¿Necesita el cerebro de la amistad?
"Toda la grandeza de este mundo no vale lo que un buen amigo", Voltaire.
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Imaginá la siguiente escena. Es la Edad de Piedra. Los hombres han salido a cazar y las mujeres han quedado en la aldea para recolectar frutos y vigilar a sus crías. El hijo de Sara ha enfermado, por lo que ella debe cuidarlo. Nora, su vecina, recolecta frutos por ella y se los entrega con un gesto compasivo. Así se empieza a generar un vínculo que se basa en la confianza, en la cooperación recíproca y en el amor compasivo: yo te ayudo hoy, vos me ayudarás mañana. No espero nada a cambio. Lo hago por el placer que me genera darte una mano. Así, dentro del cerebro se generan circuitos neuronales nuevos, que irán forjando, a la larga el concepto de amistad.
La amistad es una relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia. Las relaciones amistosas no son invento nuestro. Las heredamos de nuestros antepasados homínidos.
Estudiando a una comunidad de babuinos en Kenia y Botswana, un grupo de científicos descubrió que las hembras que tenían más amigas presentaban menor nivel de cortisol (una hormona vinculada al mecanismo del estrés).
Estudios recientes muestran que hay un conjunto de circuitos y vías neurales involucrados en la formación y el mantenimiento de amistades en los seres humanos y en otros animales y, por otro lado, sugieren que la amistad trae aparejado un impacto beneficioso para la salud.
Un grupo de científicos realizó el siguiente experimento: enfrentó a una serie de participantes con una situación amenazante. Para ello, armaron dos grupos: en uno, las personas podían enfrentar el estrés tomando de la mano a un amigo. En el otro, las personas debía enfrentarlo solas.
Luego de realizar las mediciones de rigor, se llegó al descubrimiento de que las personas que habían podido tomar las manos de un amigo, habían generado
menor cantidad de cortisol que las que no habían podido hacerlo (como las hembras babuino, ¿se acuerdan?).
Según estos autores, esto podría tener que ver con el hecho de que sentirnos contenidos y acompañados nos daría mayor seguridad, con lo cual, un hecho amenazante externo perdería peso. Cuando contamos con amigos en quienes podemos confiar, nuestros recursos se acentúan, estamos respaldados.
Así, es lógico que la selección natural haya ido conservado las conductas que tienen que ver con establecer lazos de empatía, de cooperación y confianza, porque llevan a crear vínculos duraderos y porque, además, aportan sensación de pertenencia y despiertan sentimientos y emociones positivas, que son claves para el bienestar de las personas.
Necesitamos desarrollar habilidades sociales, cognitivas y emocionales para poder establecer y mantener relaciones de amistad, y, de ese modo, tener una subsistencia placentera. Muchas de las funciones del cerebro estarán involucradas en permitirnos tener interacciones humanas sanas.
Las buenas amistades ayudan, en muchos casos, a prevenir alteraciones psiquiátricas como la depresión, las fobias y la ansiedad. Las personas que no alimentan relaciones amistosas tienen tendencia a ser más hostiles y a no desarrollar habilidades sociales, como la empatía, por ejemplo.
Así, nuestro cerebro debe crear sinapsis nuevas que permitan sostener los vínculos de amistad, por lo que necesita de amigos para mantenerse en forma y para activar los circuitos de placer.
Los últimos avances en Enfermedad de Alzheimer apuntan que hay tras patas en el tratamiento: medicación, estimulación cognitiva y actividad social. Es decir que, tener amigos, juntarse y compartir con ellos, preocuparse por ellos, tener empatía, amor compasivo, practicar el cooperativismo recíproco no solamente nos convierte en mejor persona desde lo social, además fortalece nuestro cerebro.
Entonces, la respuesta a la pregunta inicial es absolutamente afirmativa, nuestro cerebro necesita de amigos. Así que, cantemos como Roberto Carlos:
"Yo quiero tener un millón de amigos/ y así más fuerte poder cantar...."
Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / [email protected]

