Dos pensamientos sobre una mujer que ayudé a matar

Dos pensamientos sobre una mujer que ayudé a matar

Geraldine Oro pasó por un parto en el que, además de tener al bebé, decidió ligarse las trompas. Más tarde les dijo a los médicos que algo no iba bien, que sentía un dolor indescriptible. No faltó quien la llamó "mañosa". Falleció una semana después y su ausencia obliga a pensar varias cuestiones.

Facundo García

Facundo García

En general, la gente cree que no mata ni mataría a nadie. Pero mata todo el tiempo. Matamos. El inesperado final de Geraldine Oro es un ejemplo. La joven, que el jueves hubiese cumplido 27 años, falleció luego de una ligadura de trompas y -justificadamente- se intenta dilucidar quién tuvo la culpa. Ojalá el asunto se terminara ahí. Ojalá todo esto no tuviera que ver con lo que a uno le enseñaron desde chico sobre lo que significa ser mujer y ser madre

Me explico. En las fotos que enviaba Geraldine desde el hospital Paroissien de Maipú se la veía contenta. Era el 28 de octubre y ese día tuvo a Álvaro, su segundo hijo. Como no quería más bebés, decidió que tras el parto iba a ligarse las trompas; una intervención mínima que le aseguraba "cerrar la fábrica", como reza la conocida metáfora machista.

Cuando Geraldine salió de la sala, su hermana notó que le sangraba el ombligo. "Es normal", les dijeron. Luego le dieron el alta, aunque ella se quejaba de insoportables dolores. Pasaron días de sufrimiento, en los que los médicos le insistían con que "no era nada".

"Le decían que como madre tenía que aguantar porque estaba 'dando vida'"

Geraldine murió el 4 de noviembre: su familia dice que durante la ligadura le perforaron el intestino, lo que ocasionó que su cuerpo entrara en shock séptico.

"Le repetían que no se quejara tanto, que como madre tenía que aguantar porque estaba 'dando vida' -cuenta ahora la hermana, Fernanda-. Y en medio de su sufrimiento ella me llegó a decir que prefería morirse antes de seguir sintiendo ese dolor".

Gritos sordos

Seré brutal: los sectores medios y altos suelen insultar a las mujeres de clase trabajadora con frases que disimulan -mal- el desprecio. Como la mayoría de los insultos, esas frases son bastante estables. Una típica es: "¿no se dan cuenta de que no tiene sentido parir cinco, seis, diez hijos?".

Bien, Geraldine no quería tener más de dos. Seguramente amaba a su pareja y a los niños, aunque haya tenido solo unas pocas horas para conocer al pequeño Álvaro. Pero quería planificar su familia. Y eso le costó la vida.

Es irónico. Les pedimos a las mujeres que tomen pastillas -son muchos los varones que se niegan al preservativo-, les sugerimos que se liguen las trompas y hasta nos animamos a recomendar que se abstengan de tener sexo cuando y como quieran. Y aun si cumplen con todas esas exigencias, a veces se mueren en medio de horribles padecimientos

"Mala praxis", definimos enseguida. Puede ser, y es imprescindible identificar a los responsables. Pero hay algo más profundo. Las mujeres mueren porque casi nadie las escucha aunque griten: nos resulta más tentador darles "consejos" y "enseñarles a vivir". Así de simple. Así de idiota

Lo imperdonable

Quienes nos dedicamos a las noticias policiales sabemos que una muerte es siempre más que una muerte. Es decir: los muertos nos hablan, sigilosos, justo al lado de la oreja. Susurran cosas que todos deberíamos aprender a oír.

Los allegados a Geraldine aseguran que gritó muchas veces que le dolía la panza, que algo estaba mal con la operación que le habían hecho. Añaden que los especialistas -médicos, médicas, enfermeras- no la tomaron en serio, o la metieron dentro de la celda mental destinada a "las hinchabolas" o las "locas".

Todo esto en un hospital público que en Mendoza -y más allá de los inconvenientes que hay- sigue siendo sinónimo de excelencia. Parece que incluso en ese ámbito las cosas pueden salir muy mal. Entonces cuesta imaginar lo que sobreviene cuando las pacientes se meten en clínicas clandestinas porque han decidido hacerse otro tipo de operaciones: ¿quién las atiende? ¿quién las escucha? ¿en qué abismo solitario se perderán sus lamentos, sus noches retorciéndose porque algo falló?  

Quien encuentre respuestas, que las diga. El marido de la chica muerta, que labura de albañil, deberá seguir yendo a levantar casas, ya sin la compañera de sus días. Criará a sus dos hijos y quizá en el futuro les cuente lo que pasó. Mientras estas letras son tipeadas, Fernanda, la hermana de Geraldine, está atendiendo una peluquería. En otras palabras, la vida continuará, y eso es muy triste y a la vez un poco esperanzador. Lo imperdonable sería que se mantengan los factores que condenaron a muerte a una mujer que simplemente no quiso tener más hijos.  

  • El caso de Geraldine Oro está siendo investigado por el fiscal Carlos Torres. Se requisó la historia clínica de la fallecida, así como los libros de guardia de los hospitales donde se atendió. El próximo martes 24 a las 9 de la mañana se realizará una marcha desde la plaza de Maipú hasta el Paroissien para reclamar justicia.
  • ¿Aportes? ¿Otra perspectiva? Puede escribir a fgarcia@mdzol.com

 

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