Natalia y Edy: ella creyó que era el hombre perfecto y se encontró con una sorpresa
Edy, un tipo al que la cultura popular le regaló el puñado de la confianza más arrolladora que puede ganar un varón. Más efectiva que el mejor patrón de infancia, más rendidora que cualquier terapia psicoanalítica de ésas que están arriba de los 2.000 por sesión y nunca te dan el alta.
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Es un dotado. Adónde va lleva con él su trofeo, el que sus amigos aplauden con mirada de fan, viendo en él un aspiracional indiscutido. Una esperanza viviente del poder fálico que los define como raza dominante.
Cuando lo ven pasar, con su andar de jinete que ha cabalgado por horas, llegan saludos de todos lados, siempre acompañados de un “¡Qué grande Edy !”
Por supuesto, todas estamos al tanto. Porque no hay fuga más rápida de una intimidad que la que sale de un vestuario de hombres. Nunca falta el que se lo confía a su mujer, midiéndola un poco, que con cara de asco pide que no le dé detalles, corriendo después a contar a sus amigas que muertas de la impresión vuelven a casa enumerando las otras cosas positivas de sus maridos.
Es que como Edy hay tan pocos… o casi ninguno. Siempre en el centro de una ronda de varones que responden con carcajadas a cada uno de sus comentarios, sorprendiéndolo hasta a él mismo que inicia su risa después que todos los demás.
Evento al que llega, hace su entrada valiente recibido por sonrisas de admiración, cabezas que asienten y guiñadas de todos sus co equipers del género. Con el vaso siempre lleno, ni siquiera tiene que ir a la barra. Los mismos mozos salen de atrás y se dirigen primero a él. ¿Usted es Edy no?
Pero tanto aplauso no le coincide nunca con el estado emocional. Es un solitario, crónico a su pesar pero ídolo de esa mayoría con la que la genética no ha sido tan generosa.
La verdad, le pesa el don y para evitar más miradas en las duchas del club ha tomado la costumbre de bañarse de espaldas al grupo, condenado a participar de la charla mirando siempre hacia los azulejos.
Tanta es su popularidad que Natalia, ex rubia y ex top model con proyección internacional fallida, aburridísima en la promesa mendocina de que las separadas la pasan bomba, cayó en la tentación de conocerlo más a fondo. Aliviada por no tener que tropezar en una cita a ciegas en donde sólo se puede anticipar algo husmeando entre los filtros de las redes sociales, aceptó que un amigo en común los presentara, subestimando su advertencia de que Edy era especial.
Pensó que lo comprobaba en la primera salida, en aquel restaurante recientemente premiado con el que él insistió, sorprendida al notar como la vista de Edy permanecía más tiempo del lado izquierdo de la carta que del derecho. Sin contar con que llevaba el timing de la charla como un violín. Hasta hacía pausas para que hablara ella... Era diferente sí.
Saliendo del restaurante, en vez de intentar algún acercamiento que justificara el gasto, la llevó a pasear por toda la ciudad haciendo una selección de temas legendarios de los 80, siendo tan poco común que aceptó todas sus indicaciones para cortar camino sin fastidiarse por eso.
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Cuando entraron al Parque y esa noche de verano los invitó a bajarse, Edy no dudó en tomarla de la mano, riendo de haber pasado de un programa premium a otro más popular en una misma salida. Se alejó de repente hacia un vendedor de algodones de azúcar que ya se iba del lugar. Cuando Naty lo vio venir con una espuma rosada en cada mano, murió de amor. Qué personaje…
La dejó en su casa, con los dedos pegajosos y con un beso más dulce en su mejilla. Al cerrar la puerta y verlo irse despacio, ella sintió esa inseguridad típica de cuando un hombre no se sobrepasa. Pero al día siguiente, toda confianza posiblemente perdida le cayó encima a primera hora con un mensaje de whatsapp que simplemente decía ¿Cómo dormiste? Yo todavía lleno de azúcar.
Y así, sin correlatividad, sin predicción posible iba yendo y viniendo. Acercándose hasta el borde y alejándose un poco, dejando el espacio suficiente para que el que espera sea el que decida dejar de esperar.
