El desborde de Chano y la salud mental: ¿cómo abordar a un adicto?

El desborde de Chano y la salud mental: ¿cómo abordar a un adicto?

Una persona enferma, con un brote, cuchillo en mano, en lugar de contención recibe un disparo. ¿Cómo actuar en estos casos? ¿Cuál es el rol de la familia? Hablamos con el psicólogo Gustavo Bioriza, un reconocido especialista en el ámbito de las adicciones.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

La noticia ganó relevancia internacional: un músico famoso con serios problemas por sus conductas adictivas, recibió en un disparo policial, en medio de una crisis sanitaria. Chano, ex líder y cantante de Tan Biónica es una víctima, en primer término, de sí mismo, pero también de un sistema social que no sabe, a ciencia cierta, cómo contener a sus adictos (y no sólo a los adictos a las sustancias).

A fin de entender cómo se aborda debidamente una enfermedad que atraviesa todos los estratos sociales y que involucra al paciente, a sus familiares y allegados y al ámbito social en el que se desenvuelve, hablaremos con un experto en la materia.

El psicólogo Gustavo Bioriza tiene un currículum asombroso vinculado, especialmente, al ámbito de trabajo de las adicciones. Es, desde 1997, director de la Asociación Europea Americana de profesionales que abordan la problemática de las drogas, la salud y lo social (AEA), vinculada a distintas instituciones internacionales como la Organización de Estados Americanos, la Universidad Complutense de Madrid o la Unión Europea. Sin embargo, veremos el presente muestra que instituciones como AEA están al borde del colapso definitivo.

Bioriza, creador del Primer Plan de Prevención y Asistencia de Drogodependencias de Mendoza, sabe también de estos pesares institucionales, a la vez que es palabra de referencia a nivel internacional en el tema de las adicciones. Veamos sus pareceres, al respecto de la problemática que nos convoca. 

- ¿Cuándo una persona comienza a tener problemas por el consumo de drogas?

- “Objetivamente”, desde la lógica de un observador externo, cuando se evidencian costos significativos en la salud orgánica o en el funcionamiento familiar, de pareja, en lo laboral, lo escolar (formativo), también los conflictos sociales que genera, como accidentes o problemas legales. Desde el punto de vista de la vivencia subjetiva, es difícil de establecer, dado que una persona puede estar “mal o muy mal” y no percibirlo, negarlo y/o percibirlo y no querer o poder hacer algo con ello. Es como la postverdad: no es la “evidencia” lo que determina una creencia, sino aquello en lo que uno quiere o necesita creer.

- ¿Por qué algunas personas disfrutan de manera contenida de ciertos consumos y otras tienen más problemas, al punto de convertirse en enfermos?

- La divisoria de aguas entre el “consumo controlado” y placentero, y el consumo problemático, es difícil de establecer. Está vinculado a la propia autopercepción que cada cual pueda tener. La inmersión en el consumo problemático depende de cómo se conjuguen en una persona múltiples factores, es una especie de ecuación entre sus recursos (de orden emocional, racional, capacidad de límites, grado de autonomía, autoestima; lo socio económico, el acceso a lo educativo formativo, la red social; la calidad de relación xadres-hijes; la existencia o no de referentes claves en distintos momentos de la vida –hasta un deeler puede jugar un rol crucial-; lo que se arrastre de generaciones previas, el grado de sufrimiento social, el contexto histórico, la calidad de relación amorosa en una pareja, y hasta cómo intervenga la suerte), y lo que esa persona tenga por resolver. Se trata de un cóctel muy complejo, en el que también juega un rol crucial el propio mundo interno, por lo que en un tratamiento serio es indispensable avanzar hacia “lo más particular-nuclear” de ese sujeto ayudando a develar cuál es el último bastión, reducto o trinchera en el que se halla anudada una adicción. ¿Qué se repite cuando se repite una y otra vez ese consumo que va más allá del principio del placer? ¿A qué escena fundante en relación a qué otro significativo me dirige el consumo que me consume? ¿A qué lugar, psicológicamente hablando, me lleva el síntoma (más allá de qué síntoma sea)? Ese estado-lugar emocional tan conocido que me hace sentir que: “esto ya me pasó, ya lo viví, yo ya estuve acá y otra vez lo mismo”. 

Gustavo Bioriza, especialista en adicciones

- ¿Y cuál es el rol de la familia ante la enfermedad?

