Rolando López, el cronista que yo admiraba
Pegó tan duro la muerte de Roly López que durante horas se borró de mi mente la palabra que mejor expresaba lo que sentía por él. Lo quería, claro; lo valoraba, por supuesto. Pero había mas: yo lo admiraba. Y lo que más admiraba de él era cómo forjó un camino trascendente en la escritura desde un origen similar al mío: el del simple cronista periodístico. Esa posición tan legítima para contar historias me daba, y me da, esperanzas en este oficio y las cimas que permite alcanzar. Fui un testigo privilegiado de sus esfuerzos para mixturar periodismo y literatura, o para escribir libros desde el periodismo, y conocí la fe que tenía en los personales caminos que elegía transitar.
Aunque no era demasiado amigo de esas costumbres, en una época, también se sumaba a las mesas de café que compartíamos con otros periodistas. Nos contaba allí de sus proyectos más serios, de sus curros, de la gran "robando" del próximo domingo en Los Andes. Pero hablábamos de todo. Roly era un crítico ácido de algunos modos de hacer periodismo, como la consulta exclusiva de "fuentes oficiales" para escribir notas políticas. Claro, él recorría otro camino, el de las historias personales, humanas, en muchos casos únicas. El de las crónicas alejadas de las intrigas del poder.
Pero éramos jóvenes y nos nutríamos de los otros, aunque fuéramos un poco distintos. Por supuesto, también compartíamos anécdotas que nada tenían que ver con el periodismo. Siempre nos reíamos en aquellas reuniones choreadas al horario de trabajo en algún diario de las citas frustradas por torpezas imperdonables, por ejemplo. Una en particular: la vez que en un encuentro en un restorán, Roly se levantó para ir al baño y arrastró el mantel de la mesa. Carcajadas y fin.
Hablábamos de fútbol también y un día incluso lo encontré con uno de sus hermanos en la cancha de San Martín, gesto que nunca pude retribuir con su amado Godoy Cruz.
Yo lo admiraba al Roly, pero él no era como otros ídolos intocables míos. Él era, como yo, básicamente un cronista. Lo tuve al lado mío mucho tiempo y (qué lujo) hasta lo hice tocar la batería cuando había abandonado su faceta musical. No era de aconsejar, pero me sopló unas cuantas cosas valiosas que hoy resuenan en mi cabeza como murmullos lejanos.
Las tapa el dolor, pero estoy seguro de que las recuperaré.

