El cerebro altruista
"Yo no tengo un centavo, no tengo nada porque todo se lo he dado a mis hijos (en referencia a sus pequeños pacientes), pero me siento la mujer más rica, satisfecha y afortunada del mundo". Esto decía hace unos años Mercedes Luisa Carbuccia de Herrera, médica dominicana que, por casi 70 años, atendió en su casa o en el hospital a niños de escasos recursos económicos. Murió a los 93 años tan humilde como nació y vivió.
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Nicolás Migueiz Montán es un profesor de gimnasia argentino que vive en Barcelona hace 7 años. No es famoso para nada, pero debería serlo. Se dedica a rescatar inmigrantes que llegan a España a través del Egeo. Una foto de él rescatando a un bebé de un barco que se hundía recorrió el mundo.
María, si buscás altruismo en el diccionario, vas a ver que es la tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio. O sea, el altruismo puro, significa sacrificar una cosa, sea tiempo, dinero, energía o conocimiento sin buscar a cambio ningún tipo de recompensa o compensación. Por supuesto que es una cualidad de la cual no todos pueden enorgullecerse. El altruismo está presente en la cultura, la educación y la religión, así como también en el cerebro. Hay casos de animales, por ejemplo, en que uno de los ejemplares está dispuesto a sacrificarse por el bien de la manada.
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Te cuento María, que los últimos avances neurocientíficos van mostrando que la estructura de nuestro cerebro se relaciona con muchas características y habilidades personales. Ahora, un equipo de científicos de la Universidad de Zurich, dirigido por el Profesor Ernsr Fehr, llegó a la conclusión de que existe una gran conexión entre nuestra anatomía con las actitudes altruistas. Pudieron localizar el lugar del cerebro que determina que algunas personas sean más egoístas que otras.
¿Qué harías vos, María, si te doy varios billetes y después te presento a un desconocido que te pide que le des algunos? ¿Le darías? ¿Te harías la tonta y mirarías a hacia otro lado? Resulta que el grupo suizo llevó a cabo un experimento, prestá atención que te lo cuento. Trabajaron con participantes voluntarios, a cada uno le dieron una suma de dinero. Ellos tenían la opción de dar el monto que quisieran a una persona desconocida. Mientras tanto, a través de equipos de imágenes, registraban la actividad cerebral, midiendo qué área funcionaba más con cada acción.
Así, vieron que podían separar tres grupos. En uno, estaban las personas que, sin pensar, donaban una cantidad importante del dinero. En otro, los sujetos que, después de pensar un rato, entregaban una pequeña cantidad de plata. En el tercero, estaban los participantes que decidían no dar nada al otro.
¿Qué diferenciaba a estos grupos? La parte del cerebro donde se unen los lóbulos temporales y parietales (sería la porción que está por encima y detrás de tu oreja, María) se activaba más en los integrantes del primer grupo cuando llevaban a cabo una conducta altruista (en este caso, dar dinero).
Desde luego, tenemos que pensar que el comportamiento dadivoso no está determinado solamente por la biología. En otros estudios, también se ha demostrado que el estar rodeado de personas caritativas, aumenta la posibilidad de ser altruista, siempre y cuando, nuestro cerebro lo posibilite desde su estructura.
Pero como nuestro órgano superior es sumamente inteligente y plástico, las redes neuronales pueden modificarse. ¿Qué te quiero decir, María? Que el altruismo puede adquirirse, aprenderse.
El autor Richard Dawkins, en su libro "El gen egoísta" dice que debemos enseñar el altruismo a nuestros hijos, debemos transmitirles la importancia de la cooperación para nuestra vida.
¿Y cómo lo logramos María? Sencillo, a través de nuestras conductas. Los chicos imitan lo que ven y luego lo repiten. Si yo predico el ayudar, pero no ayudo.....no sirve de nada. En el mundo ideal que vos y yo soñamos para nuestros hijos, cada uno vale en función de su relación con los demás, con la red social. Ningún cerebro evoluciona, ninguna persona trasciende viviendo en el egoísmo, aunque la engañosa ilusión diga que sí.
¿Entendiste María? Es como si nuestro cerebro fuera el papel, nosotros pintamos allí, y esa pintura modifica el papel de base, transformándolo en algo mejor, o no; de nuestra mano artista depende el resultado. Porque somos una unidad cuerpo-mente-sociedad. Todo influye, todo se deja influir. El "sálvese quien pueda" es mentira. Yo me salvo, en tanto ayudo a otro, y en ese devenir, mi cerebro se modifica y cambia mis conductas.
Lic. Cecilia C. Ortiz. Mat.: 1296, [email protected]