- Tiene varias aristas, entre otras, garantizar con continuidad  la concurrencia del paciente al tratamiento. Tener oficio para contener situaciones de riesgo, de crisis y/o de recaídas. Aportar límites, contención, firmeza y cariño. Trabajar con sus propias cosas no resueltas que están presentes en algunas formas de ser y funcionar del paciente y que tienen vinculación con la construcción y el sostenimiento del síntoma. A veces, a los padres hay que “hacerlos de nuevo” en cuanto a la eficacia para ejercer la función paterna. Todo este enorme proceso de trabajo que se debería realizar con el familiar, frecuentemente está ausente en los tratamientos especializados. Las instituciones tienen abordajes profundamente dispares.

- ¿A qué sectores sociales pertenecen los adictos?

- A todos los que incluyan a personas y a la condición humana. Un aspecto medular de las adicciones es independiente de la condición socioeconómica. Me refiero a las tramas vinculares que están en la base de toda adicción, como lo pueden ser: la sobreprotección, la falta de límites, el exceso de cariño (hay amores que matan), la dependencia psicoemocional que luego deviene en dependencia a sustancias, a actividades (incluso deportivas o laborales) y/o dependencia a vínculos (tóxicos). Distintos formatos adictivos que se conforman sobre patrones vinculares que también generan incapacidad de resolución de problemas, pobre autonomía personal y otros condimentos que están presenten en el suelo afectivo y que predisponen a este para que sea terreno fértil para anidar una adicción. Todas estas configuraciones emocionales que plantea no son privativas de ningún estrato social en particular.

- ¿Cómo se trata institucionalmente a una persona con esta clase de problemas?

- Dependerá del modelo de abordaje de cada institución en particular. Considero necesario que sea a través de un formato integral, que incluya al paciente y al familiar o los familiares; que tenga espacios terapéuticos para lo corporal, lo emocional y lo cognitivo; también para lo psicológico y lo médico; mixturando el trabajo individual con lo grupal. Con pautas especializadas tanto para familiares, como para pacientes, de modo que los mismos sepan qué hacer frente a situaciones concretas de la vida cotidiana, que generalmente suceden en la casa, en el barrio, en la escuela, o en el trabajo; y que ponen a prueba (cuando no en jaque) la estabilidad emocional y la abstinencia (cuando esta sea indispensable). Pautas concretas de qué hacer en cada momento, de la mano del autoconocimiento y la psicología profunda sobre uno mismo, sobre los propios dolores del alma y también sobre aquellas trampas que uno (consciente o inconscientemente) se jugará a sí mismo, con frecuencia. 

Las adicciones requieren resoluciones sociales. (Hipertextual)

- ¿Qué se hace institucionalmente con los más violentos?

- Las pautas para pacientes y para familiares en nuestra AEA, son universales: se comparten con todos por igual. No necesariamente están los más violentos y los que no lo son. Sino que los grados de violencia preocupantes se pueden dar o tener lugar en las personas que serían “los más violentos”, y en los que no lo son. No solo incurren en grados preocupantes de violencia “los más violentos”. La violencia puede irrumpir en distintos momentos que se van a atravesando a lo largo de un tratamiento. Quizá sea más representativo hablar de los momentos de violencia preocupantes que puedan tener diferentes personas, y no de los “más violentos” en sí, como una categoría. También es central tener en cuenta que la violencia de riesgo, -a veces la de mayor riesgo- puede ser la que se ejerce contra uno mismo. No solo hacia familiares convivientes o terceros (a veces desconocidos, en la vía pública). En el caso que fuera, hay pautas concretas en AEA, frente a la violencia contra uno mismo y/o contra los demás. Son un conjunto de pasos y herramientas que hemos diseñado a través de más de 30 años de experiencia, y en las que entrenamos tanto al paciente como al familiar. La socialización de esas herramientas con las personas que acompañamos, nos insumen compartirlas alrededor de 8 meses, no es algo que pueda comentar en unas pocas horas, mucho menos en unos minutos.

El entrenamiento y la aplicación de esas herramientas previenen y contienen los grados de violencia de mayor riesgo. Es más, la violencia de riesgo como lo habría sido en el caso Chano, acontecen más cuando no hay tratamiento, o cuando, habiéndolo, no es eficaz. Y no es tan frecuente cuando alguien está contenido en un tratamiento, con contención especializada.

