Elogio de la perplejidad
La perplejidad, en contra de lo que se cree, no es el estado primariamente opuesto a la certeza sino a la seguridad, más en concreto a la seguridad y a la alegría existenciales, al "joie de vivre" de los franceses, al "dolce far niente" de los italianos. No nos gusta habitar en la intemperie del mundo, con la cabeza (y el alma) descubiertas, desprotegidas, desnudas. En el fondo más íntimo de lo que somos, y de cuanto somos, ansiamos todos un saber sobre la vida que nos indique y de manera inequívoca cómo recorrerla, que nos precise los caminos ciertos en los que no caben ni la pérdida ni el extravío: de nuevo, la seguridad.
Sin embargo, vivimos en una época en la que se han visto liquidadas les certezas de antaño, se han evaporado en la nada, han desaparecido, y de manera más que especial con el covid-19, paradigma de la inseguridad y la incertidumbre, cuando no de la ansiedad, del miedo y de la tendencia a exorcizar a los demás. Ya lo había escrito Baudrillard proféticamente: hemos pasado del "hombre lobo para el hombre", el "homo homini lupus" de Hobbes y primero Plauto en su obra "Asinaria", al "homo homini virus": nos tememos, protegemos, escondemos, huimos, escapamos. Y no está mal que sea así ante un virus de cuya verdadera propagación no tenemos todas las certezas que quisiéramos: de nuevo, la seguridad.
Estados pertrechados en sí mismos y sus férreas fronteras, ciudades cerradas, barrios clausurados en otra de las antítesis de la perplejidad, la profilaxis, necesaria, sin duda, pues nos jugamos mucho más que la salud, directa y llanamente nos jugamos la vida, la nuestra -que no sería poco- sino también la de todos aquellos que pueden ser destinatarios de nuestro contagio tal vez mortal.
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Pero la perplejidad es otra cosa, muy otra cosa: es saber y aceptar de buen grado y con humildad que no podemos saberlo todo, ni controlarlo todo, ni asegurarlo todo, ni regularlo todo, ni manejarlo todo... y que en buena parte de eso consiste vivir, en estar abiertos al regalo, al misterio o al milagro. Y que la intemperie es muchas veces una tierra fértil de la que nace y brota un mundo más fecundo y prodigioso, aun en sus incertezas, aun en sus improbables probabilidades, también en sus inseguras seguridades. Y que vivir, como escribe el poeta español Pedro Salinas, vivir es un poco "saberse vivido" por quienes nos aman, nos cuidan y procuran desbrozarnos caminos que al fin nos orienten. Y confiar en ellos, aun perplejos.

