Acompaña mujeres en situación de prostitución: "Es un milagro de amor"

Acompaña mujeres en situación de prostitución: "Es un milagro de amor"

Viviana hace cada martes una recorrida con la Olla de Caridad, donde comparte la vida con mujeres en situación de prostitución. Junto con María del Carmen, e impulsadas por el padre Mario Ghisaura, acompañan sus distintas realidades.

Giza Almirón

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Viviana Tallarico es misionera del movimiento Olla de Caridad, una iniciativa que consiste en evangelizar al recorrer "las periferias" y repartir viandas de comida a quienes lo necesiten. En su caso, salen al encuentro de personas en situación de calle o de bajos recursos y también mujeres en prostitución. Comenzó yendo porque una compañera de trabajo la invitó a una misión en Villa Tranquila, Avellaneda.

La iniciativa estuvo a cargo del padre Mario Ghisaura, que actualmente vive en la parroquia San Pedro Armengol (de la localidad bonaerense de Gerli), desde donde él continúa con la Olla de Caridad. En julio de 2016, comenzó un grupo de tres mujeres: “Empezamos a parar, a identificarnos, que éramos de la parroquia, que íbamos a conocerlas, acercarles un plato de comida y escucharlas. Con el tiempo se va afinando la mirada: una mujer en una esquina que a otros no les llama la atención…”, dice Viviana, la contadora de 61 años y madre de tres hijos ya grandes.

En la recorrida de cada martes

Lo más difícil fue que pudieran reconocer la intención honesta con la que el grupo iba: “No podían creer que nos acercáramos sin pedirles nada, sin pedirles plata, afiliaciones o usar sus nombres para acceder a algún beneficio económico”, cuenta Viviana acerca de la gratuidad con la que lo hacen. Con el tiempo y luego de la constancia semanal de acercarse ofreciéndoles un rosario, una bendición y la excusa de un plato de comida, el vínculo se empezó a dar. “En estos seis años conocimos a muchas mujeres, travestis, mujeres trans. Todas son hermosas personas”, dice la misionera.

Ese vínculo se puede ver en la recorrida que hacen Viviana y María del Carmen, que van parando en distintas esquinas de la zona de Lanús, donde hay grupitos ya esperándolas. Algunas con sus hijos e hijas, otras con algún familiar, algunas listas para comenzar su actividad nocturna, pero todas con la alegría del encuentro gratuito y sincero. Una de las actividades que instalaron fue festejar en cada julio un año más de haberse conocido. Ese día se juntan en la parroquia, celebran misa, comparten la vida.

Viviana y María del Carmen con una mamá de las familias de los encuentros semanales

“Hemos ido a sus casas y conocido a sus hijos, a sus familias. Hemos participado de sus luchas para mantener a sus familias”, dice Viviana, quien agrega que las han acompañado también al hospital para que se trataran. De esas muchas que conocieron, según cuenta esta mujer, “algunas murieron en el camino, algunas fueron maltratadas, lastimadas, cortadas, golpeadas” por “clientes” (a quienes Viviana no sabe de qué otra manera nombrar, ya que considera que no es un trabajo). Es el crudo relato de las cosas que viven muchas veces quienes se encuentran en situación de prostitución.

Pero también hay casos de varias que han podido dejar la calle. Es a eso a lo que las motivan desde la Olla de Caridad, a que “sepan que pueden pensarse en otra vida, fuera de la calle, con un trabajo que les permita verse diferentes”. Sin embargo, Viviana explica lo complejo de eso: “Uno de los problemas es que es muy difícil que consigan un trabajo. Son situaciones diferentes a las de las mujeres trans que vemos, por ejemplo, en la tele”.

El padre Mario bautizando a uno de los hijos de las mujeres a quienes visitan cada martes

Nosotras vamos, las abrazamos, las buscamos, las esperamos, siempre con algo para sus hijos o para ellas, si les conseguimos alguna ropa”, esta declaración de Viviana es tal vez una de las cosas que les da confianza. Cualquier persona que se sienta querida y valorada puede llegar a creer que la vida es posible para ella también. “Algunas pudieron pensar en un negocio en su propia casa: una hizo un quiosco, otra hizo una verdulería; otras pudieron retomar el vínculo familiar y las ayudaron a construirse una vivienda en el terreno del fondo de la casa de un hermano o un tío y pudieron salir de la calle”, cuenta la misionera. Pero agrega que otras deciden seguir: “Una mamá de tres nenas nos decía: ‘Nosotras nos encontramos en esta esquina a la noche y somos amigas, nos queremos, nos cuidamos. Tenemos esta actividad y la noche un poco nos atrapa, no estamos pudiendo salir de la noche’”.

Viviana consagró su vida a esta misión de tiempo completo, pues aunque la recorrida sea una vez a la semana, la relación con estas mujeres es diaria, a través de mensajes, de llamadas, de pedidos de ayuda para ellas, para alguna compañera o para alguna familia de los barrios en que viven. Esta consagrada se ocupa también de gestionar donaciones para la Olla en general, que martes y jueves recorre Lanús repartiendo viandas de comida a quienes lo necesiten. “Yo pasé por varias etapas –cuenta Viviana–. Hay una etapa de enojo, de ‘por qué no lo intentan’. Eso dura poco tiempo porque esta es nuestra misión: salimos al encuentro de ellas y somos misionadas también, por el cariño y los abrazos que nos damos”, dice esta consagrada.

Viviana y la hermana Lali con algunas mamás y sus hijos

Hubo oportunidades en que algunas han ido a cocinar con el grupo que prepara la comida para la Olla. “Nos vamos en el auto con el guiso en el baúl y bolsitas de mercadería. Ese día no necesitan quedarse porque ya tienen lo del día. Cuesta mucho que piensen en un futuro que no sea tan inmediato, que intenten verse dentro de poco tiempo en otra cosa, para cuidar también su salud”, dice Viviana. “Nos preocupamos, si alguna no está y sabemos que no está bien, la vamos a buscar a la casa. No tienen ya dudas ni sospechas. Entramos con la remera de la Olla y nos reciben en el barrio”, cuenta la mujer consagrada. Esto sucede también cuando hace mucho frío o llueve, por ejemplo, y entonces se acercan con el auto hasta donde viven algunas.

Son historias de personas heridas, de algunas que vienen de otras provincias, de otras que han sido maltratadas o marginadas por sus familias. “Pasa por el amor, no importa qué, cómo, dónde. Es el encuentro fraterno: ir con el auto buscándolas, vivir con alegría ese encuentro”, afirma Viviana. Rezan mutuamente unas por otras y también se cuidan entre ellas. Hay veces en que a las mujeres de la Olla les advierten que no vayan para determinada zona porque ese día “está feo”.

Es milagroso verlas en misa, llevarles la imagen de la Virgen, cómo se postran y le rezan ahí mismo, en la esquina donde están, mientras pasan los autos y les tocan bocina. Pusimos la imagen arriba del techo del auto mientras les estamos sirviendo”, cuenta Viviana. El milagro de que vayan a misa no pasa porque cumplan un mandamiento, sino porque pueden sentirse bienvenidas y amadas por Dios. Lo que viven estas Peregrinas del Señor (como se identifican Viviana y María del Carmen) es, sin duda, “un milagro de amor”, como dice la consagrada.

Si querés colaborar con la Olla de Caridad, podés contactarte con Viviana por WhatsApp, al 11 6095 0418. Y si conocés historias como esta, podés compartirlas a giza.almiron@gmail.com

El padre Mario en una recorrida con algunas de las mujeres en situación de prostitución

 

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