El año en que las clases se acabaron antes

El año en que las clases se acabaron antes

Esa historia entrelazada en fines de semana compartidos, vacaciones en el mismo lugar, ir juntas a inglés, a danza clásica, siempre a la misma escuela -primaria y secundaria-, y a diferentes actividades extracurriculares a las que nuestras madres nos mandaron desde que nacimos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Entre los integrantes de mi Tribu hay dos de mis primas que son mucho más que las hijas de mis tíos. Son las más primas de entre todas las que tengo, en parte porque nuestras madres son hermanas y nuestros padres son primos, pero para ser más precisa: son mis hermanas, mis amigas, mis compinches, casi una prolongación de mí misma.

Crecimos juntas y hemos vivido tantas cosas a la par que es innecesario explicarnos lo que sentimos cuando nos pasa algo. Nos une un vínculo indestructible, a prueba de decepciones, que es eterno. Está sostenido por una inmensa complicidad que se construyó con horas, días, meses y años de hacer millones de actividades divertidas y muchísimas aburridas. Se basa, además, en lo mucho que nos reímos de cosas que para el resto de la humanidad no son nada graciosas; en la manera parecida en la que evaluamos actitudes de las personas; o la forma en la que entendemos el mundo. Y, sobre todo, en lo que nos queremos y nos cuidamos: infinitamente.

Esa historia entrelazada en fines de semana compartidos, vacaciones en el mismo lugar, ir juntas a inglés, a danza clásica, siempre a la misma escuela -primaria y secundaria-, y a diferentes actividades extracurriculares a las que nuestras madres nos mandaron desde que nacimos, nos hizo compartir infinidad de aventuras: como esa de la vez que las clases se terminaron antes de la fecha establecida.

Fue en un año duro, como esos a los que nos tiene acostumbrados la idiosincrasia Argentina, donde a fuerza de desentendimientos entre las partes que deberían dialogar y procurar encuentros, el ciclo lectivo concluyó abruptamente en el mes de octubre. Fue un año en el que Soda Stereo inundó las FM: “No seas taaaan cruel. No busques más pre-tex-tos. No seas taaan cruel. Siempre seremos pró-fu-gooooos los dooooos”; justo a la vez que Madonna se rebelaba contra su padre y se iba a La Isla Bonita. En el invierno de ese año pudimos ver en el cine a un casi desconocido Tom Cruise pilotear un avión de guerra y perder a su mejor amigo Goose, en Top Gun.

Niñas desocupadas y una extraña actividad

Con el panorama aterrador de tres niñas desocupadas hasta marzo del año siguiente nuestras madres se desesperaron por encontrar una ocupación que nos ordenara un poco, que estableciera una rutina, que fuese útil para algo y, especialmente, que nos alejara un rato de la casa. Así fue que se les ocurrió mandarnos a aprender dactilografía. Las dos mayores estábamos en los primeros años del Colegio Secundario y la más chica todavía estaba en la Primaria.

De entrada nos resistimos y refunfuñábamos; íbamos obligadas porque la considerábamos una actividad aburrida e innecesaria. Y ensayábamos pequeños actos de rebeldía de los que nadie se enteraba. Yo, por ejemplo, me proponía firmemente no aprender nada. Pensaba: -Ya verá mi mamá la lección que le voy a dar. Justo el año en que teníamos la suerte, la bendición de salvarnos de las clases, de poder empezar las vacaciones como un mes y medio antes.

El lugar al que asistíamos tenía dos posibles sedes algo sombrías, en pleno microcentro de la Ciudad de Mendoza, a metros de lo que pocos años después se convertiría en la Peatonal Sarmiento. Lo primero que impresionaba de esos lugares era una iluminación escasa y cierto olor a humedad y a papel que se apilaba en un escritorio ubicado adelante de todo. Pero lo que sin dudas no pasaba inadvertido, incluso para quienes circulaban por la vereda, era ese sonido característico de las Olivetti en las que martillábamos las teclas con entusiasmo. Ese tac, tac, tac, tac, tac, seco y fuerte que era permanente. Sonaba sin pausas durante todo el período en el que practicábamos la posición de los dedos y el orden del teclado, y se transformaba en esos sonidos tan presentes que lo ocupan todo, esos ruidos a los que se les deja de prestar atención hasta que parecen desaparecer y que casi dejan de escucharse cuando el oído se acostumbra a ese juego entre figura y fondo.

Eran tiempos en los que no existía la preocupación concreta y urgente por el medioambiente y sacábamos, con absoluto desenfado, una hoja de papel blanco tras otra para practicar, una vez, otra vez y otra más, la lección diaria. Una lección que se aprendía sólo a fuerza de repetir y repetir, mecánicamente, la posición de cada una de las letras: asdfg espacio ñlkjh, y asdfg espacio ñlkjh y, de nuevo asdfg espacio ñlkjh y, asdfg espacio ñlkjh, otra vez.

Las primas nos sentábamos juntas en unas mesas largas donde las máquinas de escribir estaban dispuestas una al lado de otra. Cada día recibíamos una nueva asignación, un cartoncito plastificado donde estaban dibujadas las teclas que debíamos fijar en nuestra memoria, renglón tras renglón. Las dos más grandes, una vez que nos resignamos y dejamos de protestar, nos propusimos aprender y, con concentración de ajedrecistas, sólo levantábamos los dedos del teclado y los ojos del cartoncito cuando había que cambiar la página. La pequeñita, en cambio, perseguía con su mirada a cuanta mosca se cruzaba por delante, espiaba por el costado lo que hacían los demás, observaba la lámpara con incansable atención y cada dos o tres minutos hacía una pausa de lo que verdaderamente le interesaba para presionar una letra.

Nos enseñaron a mecanografiar con los diez dedos perfectamente ubicados sin necesidad de mirar el teclado. Nuestra atención debía fijarse en lo que teníamos que tipear y en el baile de los dedos que subían y bajaban de línea y se turnaban con la barra espaciadora para formar sílabas, palabras y oraciones. También aprendimos algunos conocimientos ya completamente obsoletos como la manera de desenredar la cita entintada que se salía y se enrulaba en esas Olivetti.

Lo cierto es que fueron muy sabias nuestras madres. En esos pocos meses memorizamos mecánicamente conocimientos que terminaron siendo de gran utilidad. Saberes que resultan indispensables para el trabajo en el que transcurren mis días. Hoy mis dedos recorren el teclado como se recorre un cuerpo muchas veces acariciado. Experimento casi una fusión de las teclas con mis yemas, tanto, que ya prácticamente no puedo escribir a mano.

La estrella de mi escritorio por estos días es una computadora compacta y portátil que resiste estoicamente mis continuas exigencias y la ansiedad, velocidad y presión de mis dedos. Pero me acompaña en un rincón, desde su mesita con altura regulable, la Olivetti Lexicon 80 que era de mi abuelo: un abogado que pagó sus estudios de Derecho en Buenos Aires trabajando como cronista universitario en La Prensa y que, una vez recibido, combinaba sus días entre el ejercicio profesional con las leyes y la corresponsalía de ese Diario en Mendoza.

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