Fue ese día que ansiosa por confirmar tanto rumor, y aprovechando la penumbra que ella misma había creado estratégicamente para el encuentro en su propio departamento, tomó la iniciativa tirándose en la cama de espaldas y utilizando la agilidad que permite la delgadez fue deslizando sus pantalones. Lo miró dándole paso a su turno. Él tiró muy lejos su remera Lacoste. Ella fue por más, desprendiendo su camisa de a poco, jugando con cada botón. El, prefirió sacarse los náuticos. Ella notó su pudor y entonces se libró de absolutamente todo. El, conservando la cautela, se sacó el reloj…
Confundiendo su juego con una invitación a que fuera ella quien lo despojara de lo último que le quedaba encima, se acercó, confiada, haciendo de experta, pero cuando intentó tocar el botón de su pantalón él abruptamente se hizo para atrás en un acto reflejo. “Qué poco común…” pensó ella. ¿Quería jugar aún en esa instancia?”
Entusiasmada con el acertijo, se arrodilló en la cama y lo miró divertida, entreabriendo las piernas para redoblar la apuesta. Conservaba esa delgadez de los 90 a fuerza de la constancia en el gym y aquél único parto… por cesárea. Ahí estaba, esperándolo con esa piel de porcelana, con su talla minúscula que la hacía más frágil y más femenina. Tan estrechita pero tan valiente.
Edy, sin poder eludir semejante convocatoria, ya mucho más confiado por tanto coraje, comenzó a bailar al ritmo de una música que no sonaba y sin dejar de mirarla, se quitó en un solo movimiento las últimas prendas del juego, quedando a contraluz con la ventana detrás. Y así, en ese confuso crepúsculo artificial Naty no contó con siquiera un rayo de claridad que le permitiera vislumbrar lo que se traía entre manos (o perdón, entre piernas).

Edy moviéndose al ritmo del deseo se acercó a la cama y ella quedó expectante de ese contorno varonil que desde aquella perspectiva en las sombras parecía bastante común.
Pero entonces él, despojándose también de toda cortesía se tiró sobre ella, sorprendiéndola con un invitado al que los rumores no habían hecho la suficiente justicia. Y como si eso fuera a ser aplaudido como entre sus fans le abrió paso como a una verdadera estrella. Embistiendo orgulloso con una repentina prisa que pasó por alto toda galantería y el supuesto ritmo de la música. Olvidando por completo el romance de las semanas previas, ese ir y venir estratégico y esos besos de almíbar que en ese momento hubieran lubricado mejor tanta ilusión.
Alarmada por tan injusta medida, lo detuvo intentando la delicadeza que él no había tenido.
Un rayo de luz desde la ventana (o más bien desde el cielo) apiadándose de ella iluminó aquella extensión y diámetro que volvió cualquier descripción pícara en una real tragedia.
Conmocionada pero optimista ella se arrodilló de nuevo, sólo que esta vez, piernas bien cerradas, y volvió a jugar a la experta. Lo dejó a él boca arriba asegurándose el control de ese tercero en discordia. Pero Edy impulsado tal vez por ese entrenamiento intensivo que los hombres de su edad han tenido con el porno, la sujetó fuerte de las caderas tirándola hacia abajo confiado de su embate, rompiendo cualquier código de previa, anulándole todas sus conexiones nerviosas y desprendiéndole un grito de duelo.
Naty lo esquivó con destreza, atrincherándose tras la almohada. La ventana indiscreta volvió a mostrar la advertencia y también la mirada angustiada de Edy que adivinaba otro fracaso en su secreto historial.
Habrá sido causa de tantos saltos y caídas, tantos breaks, que aquella supuesta bendición cayó abatida y aunque casi sin perder sus dimensiones se vio desplomada sobre la cadera de Edy.
Naty intentó un último recurso para apurar un mejor remate usando a su favor el mandato que las condena a todas: si él termina, todo termina. Bajó decidida a remontar su deber ser pero de cerca, toda perspectiva de éxito fue peor y evaluando que iba a necesitar un sistema circulatorio demás que para poder levantar tanto don... se rindió.
La dulzura de esta historia quedó sólo en aquellos palitos de madera tirados en un basurero del parque.
Naty se refugió en el aburrimiento mendocino sin pretender, por un tiempo, más que alguna salida con amigas. Edy volvió a rodearse de los aplausos masculinos sumando a su historial público el haber conquistado a la ex modelo y al privado el haber vuelto, sin explicación alguna, a fracasar.

