Conexión vs encuentro ¿Cómo impacta la hiperconectividad en nuestros vínculos?

Conexión vs encuentro ¿Cómo impacta la hiperconectividad en nuestros vínculos?

Las pantallas conquistaron cada espacio de nuestra vida cotidiana. Prometen bienestar y apertura al mundo, pero pueden ser una amenaza para nuestros vínculos. Conexión vs encuentro es el dilema en la era de la hiperconectividad.

Lic Magdalena Clariá y Dra. Mercedes Gontán

Hace varios años ya que la revolución tecnológica atravesó hasta el rincón más remoto de nuestras vidas. Las pantallas y las redes se instalaron cómodamente en nuestras casas, muy dispuestas a quedarse. Es la era de la conexión.

Nos parece ciencia ficción recordar ciertos aspectos de nuestra vida cotidiana, sin los beneficios de contar con un dispositivo que nos haga la vida más fácil. ¿Cómo hacían sin celular? Nos dicen sorprendidos nuestros hijos… ¿Cómo hacíamos?, nos  preguntamos nosotros.

Lo cierto es que cuando pensábamos que lo habíamos visto todo, la pandemia llegó para sorprendernos, y la virtualidad pasó a ser la regla, dejando lo presencial para las excepciones. Quizás alguna vez habíamos asistido a un curso virtual, pero ahora vimos a nuestro alrededor que desde el chiquito de jardín de infantes hasta el universitario a punto de graduarse, necesitaron indefectiblemente un dispositivo que los conecte con sus maestros y profesores. Asimismo, con enojo y tristeza comprobamos que las poblaciones más vulnerables tenían cada día más dificultades para acceder a la educación, por no contar con las herramientas y recursos.

Las compras on line eran ya elegidas por algunos, pero con negocios cerrados, y miedo a salir, incluimos al carrito de compras los productos menos pensados. La híperconectividad se convirtió en moneda corriente. Nuestros amigos virtuales ya eran parte de nuestra vida, pero acontecimientos sociales importantísimos, así como salidas habituales, mutaron al formato virtual sin pedir permiso: casamientos, egresos, comuniones, after office, comidas con amigos, y hasta juegos de mesa. 

Se puede tener una relación sana con la tecnología en nuestro hogar.

Es cierto que en esta instancia de la pandemia, muchas de estas situaciones volvieron a su programación habitual, y con los cuidados y siguiendo los protocolos, vamos pudiendo volver a los encuentros “en vivo y en directo” que tanto disfrutamos.
Creemos fervientemente que no podemos dejar de reflexionar sobre lo vivido, pensando especialmente en nuestros vínculos, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, etc.

Ya sabíamos que el ser humano es un ser social, y lo importante que son las relaciones para su desarrollo. Sin embargo, el contexto que atravesamos nos permitió resignificar esta idea. Cuánto valoramos un abrazo, un café de media mañana con nuestro compañero de oficina, una buena charla entre amigos.

La tecnología es un excelente medio de comunicación, que nos permite conectarnos, pero no necesariamente nos ayuda a encontrarnos. En las familias que nos rodean, y en nuestras propias vivencias personales, podemos compartir infinidad de ocasiones en las que una excelente señal de internet no garantizó un verdadero encuentro. Y otras en las que ni el parlante o auricular más sofisticado, hizo que nos escuchemos los unos a los otros.

"Esta casa parece un call center", dice Ricardo. Las clases virtuales, trabajo remoto, mails, chats, películas, y juegos en línea 24 x 7, paradójicamente generan un profundo silencio a pesar del coro de voces o bullicio.

¿Cómo estoy yo? Si el primer paso es esta pregunta, luego podemos comenzar todos juntos a trabajar en torno a cómo estamos como familia.

"La sensación de “estar todo el día juntos”, no necesariamente vino acompañada de un verdadero compartir", comenta Josefina, mientras recibe un Whatsapp de su hija que está en el cuarto de al lado pidiéndole que baje la voz porque está en clase de matemáticas. "Nunca pasamos tantas horas todos juntos, y hace tiempo que no logramos una linda charla familiar como solíamos tener", nos sigue compartiendo.

En nuestra tarea de acompañar familias, nos suelen consultar preocupados, especialmente los adultos, porque advierten que la “inercia tecnológica” de alguna manera los pasa por arriba, y no son ellos quienes toman las decisiones, sino que los acontecimientos toman el control. “No podemos hacer nada”, “ya está”, “ahora las cosas son así”.

La invitación que les dejamos hoy es simple, y compleja a la vez. Les proponemos pararse a reflexionar, comenzando por uno mismo: ¿cómo estoy yo en mi relación con la tecnología? Siempre solemos poner la mirada en el afuera, en el otro:
los chicos todo el día pegados a los videítos”, “el celular de mi hija es una extensión de su brazo”, “mi marido no me presta atención cuando le hablo porque está todo el día mirando la pantalla de su celular” “mi jefe está todo el día conectado y me escribe pidiendo cosas a la madrugada”, “mis compañeros de trabajo no paran de mandar fotos y chistes al grupo de Whatsapp”, “¡Pusieron otra reunión más por zoom! “, “mi suegra manda cadenas todo el día y publica las fotos de mis hijos en las redes sociales”.

Probablemente con todas o algunas de estas frases nos sintamos identificados, posiblemente las personas que nos rodean tengan que tomar algunas decisiones en miras de una relación más sana con la tecnología. Pero, ¿Cómo estoy yo? Si el primer paso es esta pregunta, luego podemos comenzar todos juntos a trabajar en torno a cómo estamos como familia. Es posible volvernos una familia tecnológicamente responsable, pero de carne y hueso. Se puede tener una relación sana con la tecnología en nuestro hogar. Es algo que involucra a todos los miembros de todas las edades. Nosotras somos testigos privilegiados de ver este proceso, en cada familia que acompañamos en este camino.

En el camino hacia el ansiado bienestar digital no todo será perfecto, pero seguramente nuestros vínculos serán fortalecidos.

El primer paso es tener conciencia de cómo impacta en nuestros vínculos la tecnología y utilizarla como lo que verdaderamente es: una herramienta y una muy valiosa.

Animarnos a elaborar un plan estratégico familiar, que necesita tiempo, dedicación y mucho diálogo. Sacar los teléfonos de la mesa familiar en almuerzos y cenas (de paso también apagar la tv…). Hace poco vimos en un bar un gran pizarrón afuera que rezaba “aquí no hay wifi, hablen entre ustedes”, ¡Gran iniciativa! Volvamos a animarnos.

Dejemos el celular en el mueble de la entrada de nuestra casa, y lleguemos con la mirada al frente, dispuestos al encuentro, al saludo cara a cara, aunque no siempre implique más que eso. Ya es mucho. Probemos en modo avión por una hora...luego dos. No va a pasar nada.

Cuando nuestros hijos, nuestra pareja, quien comparta con nosotros el hogar nos hable, respondamos mirándolo a los ojos. Para que no te contesten como el hijo de un amigo que miraba la pantalla de su celular mientras el niño le contaba algo que había ocurrido en el colegio: "Papá...papá...¡escuchame!, pero ¡escuchame con los ojos!".

En el camino hacia el ansiado bienestar digital no todo será perfecto, pero seguramente nuestros vínculos serán fortalecidos y estaremos emocionalmente más conectados.

 

*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán Abogada, Mediadora y Orientadora Familiar.

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