La tele en tiempos analógicos: una "caja" divertida y reuniones de mediatarde

La tele en tiempos analógicos: una "caja" divertida y reuniones de mediatarde

Un ritual de la tribu era reunirse alrededor de la televisión. Lejos de los tiempos con "oferta infinita", había programación acotada. Un repaso para disfrutar con una chocolatada y amigos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Si se trata de confesar un pasado vergonzoso debo admitir que con los primos de mi Tribu, y con varios de nuestros amigos e invitados, jugábamos a representar programas de televisión. La tele de las décadas de los setenta y ochenta nos proporcionó cientos, miles, de horas de juegos compartidos en los que nos transformábamos en esos personajes admirados.

Sentarse a ver televisión era una actividad que adorábamos, pero estaba fuertemente regulada por nuestras madres. Tenía un espacio prefijado y tiempos muy bien delimitados: sólo podíamos prender esa caja maravillosa cuando daban los programas autorizados, los infantiles -y muy de vez en cuando algún otro que debía ser analizado previamente-.

En Mendoza había dos canales de aire que comenzaban su programación cerca de las seis de la tarde; es decir, una vez que lográbamos atravesar la quietud de las siestas sin morir de aburrimiento. Entonces el comienzo de la transmisión televisiva en los veranos era un suceso que esperábamos con ansias; era el indicador de que habíamos vencido ese demonio que nos succionaba hasta el hastío, y ya en las casas se podía hacer ruido y prender la tele.

Unos minutos antes del horario indicado nos sentábamos con la piernas cruzadas en el piso, con una leche con chocolate y unos bizcochitos, a mirar las barras de la señal y esperar. Mientras, a intervalos regulares de aproximadamente 30 segundos, alguien se paraba y se acercaba al tele para cambiar de canal y espiar cuál empezaba primero; igual que para subir o bajar el volumen; porque, por supuesto, no existían los controles remotos.

Un clásico de la tele.

Los dibujitos eran, sin ninguna duda, el super hit. Cuando los daban eran como bucear buscando ostras y abrir una, y otra, y otra más, hasta que dábamos con esa perla de nácar brillante y perfecta. Tom y Jerry, cualquiera de los cortos con los personajes de Disney, la Pantera Rosa, eran el tesoro más buscado. Algunas de esas joyas justificaban horas de programas menos interesantes pero permitidos. Encabezaban la lista de prohibiciones las novelas; algo que verdaderamente no estaba entre nuestras preferencias, sin embargo, cuando nos daba el síndrome de abstinencia, nos las arreglábamos para verlas igual.

Tanto nos fascinaba la caja parlante que muchos de nuestros juegos en esa época consistían en recrear y protagonizar programas de televisión. Pasábamos más tiempo fantaseando con lo que queríamos ver -y que se demoraba en llegar o se dejaba de emitir-, que efectivamente viendo. Así, por ejemplo, jugábamos a ser cualquiera de los personajes de “Los Ángeles de Charlie”; o cualquiera de los integrantes de “El Super Agente 86”. Tampoco dejábamos afuera esos programas de la tarde que estaban principalmente orientados a las tareas hogareñas, como “Buenas Tardes Mucho Gusto”, que usábamos para ensayar recetas de cocina que terminaban en enchastres varios y productos comestibles de salubridad dudosa.

Casi tan entretenido como planear los casos que íbamos a resolver, quién hacía de bueno y quién de malo, o cómo nos disfrazaríamos de ese personaje, era imaginar e inventar intercomunicadores -walkie talkies- y armas; que construíamos con maderitas decoradas con fibras.

Entre nuestros juegos y entretenciones tampoco faltaban los -ya entonces- clásicos almuerzos de Mirtha Legrand. Jugábamos a conducir el programa con invitados e incluso hacíamos cortes comerciales y teníamos un repertorio de publicidades que inventábamos nosotros para que resultaran más divertidas que las de verdad -variábamos voces, hacíamos efectos de sonido y hasta poníamos música-.

