La revolución de la patria de las madres
La madre que te parió
Madres. Solo algunos buenos ejemplos. Todos están circunscriptos al tiempo de la emancipación americana, y en esta ocasión que será excepcional, el General San Martín solo actuando como testigo y cediendo el conmovedor (indiscutidamente merecido) protagonismo a las madres. Tiempos “fieros”; de dolor. Tiempos de guerra en el marco de una campaña sin tregua y de plena entrega. Es ahí donde una vez más asomará la madre.
Madre como Pascuala Meneses, mendocina, que siendo muy jovencita se atavió de muchachito, se enroló con el nombre de Pascual y se "coló" arriba de una mula para pelear en Los Andes junto a los suyos.
Madre como la afrodescendiente María Haedo, criada en una rancia familia rioplatense que vivió 127 años. Fumaba habanos y tomaba aguardiente hasta un tiempito antes de morir. Nació en tiempos de la colonia española y murió cuando Roca ya había terminado su segunda presidencia. Su marido fue "el pardo" Acosta, guapo patriota que supo defender la causa nacional a la par de sus hijos. María fue testigo de la muerte de todos: esposo, hijos y nietos.
Madre como otra “negra”, Carmen Ledesma, cariñosamente para la tropa: "Mamá", quien enterró 15 morenos hijos de los 16 que tuvo. Todos muertos en torno a la gesta independentista. Le quedó solo Angelito, que se hará famoso por amaestrar un perro llamado "Soldado" con quien vivió cientos de proezas.
Madre como otra mendocina, Petrona Videla la esposa de Lorenzo Barcala, que se fue a caballo a buscar su hijo Celestino hasta Pozo de Vargas en La Rioja para darle cristiana sepultura. Celestino había muerto fusilado (vaya cruel casualidad, al igual que su padre) tras el combate entre unitarios y federales del 9 de abril de 1867. Cuando llegó el cuerpo estaba podrido y tirado en una fosa común. Lo rescató entre varios cadáveres, lo lavó, le puso ropa limpia, hizo un hueco en la tierra y lo enterró.
Valor y sufriente sacrificio que solo hace una madre, como las mamás de Miguel Pestana de 10 años y de Antonio Moslera de solo 8 que integraban el Batallón de Cazadores en el Ejército de Los Andes, inscriptos como "tambores" pero que a la hora de las balas tuvieron que actuar como un soldado raso más. Murieron acribillados.
Coraje y amor de madre como el de María Remedios del Valle, sobre quien sostuvo el general Gregorio Aráoz de Lamadrid: "Ella debe ser nombrada la madre de la Patria". Estaba hablando de María Remedios. Esa mujer, que junto a sus dos hijos se subió a un carro y partió desde Buenos Aires al Alto Perú acompañando a su marido. Por ese entonces la Primera Junta de Mayo recién se había instalado y los realistas amenazaban desde el norte. Y hacía allá arrancó el ejército y junto a ellos esa madre. La misma mamá que peleó en la quebrada de Yuraicoragua, muy cerquita de La Paz (Bolivia) siendo protagonista en la derrota de Huaqui (20 de junio de 1811) y que siguió acompañando al ejército de Belgrano en las luchas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Es precisamente en Ayohuma cuando junto a un grupo de mujeres María Remedios hizo de todo: curó heridos, rescató a los caballos dispersos, se defendió a tiro de fusil, peleó cuerpo a cuerpo. ¿Qué más podía perder? En batalla vio caer muerto a su marido y a sus dos hijos. Fue apresada. Violada. Torturada por nueve días. Había recibido seis balazos. Pero logró escapar. Y siguió peleando. La historia recuerda a esas mujeres lideradas por Del Valle como "Las Niñas de Ayohuma". Casi todas eran madres y esposas, aunque su promedio de edad oscilara solo los 12 años.
Todo ese sentimiento de entrega y de angustia personal reflejado en esas madres podría sintetizarse en una carta de Tomás Guido (1820) tras los logros conseguidos por el ejército libertador consolidando la independencia chilena. Escribe Guido: "Valparaíso presenta hoy un espectáculo magnífico pero muy tocante: por una parte, se oyen aclamaciones de alegría por toda la tropa, y por otra se ven correr por la playa a las madres y esposas de los pobres soldados, bañadas en lágrimas, devorando con sus ojos las lanchas que conducen a sus hijos y esposos (muertos)".
