¿Amor o sometimiento? Qué pasa cuando un amigo se casa y desaparece

¿Amor o sometimiento? Qué pasa cuando un amigo se casa y desaparece

Las relaciones pueden verse exitosas pero esconder otras realidades a las que debés estar atento.

MDZ Sociedad

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Por Viviana Muñoz

Se casaron en una de las noches más lindas de Septiembre. Ella parecía un ángel cuando la vimos entrar con ese vestido romántico que caía sobre el jardín. Nos sorprendió a todos con su look que no parecía improvisado como nos había jurado días atrás, pero su peinado,  definitivamente, había llevado horas. Estaba distinta, como empoderada y parecía más concentrada en dirigir al fotógrafo que en saludarnos a los invitados. Se movía por la fiesta, como si fuera sólo suya, siguiendo un guión de sonrisas y retocando su maquillaje cada 20 minutos.

Los invitados de Manuel festejábamos el acontecimiento. Todos estábamos de acuerdo con que Agustina era la chica perfecta para él: despojada, afectuosa y con la personalidad perfecta para tomar decisiones. Desde que la conoció, Manu se ordenó: había dejado el cigarrillo y los hábitos que lo tenían siempre atrapado en la noche. Hasta yoga empezó. Y bajó tanto de peso dejando por su consejo las harinas, que era otro. 

Ella nos tenía hechizados a todos también, incluso a su familia con ese don para adaptarse a sus formas, con esa mano para los niños y ese registro del postre favorito de cada uno. Infaltable en cada domingo familiar, ya era tan parte de todo como si portara la misma sangre. Entre las mujeres era una más, y con su futura suegra tenía una relación de compinches que rompía con todos los clichés. (Claro, es que Manu con ella... andaba derechito).

Era cierto, se habían vuelto inseparables, amigos. Ella se invitaba a las noches de fútbol con los chicos y él se pasaba tardes enteras con ella y sus amigas de la Facu. Y eso lo llevó a encarar mejor la carrera agradeciendo que ella le organizara los horarios y le acomodara un espacio en su casa.

Diseñaban juntos su contrato de pareja y si bien sabíamos que era ella quien lo redactaba, todos estábamos dispuestos a suscribir. Y así lo hicimos, hasta aquella noche en la que como un trailer de lo que vendría, la fiesta nos fue mostrando en cada cláusula detalles y señales que sólo entenderíamos más adelante como un compilado de cabos atados.

La fiesta avanzaba augurando ese porvenir dichoso que sobrevuela en las bodas, pero cuando se largó el baile se nos fue dictando el estatuto, mostrándonos a cada paso que nosotros no estábamos incluidos. Como si ella empezara a diseñar su proyecto fuimos perdiendo a Manu en una sucesión de tropiezos que se interponían entre él y nosotros. Si le hacíamos una ronda, ella irrumpía abrazándolo y diciéndole cosas al oído, desarmando en segundos nuestro impulso. Si sonaba esa canción que nos traía recuerdos y corríamos hacia Manuel para la coreo, él se la dedicaba a ella, que fingiendo una euforia cómplice vigilaba cada movimiento. Se armó trencito, obvio, aunque ella fue ordenándonos , uno a uno, ubicando quién ocuparía cada vagón. Y en la selfie de amigos, ya encimados, sonrientes, listos, ella apareció de la nada y se lanzó al medio inmortalizando lo que iba a ser la grieta entre el pasado y el futuro.

Los meses pasaron y sí, todos esperábamos conocer el departamento, saber si había encajado aquel mueble que les regalamos, ver de cerca su felicidad. Pero por sus excusas intuimos que a Manuel le habían puesto ciertos requisitos para las visitas. Imposible en días de semana, restringida la cantidad de personas y por supuesto el “sin aviso” no era una posibilidad.

A pesar de todo, seguimos justificándolo durante bastante tiempo. ¿Al fin y al cabo quién se atreve a cuestionar un amor así? ¿Y quién no lo querría?  El uno para el otro. Los dos para todo. Un mismo ser en dos personas.
Fueron años de debate. ¿Era amor o sometimiento? ¿Hay siempre uno que cede más? ¿Estamos obligados a moldearnos al otro? ¿Por qué no son compatibles el amor y la libertad?

La verdad nosotros también nos fuimos alejando, desencantados de su idea de incorporarla a ella a todo y de que aceptara con naturalidad que un matrimonio feliz no incluye redes sociales y comparte la clave del teléfono. 

Se mudó a una zona impensada y bautizó a su hijo con un nombre que definitivamente él no eligió. Nos enterábamos de las novedades por su madre quien sospechamos participaba de su vida bajo estrictos términos y condiciones

Supimos también que no se lo volvió a ver sin su marca personal, sin esa apropiadora, ahora con aval legal, ésa que sonrío tanto aquella noche en la que nos vimos todos por última vez. 

Manuel, nuestro amigo, el armador de todo, el conciliador de siempre para mantenernos unidos se había ido muy lejos de nuestras vidas, mudando su existencia, sus ideas y hasta su personalidad. 

Lo vi ese día, mirando una vidriera de mujer. ¿Era él? Mágicamente estaba solo, pero me costó reconocerlo por esa vestimenta tan formal que siempre odió.  Mi corazón se aceleró por la emoción y, a la vez, por el reclamo pendiente de tanto tiempo sin necesitarme. Me acerqué decidida a no pedirle explicaciones, pero sí a abrazarlo, a saber de su vida y a aprovechar para que tomáramos un café como era nuestra costumbre. Me vio avanzando hacia él entre la gente, sus ojos combinaban emoción y algo más que no pude descifrar. Sin dejar de mirarnos yo seguí abriéndome paso, queriendo llegar a él que siguió inmóvil viéndome como una aparición inoportuna. Faltaban sólo un par de metros para volvernos a abrazar, para entender la distancia, para activar ese botón de reset que tiene siempre la amistad, pero fue en ese instante que de la tienda salió ella, tan cambiada como él, sin ningún rastro de aquella angelical. Le habló en tono fuerte, quejándose por algo. Manuel la escuchó sin dejar de mirarme. Yo seguí avanzando, mirándolo fijamente, excluyéndola, demandándole a él, aunque fuera, un abrazo de cortesía. Pero cuando nos cruzamos recibí su ruego de perdón en esa mirada que no voy a olvidar. No me detuve y él volvió hacia ella que lo acusaba de haberla dejado sola en el probador. La vi darse vuelta y reconocerme, dedicándome una sonrisa triunfal, una de las tantas que mostró aquella noche, en esa boda. La misma en la que Manuel firmó la concesión de su propia identidad.

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