Una labor solidaria que redobla la apuesta en plena pandemia

Una labor solidaria que redobla la apuesta en plena pandemia

Si los niños son los principales afectados por la pobreza, mucho más aún lo sucede ahora, con el impacto económico y emocional que genera la pandemia. Un grupo de docentes del Bajo Luján se reinventó y desarrolla una labor incansable.

Cecilia Corradetti para MDZ

Mientras el mundo está unido en una batalla común contra un enemigo invisible, los niños siguen representando una de las franjas más vulnerables y a quienes más afectará el covid-19, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El Centro de Actividades Educativas “Rinconcito de Luz”, dependiente de la dirección de Servicios Educativos de Origen Social (DGE) y que funciona en el Bajo Luján, entendió que el brote se está llevando la vida y el sustento de muchas personas a medida que se sobrecargan los sistemas de salud, se cierran las escuelas y las familias luchan por mantenerse a flote.

La institución, dirigida por Susana Velázquez, había inaugurado el ciclo lectivo con todo el ímpetu el pasado 3 de febrero en su comedor para 150 niños, con clases de apoyo para quienes debían recuperar materias y talleres de arte y gimnasia.

Nada hacía suponer, entonces, el drama en el que poco después, debido al aislamiento, quedó sumida esta matrícula de extrema vulnerabilidad donde las carencias materiales y afectivas resultan frecuentes y toda tarea solidaria y humanitaria es escasa.

Lejos de rendirse, el grupo de docentes de vocación que pone el hombro desde 2011 redobló la apuesta, reorganizó su tarea, modificó mecanismos y se muestra acaso más firme que nunca.

“Vivíamos un mundo pre-covid y no nos dábamos cuenta. Rápidamente y con humildad debimos reinventarnos porque la miseria no nos da tiempo: hay niños y familias que no comen, enfermedades propias del invierno, limitaciones materiales, maltrato, violencia y, lo más triste, un futuro incierto”, reflexiona Velázquez.

Las extensas jornadas de almuerzo y merienda matizadas con clases de apoyo escolar, juegos, gimnasia y talleres donde los chicos dejaban volar la imaginación con grandes resultados, debieron ser reemplazadas. Eso sí, jamás abandonadas.

Porque nadie se queda sin su bolsón de alimentos, monitoreo de situaciones complejas, visitas domiciliarias y gestiones en hospitales públicos para facilitar la obtención de turnos. No solo el covid-19 es un riesgo latente en comunidades hacinadas. “Vemos que pacientes de bajos recursos quedan en el camino y no reciben tratamiento”, reitera.

“Es duro ver a los chicos en el campito jugando a la pelota con frío, sin barbijo y nosotros sin poder abrazarlos. Hay mucho por reforzar, por enseñar. La gratificación sigue siendo inmensa pero también nos damos cuenta lo mucho que nos queda”, reflexiona.

"Trabajar en estos barrios" -continúa- "significa explorar en un contexto doloroso de carencias afectivas y económicas, donde reina la baja autoestima, analfabetismo, desigualdad, hambre, frío, necesidad de aprobación, miedo a las pérdidas emocionales, físicas y materiales, inseguridad y mucho más". Claro que cuando hay vocación y buena voluntad las oportunidades se multiplican, asegura Velázquez.

rincon de luz

“Rinconcito de Luz”, que depende de la DGE de Mendoza, es un soporte en la trayectoria escolar de los niños que intenta impedir la deserción y el trabajo infantil. Pero su labor es muchísimo más abarcativa.

A partir de la relocalización de familias, el año pasado, el grupo comenzó a desempeñarse en el barrio Renacer, de Perdriel, departamento de Luján de Cuyo.

“Profundizamos donde escasea el vínculo afectivo de protección y acompañamiento, situaciones que se agudizan en pandemia, para dar oportunidades a nuestros niños y brindarles un presente distinto”, enfatiza. Por eso insiste en que acudir al comedor no significa sólo comer, sino compartir, ser incluidos, partícipes, recibir afecto, acompañar y proteger.

En definitiva, reitera Velázquez, “no es otra cosa que ponerles nombres y mirar a los ojos a las estadísticas de pobreza que se recrudecerán luego de este suceso”.

El dolor y la incertidumbre se contraponen con la gratitud y el sabor del deber cumplido. Porque no son pocos los que acudieron al “Rinconcito” cuando se gestó, hace nueve años, y hoy lo hacen con sus familias.

“Nos faltan recursos y las necesidades son numerosas, pero no podemos darnos el lujo de transmitir esto a ellos, porque necesitan una respuesta. Somos personas de su confianza, no estamos para evaluar, sino para abrazar, para brindarnos”, diferencia.

De hecho, días atrás, la casa donde funciona el centro sufrió saqueos y destrozos. Un golpe al corazón que devastó a los miembros pero que, de todos modos, los obligó a continuar mirando hacia adelante. Hay muchísimo por hacer aún.

A la función cotidiana se le agrega, ahora, el desafío de alentar a los abuelos a seguir estudiando, a continuar convocando a las madres, a restablecer vínculos perdidos.

En definitiva, a generar igualdad a partir de las consecuencias de la pandemia y de asignaturas que no se aprenden en ninguna universidad: amor, solidaridad, entrega.


 

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