En aquella época había cámaras que filmaban en super 8: nosotros no las teníamos, ni remotamente. Por esos años nuestra posesión tecnológica más preciada era un reproductor portátil de cassettes de audio que además grababa. Entonces guionábamos el programa completo en nuestra cabeza; es decir, dividíamos los personajes y acordábamos qué iba a decir cada uno y grabábamos en un cassette. A veces, cuando no teníamos ninguno virgen, borrábamos alguno de música de nuestros padres a escondidas -luego había que hacerlo desaparecer convenientemente, a riesgo de experimentar una muerte lenta y dolorosa-.

Dos marionetas con una personalidad particular: Carozo y Narizota.

Durante gran parte de nuestra infancia todos los programas televisivos que nos alucinaban se emitían y se veían en blanco y negro. Éramos especialistas en adivinar a qué color correspondería ese vestido de diversos tonos de grises de la Agente 99 en “El Superagente 86”. Morticia de “Los Locos Adams” tenía menos misterio ya que estaba bastante claro que, tanto su pelo como su túnica, eran como la noche más cerrada.

No fue hasta el primero de mayo de 1980 cuando se hizo la primera transmisión de televisión a color en la Argentina: ese día, en el primer segundo del Día Internacional de los Trabajadores, la periodista, locutora y conductora “Pinky” anunció el inicio de la era de colores, y mostró la bandera argentina con sus celestes y amarillo televisados por primera vez.

Parece que yo no estaba muy enterada de estos avances tecnológicos, y en mi casa el televisor siguió siendo el mismo por un largo tiempo más. Mi familia no disfrutó de esa maravilla de la electrónica hasta el invierno de 1982, en concordancia con el mundial de fútbol que se jugó en España. Tal vez haya sido por eso que la primera vez que vi en colores no me di cuenta: para empezar parece que muy despierta no era. Pero además, supongo que mis ojos, tan acostumbrados al blanco y negro, no notaron inmediatamente qué percibían.

Esa primera vez que descubrí que otro mundo era posible estaba yo en lo de unas amigas, que vivían a la vuelta de mi casa, y veíamos uno de nuestros programas favoritos protagonizado por dos ídolos adorados e indiscutidos de las tardes argentinas: “El show de Carozo y Narizota”. Eran dos títeres; un perro y un monstruo travieso que presentaban diferentes segmentos dentro de su programa y mantenían una voluminosa correspondencia con sus admiradores que les escribían para invitarlos a tomar la leche -lo increíble era que ellos recorrían diferentes casas encima de un móvil para cumplir ese sueño infantil-. De repente algo me llamó la atención en la pantalla. Las miré y dije: -¿vieron que parece que Narizota tuviese la nariz anaranjada? Las chicas, siempre simpáticas y cariñosas conmigo, se miraron y parpadearon dos veces antes de contestar: -Claro, su nariz es naranja y Carozo es celeste, ¿ves?, contestó la mayor. Recién ahí fui consciente de que eso que percibía eran colores. Sin embargo no eran los colores que estamos acostumbrados a ver ahora sino una pálida paleta de pasteles, que igualmente representaron una revolución; un antes y un después.

De aquellos programas de televisión que conocimos los que tenemos más de 40 años sólo queda un modelo obsoleto, casi extinto. Hay una gran distancia con los audiovisuales que hoy disfrutan los niños y jóvenes: desde la construcción de una temporalidad frenética y acotada, hasta los temas de interés, se percibe una brecha cada vez mayor. Por ejemplo el “unboxing” de cualquier objeto -se filma el despempaquetado minuciosamente- o los tutoriales para cualquier actividad cotidiana.

Existen una variedad en la oferta y una facilidad en el acceso a audiovisuales diversos en diferentes plataformas on line y redes sociales, que desborda nuestra capacidad de organizar y ver todo lo que nos gustaría. Estos cambios hicieron volar por los aires esos modos más lentos y demorosos de disfrutar, visionar y consumir series, películas o espectáculos.

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