en el cual los acuerdos para abogar por el bien común se transformaron en una especie de utopía; en un sueño casi inalcanzable.
La metáfora que cura heridas
Este domingo 18 de diciembre, la felicidad volvió a ganar las calles. Como el agua que se toma de manera desesperada después de una larga maratón, los argentinos volvimos a sonreír, a abrazarnos al de al lado sin que nos importe su ideología política o su ubicación en la escala social. Fue el día de festejar en las calles con la bandera en mano, de llevar con orgullo el sello de pertenencia. Allí, en Qatar, del otro lado del mundo, en segundos que marcarían la diferencia entre la felicidad o la desazón de un pueblo que esperaba gritar un nuevo gol con desesperación, la selección argentina no solo entregó felicidad neta. En cada movimiento, en cada suspiro, en cada caída dejó en claro que siempre es posible seguir adelante pese al dolor. En cada pase, en cada jugada, el equipo mostró con majestuosa sabiduría, que la única forma de salir del pozo es avanzar en equipo, de manera unida y tirar para el mismo lado: hacia el objetivo común.
La metáfora de la vida recobra sentido en cada una de las actitudes de los jugadores en la cancha del estadio de Lusail. Este domingo, al menos por un rato, todos volvimos a celebrar el anhelado triunfo, “la grieta” pareció desvanecerse en el abrazo genuino, en la algarabía de almas que por años esperaron ese “shock” de felicidad. La unión del equipo argentino se trasladó a las calles que en un mismo grito unificó su sentimiento.
En lo personal, sí, lloré. Lloré por la victoria, pero las lágrimas además parecieron drenar tristezas de un año que cierra con miles de lamentos por escuchar. A mi cabeza se vino la imagen de mi amiga del alma, que jamás se dejó vencer por el cáncer. Que luchó por dos años hasta el final, aún sabiendo de antemano el resultado. Los ojos rojos al ver la definición por penales no solo fueron “por los penales” en sí: era la impotencia, la posibilidad, de una vez más, no haberlo logrado tal y como lo soñamos. Eran lágrimas por un país, que parecería estar destinado a sufrir. Era emoción por aquellos que siguieron cada segundo del partido desde la cama de un hospital, de los que lloran errores desde el encierro. Duele el hambre y la crisis; duele la falta de acuerdos y los vínculos que se quiebran por anemia de empatía.
Solo tal vez, cuando aprendamos a abrazar al otro desde la aceptación habremos aprendido a saborear el valor de la victoria. El mensaje de esos 22 ya está dando vueltas; ahora es el momento de volver a encauzar ilusiones. De tirar en conjunto, de la misma cuerda. Que la ilusión no se apague.