La sobrecarga de frases optimistas y sus efectos negativos
Difícil que alguien pueda negar que actualmente las frases optimistas están en todas partes: publicaciones de estados en redes sociales, cadenas de mensajes a modo de estampitas con frases alentadoras y optimistas, e incluso entremezcladas en conversaciones de todo tipo: trabajo, futuro, salud, etc. Puede notarse, sin hacerse mucho esfuerzo, que el discurso optimista está muy presente en la vida social (ya sea mediante redes o en conversaciones). Ello conforma casi un fenómeno, una práctica social que alcanza hasta componentes morales: "hay que estar bien y emitir y alimentarse de buena onda para que todo vaya bien y logremos nuestros objetivos".
Te puede interesar
El lado B de la Vendimia: caos, carpas y hacinamiento en los camarines
El extremo energúmeno de calificar esa práctica como algo nocivo cae en la sencillez, dado que la psicología (e incluso la filosofía) entiende desde hace años que las perspectivas optimistas (pero también mesuradas) que aplicamos a las cosas y a las experiencias vitales generan en gran medida los estados de bienestar o malestar que podamos sentir en nuestras vidas. Por eso, no puede negarse que las frases optimistas o los mensajes alentadores son una buena herramienta psíquica (o incluso energética, para los más místicos), pero varias opiniones de especialistas e incluso estudios vienen sosteniendo que la excesiva recepción o exposición a estas frases genera un efecto contrario en las personas, que comienzan a sentirse doblemente auto-demandadas, exigidas ahora por un deber estar bien y con optimismo.
El campo de estudio de la psicología viene preocupándose por este comportamiento social y advierte que el exceso de estas frases genera un efecto contrario: agobio, disconformidad. En este sentido, Mamen Bueno, psicóloga y autora del artículo "La dictadura de Mr Wonderful y sus 6 efectos psicológicos", señala que parte de los efectos negativos puede ser el de "inhibir la expresión de algunas emociones". Al respecto, explica que "las emociones no se pueden evitar, son reacciones ante las situaciones vividas" y que no es correcto distinguir entre emociones "positivas o negativas", ya que "todas las emociones son positivas en la medida en que nos proporcionan una información valiosísima". Para ir un poco más allá, agrega que induce al hedonismo y a la egolatría porque "asocia desarrollo personal a mero disfrute, a la satisfacción y al perpetuo regocijo".
Por otra parte, “"vivimos una auténtica sobredosis de positividad mal entendida, fruto del actual imperante y dictatorial merchandising de la felicidad. Este tipo de mensajes no son del todo ciertos; más bien nos llevan a una actitud pasiva y expectante de bienestar”, sostiene la psicóloga Sonia Cervantes. De modo que el aspecto "excesivo" que ha adquirido el fenómeno de propagación de frases optimistas y alentadoras del tipo "tu puedes con todo", u "hoy lograré todo lo que me proponga" deviene en "un exceso de recomendaciones que buscan una felicidad forzada que puede ser incluso contraproducente, advierte Lecina Fernández, psicóloga clínica y directora de Lab.Ilusión.
La paz y el optimismo también llegan de la mesura
La psicología no es la única que se ha ocupado de la salud mental, quizás lo ha hecho de modo exclusivo en algunas de sus disciplinas, pero también la filosofía de distintas regiones se ha ocupado de encontrar los equilibrios y buen convivir entre "el deseo" de cosas o de estados y de "la realidad" o condiciones para que suceda su logro. Séneca, paladín de la filosofía estoica, promulgaba la "mesura" ante todo, incluso en la felicidad. Este filósofo entendía que los excesos provocan, precisamente, la desgracia.
En el caso de frases alentadoras y optimistas, entonces, es mejor tomarlas con la distancia y "mesura" necesaria. “La felicidad plena no existe. Solo con la actitud no vas a conseguir lo que te propongas y hay problemas que de oportunidad no tienen nada, son un verdadero quebradero de cabeza cuya solución no está siempre en nuestras manos”, enfatiza Cervantes.
En resumen, no está mal ni es perjudicial practicar el optimismo, pero hay que practicarlo tanto como la mesura y la creación de dimensiones de las tragedias y dificultades que se nos presentan. “Las cosas buenas que pertenecen a la prosperidad deben desearse”, dijo Séneca, “pero las cosas buenas que pertenecen a la adversidad deben admirarse”, porque dependen de nosotros.

