Coronavirus Covid-19: la dulce cuarentena de los aposentados

Coronavirus Covid-19: la dulce cuarentena de los aposentados

Crónica de sucesos de una típica familia de clase media en cuarentena. Somos presentables y ocurrentes, pulcraemente aislados, sumamente comprometidos con la batalla contra la peste, muy empatizados, muy conmovidos. Queremos la paz mundial.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Si alguien allá afuera pudiera leer esto, habré de contarles que no soy nadie en particular y que vivo con mi familia en el planeta Tierra, uno pequeño, casi insignificante, bastante pavo, uno que está siendo azotado por una brevísima forma de vida que nos confina al confort hogareño. Nuestro máximo anhelo, en lo profundo, es mantener el status quo. 

En este planeta, sabrán, el concepto de eternidad a partir del principio esencial de que la vida siempre atenta contra la vida: sólo las formas más aptas sobreviven, aunque un leve lapso de tiempo, para dar espacio a formas nuevas. Y, cada tanto, todo explota y comenzamos de nuevo. No hay mucho más. 

Las autoridades nos han mandado a guardar cuarentena total y cumplimos la orden, con el sentido de lo estricto que exhiben los temerosos de dios y los aposentados. Estamos aislados, pero, imaginen, se trata de un aislamiento burgués, apropiado, casi rechoncho. Creo que hasta aumentaremos de peso, unos dos kilos en dos semanas y, a la par, nos volveremos más espirituales y resilientes (esta es una palabra que se puso de moda hace poco). 

Como raza, hemos vencido a un puñado de dioses paganos y tiranos, un virus no podrá con nosotros y nuestros estilos de vida. 

Estamos sitiados, bajo un hermoso otoño que ya nos bendice, sin enemigo a la vista; retirados en una trichera confortable, casi placentera: juega de nuestro lado la idea de identidad cultural que asumimos y nuestras prácticas de consumo en tiempos capitalistas. Somos el resultado de una construcción cultural del ocio contemplativo y, a la vez, del bienestar. Hemos invertido generaciones enteras en la formación sostenida para el fortalecimiento familiar y para liberarnos de cierta percepción de lo colectivo y los desarrollos tecnológicos han tendido a hacernos las cosas más sencillas. 

Así, nos vinculamos fraternalmente con nuestros pares, con quienes compartimos placeres y tradiciones y evitarnos mayores contactos con aquellos diferentes de nosotros. Aprendimos, con los años, a sostenernos por nosotros mismos sin gastar mayores afanes o cuestionamientos a la arquitectura de la pirámide social. Imaginen si acaso íbamos a preocuparnos por la pegajosa voracidad de un virus. Todo ha estado bien hasta ahora y aspiramos a que pronto los sucesos recuperen su deliciosa naturalidad. 

Así, pues, en síntesis, puede decirse que somos una familia bien de clase media en cuarentena. Somos educados y tolerantes, creyentes de la Divina Providencia (en esencia, un concepto económico del mérito), higiénicos y mesurados, enciclopedistas y con afanes estéticos, con habitualidad on line, con intereses comunes y diversos, presencia en redes sociales, cierto manejo de la imprescindible ironía y de la necesaria ternura y rodeados de estímulos que evaluamos como positivos. Sostenemos la idea de familia como núcleo central del tejido social y, siempre que podemos, hacemos donaciones a Cáritas y a Conín y participamos en campañas para comprar mochilas escolares para niños pobres, tiernos a la distancia, pero un tanto abrasivos en la vecindad.

Ahora, nos ordenaron el encierro y lo cumplimos. Inconscientemente, estuvimos preparándonos para esto, adquiriendo más recursos de los que necesitamos (basta ver nuestros placares, tenemos más túnicas y sandalias de las que necesitaríamos en siete vidas). ¿Desprevenidos? Jamás. Está en nuestro adn el acaparamiento, la novedad y la compulsión. La paz, para nosotros, ese ese lapso de tiempo entre dos guerras y así lo vivimos, hasta que nos creman y apenas pesamos un par de kilos de opacas cenizas concedidas al olvido. 

Por eso, ante estas instancias, debemos confesar que somos, en verdad, presos VIP sin carencia alguna: tenemos la heladera y las alacenas llenas de comidas y bebidas –valió el fastidio hacer cola en el hipermercado–, tenemos agua fría y caliente con solo abrir el grifo; hay en casa televisión satelital y Netflix, cada uno tiene un Smartphone y contamos con microondas, computadoras, discos digitalizados, una biblioteca con libros de Osho y Pilar Sordo, rutinas de ejercicios, almuerzos y cenas saludables y compartidos, un patio con árboles donde cantan pajarracos coquetos, vecinos discretos que practican yoga y nada necesitan de nosotros, una verdulería que atiende una boliviana escueta pero eficiente y almacenes donde la gente no se comporta de manera tan estúpida como en los supermercados o en los grupos de padres de Whatsapp. Por Dios, las cosas que hay que leer.

