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Fiestas: brindis, encuentros, desencuentros y una luz de esperanza

No hace falta escribir una vez más que el mundo cambió. El covid redefinió la humanidad toda. Pero hay muchas cosas que no cambian. No hay pandemia en el mundo que puedan contra las cenas de Nochebuena, Navidad y fin de año.

Con el virus a pleno, el año pasado no podían ni chocarse las copas para hacer un brindis. Hoy, con el 68% de la población vacunada, parece que sí... Aunque siempre será conveniente mantener un semblante de prudencia, sobre todo con la nueva variante ómicron.

El célebre interrogante de cómo y con quién pasar estas noches mueve pensamientos encontrados. Hay quienes se sienten embargados en una especie de ataque de pánico porque sienten la obligación de pasar las fiestas en familia y es cuando los peores fantasmas se avecinan. Para otros, en cambio, no hay lugar en la mesa porque se invita a un “batallón”. Se verifica que el ser humano transita permanentemente por claroscuros.

El sentido de estas fiestas es una reunión familiar o de amigos donde nadie debe sentirse obligado a asistir. Muchos artículos brindan consejos tales como no hablar de política, de religión, de economía o de fútbol, incluso dan tips para “no morir en el intento” parafraseando títulos de libros o de películas. 

Es que estos temas sensibles, por llamarlos de algún modo, permiten que el enojo avance hasta intensos grados de peleas y eso derive en actitudes como irse de modo intempestivo de la reunión y así amargar a todo el mundo o, lo que sería peor, que a nadie moleste esa ausencia luego de semejante alboroto.

Debemos tener claro un hecho imprescindible: nada se va a resolver en estas noche; nada va a cambiar; nada hay que esperar, porque de lo contrario aseguramos la frustración de ese encuentro.

¿Cuál sería la actitud esperada? La amabilidad siempre viene bien y el humor puede salvar los escenarios más pésimos. Por supuesto que a veces no se puede ser Buda todo el tiempo, pero intentar resolver nuestras diferencias con el resto no resulta propicio en semejantes situaciones. Este argumento que podría resonar al I-Ching sin embargo propone una cuestión, priorizarse y proponerse pasarla bien aún a costa del resto (si el resto asiste con otras intenciones).

Si notamos que en estos días estamos muy exigentes con los demás, sobre todo con algunos o todos los miembros de la familia, sugiero revisar nuestros propios ideales: lo que nosotros queremos del otro podría no suceder.

Las reuniones familiares o con amigos siempre traen algún tipo de inconveniente porque si bien “lo importante es la familia”, en la familia deberíamos aprender de entrada que lo diferente, lo que cada uno muestra y quizás no nos gusta particularmente, con eso, deberíamos hacer algo y no precisamente enojarnos. Si bien el enojo aleja, también puede acercar aquello que deseamos mantener forzosamente a distancia.

Por eso, no nos enojemos sino utilicemos este sentimiento para conocernos porque siempre es más fácil rectificar lo propio que rectificar lo que es externo aun cuando creamos que nos pertenece. Es decir, somos parte sin lugar a dudas, pero no se puede torcer el tronco de un árbol cuando ya creció. El exterior y nuestro interior se encuentran relacionados: no podemos mantener el equilibrio corporal sobre una pierna con los ojos cerrados. Si hay solución, no hay problema y si hay problema, eso mismo conduce al equilibrio que uno necesita.

Cuando todo se encuentre en orden, nuestra propia satisfacción por lo logrado, volverá a orientar la atención al espacio que hemos cuestionado y lo transitaremos de otro modo. Lo que puede aliviar la inquietud o la ansiedad por atravesar estos escenarios familiares, conocidos por nosotros, es la atención simultánea que no debe centrarse sólo en pequeñas cuestiones sino que aspira a intuir la totalidad del mundo y que nos será útil intentar aplicarlo.

Nadie con lazos familiares puede sentirse mal. Recordamos el film de Frank Capra Wonderful life! una película clásica (1946) traducida por “¡Qué bello es vivir!” y considerada entre las 100 mejores películas. Magistral cuento de Navidad que recoge la herencia del clásico de Dickens y que ofrece una estupenda metáfora sobre el poder del amor y la solidaridad por encima del poder económico y las ambiciones personales con un esperanzador mensaje alimentado con el interrogante “qué pasaría si…”. Absolutamente recomendable.

Capítulo aparte es aquellas personas que por cualquier motivo tienen a sus familiares ausentes. A ellos les digo que mientras que se mantengan en sus memorias o en sus recuerdos, van a estar siempre con ustedes. 

Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.