Sin palabras

Sin palabras

No se trata de hablar por hablar, pero el lenguaje es imprescindible para darle un sentido, una forma y un relato a aquello que nos deja mudos o que no nos atrevemos a decir.

Diana Chiani

Diana Chiani

IG @milyunrelatos. Correo: escribime@milyunrelatos.com

Nunca he sido buena para las onomatopeyas porque –sin el contexto de las historietas- creo que en general no hacen justicia o se quedan cortas. Sin embargo, el otro día me divertía con un humorista que en sus videos las usaba para contar el ruido raro que hacía el auto frenado (tipo chancho) o una llave gastada.

Y eso me hizo pensar en la cantidad de veces en que nos quedamos, literalmente, mudos y en cuando nuestras emociones o sentimientos se expresan de forma más adecuada a través de un grito de alegría, un llanto desconsolado, una suerte de falta de aliento por la sorpresa o la necesidad de ahogar un pensamiento, un revoleo de ojos y un bajo pero intenso refunfuño; por mencionar solo algunas de las formas en que decimos sin decir.

“Ne”, señalaba mi hija cuando comenzaba a incursionar en el “lenguaje hablado”. En realidad éramos nosotros los que poníamos las palabras y a veces acertábamos con algún juguete o comida mientras que, en otras, no había caso hasta que alguna de las partes se daba por vencida.

Diferencias aparte y con la conciencia de que a esa edad somos los adultos los que ponemos las palabras en la boca y el pensamiento de los niños (con el consiguiente llamado a la responsabilidad a padres y madres), me preguntaba cuántas veces nos quedamos callados ya no específicamente por no haber aprendido a hablar sino porque tememos cómo nuestro decir puede impactar en quienes amamos o debido a que no encontramos  las palabras para empezar a darle forma a lo que nos pasa y, a veces, nos desborda.

"Decir", "nombrar" es fundamental para convivir y mejorar. 

En ambos casos, la salida –y no digo que sea sencilla- viene de la mano del nombrar. En relación al primero, se trata de subir la voz a la conversación que ya sucede en nuestro interior y que –aunque así lo creamos- no se irá hasta que no podamos expresarla a quien corresponda.

Lo que no significa, bajo ningún aspecto, “escupir” eso que nos pasa, acusar o vestirnos de sinceridad para lastimar al alguien (cosas que a veces pasan cuando aguantamos hasta explotar).  Sí, podemos buscar un lugar tranquilo, elegir las palabras y hacernos cargo de nuestras emociones para poder conversar y así dar el primer paso para resolver o, simplemente, para sentirnos mejor porque sacamos ese rumiar mental.

En el segundo caso, cuando ni siquiera sabemos qué sentir o cómo nombrar algo que pasó o que nos afectó –en general son cosas difíciles, pero también las hay buenas- es importante poder empezar a encontrar las palabras para darle cause a esa emoción y todo lo que ello implica.

“Solo podemos intervenir en aquello de lo que podemos hablar”, es una de las premisas del coaching ontológico. Y hasta no saber si, por ejemplo, sentimos enojo o resentimiento, tristeza o frustración, amor o paz; no podremos accionar de manera adecuada para gestionar.

Podemos ir al psicólogo, hablar con alguien que nos quiere o –uno de mis preferidos- sentarnos a escribir lo indecible porque, sin nadie que lea ni juzgue, es una manera de empezar a darnos forma, nombres y desahogos. La elección dependerá de la persona y de las necesidades del momento. Sin embargo y aunque suene a certeza, no hay salida posible sin palabras, sin darnos un relato y un sentido a los sentimientos que muchas veces nos inundan.

No solo se trata de sacar, escribir y decir las letras que se nos agolpan como un primer paso sino, como un segundo (que puede llevar bastante tiempo), saber que después siempre podemos cambiar lo que nos contamos, mirarlo diferente y arroparnos con palabras teñidas de ternura, paciencia, aprendizaje o lo que sea que precisemos.

*La autora es comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional  

 

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