¿Quiénes somos? Los bienaventurados, los portadores positivos, los siempre aislados del espanto, pero socialmente comprometidos con la pesadumbre habitual de los acongojados. Sin practicar ningún derroche y aun con deudas y proyectos a medio hacer, debemos confesar que somos parte de la franja social de los privilegiados, pero no somos indolentes.

Todo lo que tenemos lo ganamos con constancia y sacrificio; no lo decimos habitualmente, pero tenemos ciertos méritos que nos legitiman, frente a los desafortunados y los perezosos.

Ahora, con la cuarentena, renunciamos al turismo interno y nos concentramos en el valor de los pequeños placeres domésticos.

Mi hija más pequeña ha vuelto a pintar y se filma inventando rutinas de gimnasia deportiva en el patio. Mi otra hija, preadolescente, hace tareas escolares con su habitual dedicación y whatsappea con sus amigas e intercambian consejos útiles sobre maquillaje. Mi hijo se levanta a mediodía y, enciende su notebook y cumple con sus tareas escolares, después toca el ukelele, escucha música o juega al “Shadow of colossus”. Mi mujer –rubia auténtica, por supuesto– lee sobre historia de la música, canta chaconas y madrigales del Barroco, cuida plantas diminutas, pone a lavar ropa, mira series en Netflix y hace comidas de la ostia por las noches.

Mírennos a todos sentados a la mesa, hermosos y ocurrentes, dulcemente aislados, sumamente comprometidos con la batalla contra la peste, muy empatizados, muy conmovidos, como esos famosos que suben videos a las redes.

Por eso, por la paz y por la cura, esta noche y levantaremos nuestras copas.

Brindaremos porque los chinos y los norteamericanos ya prueban posibles vacunas, porque los rusos descifraron el genoma del nuevo coronavirus, porque desde hace dos días ya no se reportan nuevos casos en Wuhan, porque los madrileños aplauden a las 19 a su personal sanitario y los mendocinos a las 21, porque han bajado dramáticamente los índices de contaminación, porque Bono compuso una hermosa canción y celebridades de Hollywood cantaron Imagine por Instagram, porque Arnold Schwarzenegger brinda consejos desde su jacuzzi y es gracioso con sus mascotas, porque Susana, Pampita, Jimena Barón y Sol Pérez nos han llamado a tomar conciencia, porque Angela Merkel parece que tiene corazón, porque los norteamericanos salieron a comprar rifles para matar a alguien, a quien sea, si es negro o latino, mejor, porque Piñera agradece a cada puto dios que llegara el virus a Chile, porque, en Argentina, el turismo en la costa y las ventas en hipermercados han tenido un repunte y porque, en última instancia, sólo las pestes de virus rubios son capaces de cerrar las grietas y unir el mundo bajo un propósito. 

Brindaremos porque, en lo profundo de nuestras conciencias, sabremos que bastante poco de nuestra cotidianeidad está siendo amenazado, porque –hasta donde sabemos– este virus mata a una inmensa mayoría de pobres y de viejos y en esto, sí que se parece al dengue.

Por todo esto, concluyentemente, estamos bastante tranquilos. 

A pesar de la tragedia, seguimos cosechando lo que sembramos con tanto esfuerzo, cada peso que invertimos en impuestos lo vale, cada inversión educativa, cada viaje, cada misa en Jesuitas, cada terapia de pareja, cada charla TED para cambiar el mundo, cada aspiración de excelencia, cada curso de cata y cada té con amigas y lemmon pie, cada gesto empático hacia los seres humanos sin distinción de credo, raza o religión no fue en vano, porque terminó constituyéndonos en esto que somos: gente bien, buenas personas que no generan daño alguno.

Pronto, amigos, el virus será contenido y la crisis será historia. Volverá las adorables rutinas, los domingos en familia, los findes largos en Reñaca y las oscuras golondrinas a tu balcón sus nidos a posar. Entonces, nos vacunaremos y saldremos nuevamente al mundo en nuestra camioneta, con lentes oscuros, gorras de béisbol, cremas protectoras y brutos megapíxeles nivel dios en los teléfonos.

En enero, quizás nos vayamos a Salvador de Bahía o tal vez a Miami o a Venecia, que ahora tiene sus canales transparentes, y por allá mucho no conocemos. Somos esperanzados y oramos cada noche por la aparición de la vacuna. Pronto, tal vez, en un par de meses, las cosas retomarán su curso como si nada hubiera pasado y daremos las gracias a Dios y otra vez no habrá nada de qué preocuparse. 

Ulises Naranjo 

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