Josefa Tenorio, "la abandera", quien fuera granadero de San Martín será otro claro espejo. Era esclava de Gregoria Aguilar y ante la posibilidad de luchar por la independencia americana, pero también por "su independencia" y la de sus hijos, se hizo soldado. Acompañó toda la gesta sanmartiniana. Fue de aquellos, y algunas poquitas, que se bajaron de las mulas tras pasar Los Andes y se subieron a los barcos para surcar el océano que llevaba al Perú.

Con el mismo coraje y convencimiento que empuñaba un arma le escribió a San Martín: "Señor: Josefa Tenorio, esclava de doña Gregoria Aguilar, ante Vuestra Soberanía con el más profundo respeto digo: que tengo prestados mis servicios personales a la madre Patria con el valor de que no todos los hombres son capaces, así es que apenas rugió el rumor de que el enemigo común volvía en septiembre del año pasado a querer esclavizar a los habitantes de esta capital de los libres, fue cuando me visto de hombre y corro presurosa a recibir órdenes, y tomar un fusil. En efecto, se me alista en Palacio, con sable y pistola para consultar el fuerte, patrulleo, ronda y no me excuso a la fatiga. Luego salgo a campaña en mi propio caballo y el señor General Jefe Gregorio Las Heras me confía una bandera para que la sostenga y defienda con honor, agregándome en el punto de Manzanilla al cuerpo militar que mandaba el Teniente General Don Toribio Dávalos, a las órdenes de ese acreditado jefe sufro el rigor de la campaña y concurro con acreditado desempeño al sitio de los Castillos del Callao y sus fuertes tiroteos, y a las acciones tan reñidas que dimos en San Borja, Chacra Alta, Copacabana y Puruchuca (Perú - 1820 /21). Mi sexo no ha sido impedimento para ser útil a la patria, y si en un varón es toda recomendación de valor, en una mujer es extraordinario tenerlo. Suplico a Vuestra Soberanía que examine lo que presento y juro. Y se sirva declarar mi libertad que es lo único que apetezco".
La respuesta de San Martín no se hizo esperar: "Téngase presente a la suplicante, en el primer sorteo que se haga por la libertad de los esclavos. Nadie se ocupó nunca de ella, quizás por el hecho de haber sido una mujer negra esclava. Pero su heroísmo, merece y obliga al rescate de su nombre y su hazaña, como también del humilde premio solicitando: su liberación como ser humano porque esto es parte de la historia".
La revolución de las madres
Otro buen ejemplo de la madre de ese tiempo y que seguirá reflejándose en las estoicas actitudes de millones de madres en nuestra contemporaneidad y seguramente en cada una de nuestras familias fue “Macacha” Güemes, María Magdalena Dámasa Güemes de Tejada, la hermana de Martín Miguel de Güemes, el heroico general que como toda su familia ostentaba una millonaria prosapia, pero murió desangrado, peleando en combate, tirado en un improvisado catre de campaña hecho de palos de algarrobo y tientos de buey, a la intemperie y con las estrellas como único techo de sus días finales entre los montes de la aislada Cañada de la Horqueta. A pesar de eso “Macacha” no aflojó. Le metió duro. Siguió ella al frente en la “guerra gaucha” y tomó las riendas del gobierno ante las aristocráticas familias salteñas que se oponían abiertamente al gobierno de Güemes. Y más aún, dónde se ha visto que una mujer, casada y con hijos haga “cosas de hombres”, pregonaban en los recalcitrantes círculos acomodados de la provincia. Para más, era reconocida como “la madre del pobrerío” lo que hacía la situación insostenible para la alta alcurnia salteña. Por ende, fue encarcelada junto a su madre doña María Goyenechea de 60 años. Una masiva revuelta popular generó un verdadero “salteñazo” criollo entre cuyos líderes estaba Martina Silva de Gurruchaga, “la capitana”, debiendo el gobernador que había usurpado el poder, José Antonio Fernández Cornejo, liberarlas ante la creciente protesta y renunciar inmediatamente. El hecho pasará a la historia como “la Revolución de las Mujeres” a cuya vanguardia iba el coraje de una madre. Ayer, hoy y siempre.