Sin embargo, obviamente, hay instancias de violencia que exceden a lo que puede hacer el familiar. De hecho la recomendación, llegado ese punto, es salir de escena, retirarse de la casa y de la cercanía con el paciente, y solicitar la asistencia de la ambulancia domiciliaria. Frente a instancias de excitación psicomotriz, desborde emocional, agresión al mobiliario, agresión contra sí mismo, y ni que hablar de la violencia física, son momentos para la intervención de un tercero que no sea el familiar. Nadie puede tener el repertorio para resolver todos los desafíos a los que nos pueden enfrentar estas dolencias. Es ahí donde debe intervenir personal con entrenamiento psiquiátrico (por decirlo de alguna manera), del mismo modo que si se está frente a una intoxicación aguda, la intervención debe realizarla el médico especializado en un hospital polivalente, que tenga los recursos necesarios para la intervención médica de urgencia. Las urgencias se atienden en los dispositivos de urgencia, no en la casa, ni en las instituciones especializadas de tipo ambulatorio.

- ¿Está preparado el sistema de salud argentino para tratar a estos pacientes?

- Es una pregunta muy amplia. Incluye lo público -nación, provincias, municipios- y lo privado, también a las obras sociales y coberturas prepagas. Incluyamos el funcionamiento de los juzgados de familia (en el caso de los judicializados) y psicólogos, médicos y enfermeros especializados. También a los centros profesionalizados y a los que siguen trabajando con los recuperados. Es un planeta. Tomando una panorámica del conjunto, te diría que no: ni siquiera hay un discurso y tampoco prácticas consensuadas.

- ¿Las obras sociales contemplan integralmente esta clase de tratamientos?

- No solo las obras sociales, sino también otros tipos de coberturas médicas –como las prepagas- están obligadas por ley a “financiar” estos tratamientos. Eso fue un gran logro presente, desde mediados de los ’90,  aunque después, te encontrás con realidades muy diversas, no solo en el pago de los servicios, sino también en quién está cargo de la gestión en cada obra social, o prepaga. En general no encontrás gente especializada o que conozca de la problemática. Mayormente se trata de alguien que cumple funciones administrativas, cuando no un burócrata. A veces hay personas a cargo con mayor sensibilidad, pero sujetas a la política institucional, más precisamente a la falta de una política respecto de estas problemáticas. Y las instituciones especializadas en contener estas dolencias, subsisten como pueden, y a veces ni eso. 

Bioriza deja en claro que las adicciones están presentes en todos los niveles sociales

- ¿Cuál es la situación de AEA, luego de 24 años de trabajar desde Mendoza para el mundo?

- Muy crítica: evaluando si vamos a poder seguir. Nuestro sistema de contención aparte del trabajo cuerpo a cuerpo con el paciente y sus familiares, incluye una carga horaria extra, que no es abonada de forma directa por las Coberturas Médicas, pero sí forma parte de un valor agregado que brindamos. No obstante, lo más complicado es cuando alguna cobertura clave para el funcionamiento de la institución, te cambia las reglas del juego, y el equipo terapéutico pasa a recibir por prestaciones especializadas con pacientes de alto riesgo y dolencias complejas, un valor mucho menor que el que se reconoce por prestaciones de psicología estándar (no especializadas) en consultorio particular. Haciendo insostenible que profesionales cualificados, puedan permanecer en la Institución, y que ésta pueda sostenerse. Entonces, estamos complicados. El trabajo institucional especializado implica un importante tiempo extra, una formación específica, un nivel de riesgo y dedicación diferencial, porque se trata de dolencias límite.

- Es un panorama institucional oscuro el que estás planteando.

- Es que, en verdad, a veces hay decisores que perciben de otra manera la función social, de salud y seguridad que cumplen instituciones como AEA. Hablo de ongs, que nos hemos dedicado durante décadas a contener este tipo de sufrimiento individual, familiar y social. En el caso nuestro, igualmente confió en que habrá sensibilidad social para que este tipo de instituciones no desaparezcan. Nosotros enfrentamos casos como el de Chano cada día y, además, debemos preocuparnos por la supervivencia institucional.

- Para finalizar, ¿qué otra clase de adicciones hay, además de a las sustancias prohibidas?

- Las que se te ocurran, a mi entender se trata de un tipo de relación, de vinculo que se establece con un objeto, actividad, o una práctica. Puede establecerse con la pareja, con un hijo, con el trabajo, con una actividad deportiva, con internet, videojuegos, pornografía, o con el traga monedas. Las condiciones de “esclavitud” emocional son más propias del funcionamiento de las personas, que del objeto, la sustancia o actividad en sí misma. Por eso te hacía referencia a que una parte del tratamiento ineludible, tiene que ver con lo más propio. 

Ulises Naranjo

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