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¿Nuestro cerebro es agresivo?

¿Es nuestro cerebro agresivo por naturaleza y la sociedad trata de domarlo? ¿O pasa al revés? ¿Somos los seres humanos naturalmente agresivos?
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"Es probable que todo cuanto está relacionado con la ambición, el afán de escalar puestos o subir de categoría y otras muchas actividades indispensables, desaparecerían de la vida humana si se suprimieran las pulsiones agresivas", Konrad Lorenz

Seguro te pasa como a mí. Leés, escuchas, y pensás: "cada vez hay más violencia". Hoy, de cada tres noticias, una, seguro, tiene que ver con algún hecho agresivo en algún lugar: robos, asesinatos, ataques terroristas, abusos. Pero, mi querido lector, la agresión no es sólo esa manifestación extrema. Agredir es entrar a un lugar sin saludar, agredir es no dar las gracias, agredir es ver que una persona pasa hambre o frío y no hacer nada, agredir es manejar insultando o tocando la bocina al de adelante para que se apure, agredir es pararse en la senda peatonal, agredir es colarse en una fila, agredir es patear a un perro en la calle, agredir es pasarse un semáforo en rojo, agredir es jugar con el celular sin prestar atención al que tengo enfrente. Y así podría seguir con una lista larga, muy larga, porque la agresión es una acción que implica un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás.

Y, si, cada vez hay más agresión. Cada vez estamos más agresivos. Cada vez nos importan menos las personas que tenemos alrededor (y con esto no me refiero a nuestro círculo íntimo familiar).

¿Qué factores influyen en nuestras conductas agresivas?

En el año 1966, Konrad Lorenz, famoso etólogo, escribió el libro "Sobre la Agresión", en él explicó que la agresión es un instinto y que en condiciones naturales es necesario para la conservación de la vida y de la especie. Claro, si yo voy tranquila caminando y alguien me empuja, voy a reaccionar, porque me siento en peligro. Si alguien quiere llevarse por la fuerza algo mío, voy a actuar, porque siento amenazada mi propiedad.

Está claro, señor Lorenz, la conducta agresiva tiene relación con la autopreservación y defensa personal y del territorio. De lo que podemos deducir que, si es una conducta programada, el patrón está guardado en nuestro cerebro. Así, existe en nuestro sistema nervioso central un circuito neuronal que se relaciona con la conducta agresiva. Es decir que, en parte, hay una base biológica.

Ahora el problema surge cuando es imposible distinguir la línea que divide la agresión como herramienta de protección a una herramienta cuyo propósito es causar daño en beneficio propio.

En el año 2002, Avshalom Caspi y Terrie E. Moffit, del Instituto de Psiquiatría de Londres, realizaron una investigación longitudinal, evaluando una población de chicos desde la infancia hasta la adultez. Este trabajo representó un punto de inflexión en los estudios sobre desarrollo, especialmente porque abrió el camino al abordaje de diferentes factores de riesgo ambientales conocidos y de cómo interactúan con factores de riesgo genéticos también conocidos. Fueron los primeros en demostrar que existe una relación directa entre el efecto del entorno en combinación con un gen particular. ¿Y esto que quiere decir? Que una conducta agresiva, si bien puede tener origen en nuestra fisiología, también está determinada por los aprendizajes que vamos haciendo a lo largo de nuestras vidas. Sobre todo, desde niños.

Voy a usar un ejemplo muy sencillo. Yo planto una semilla en una maceta. La semilla tiene información sobre qué planté. Yo compre semillas de tomate, así que, espero que crezca tomate. Ahora, de la calidad de la tierra, de cuánto la riegue, de la luz y del calor que le den, dependerá que esa planta crezca bonita como la quiero, o débil, o que, directamente, ni crezca.

Todos tenemos un patrón de respuesta agresiva adaptativa en nuestros genes. La posibilidad de que éste se exprese de manera hostil a los demás, depende de los factores externos. Factores fundamentales como las relaciones familiares y la escuela son los maestros de nuestros hijos. El ambiente socio-cultural no resulta hoy una variable de peso. La falta de respeto a los derechos del otro ha trascendido esta barrera. En su libro "Developmental Origins of Aggression" (2005) Richard E.Tremblay y Daniel S. Nagin afirman que los niños nacen con disposición a imitar e integrar las conductas agresivas antes que aprender conductas pacifistas.

Una realidad de nuestros días y que influye también en nuestras respuestas agresivas es el estrés. ¿Te acordas del personaje "bombita" en la película "Relatos Salvajes"? Es un claro ejemplo. Está comprobado que situaciones de estrés crónico, como el que se daría en casos de adversidad ambiental severa, provocan cambios en el funcionamiento del cerebro. Así, circuitos que regulan las emociones y las conductas, colapsan ante la presión del estrés, y, pasa que, de tanto aguantar, un día "explotamos" y...bueno, arde Troya.

En síntesis, la agresividad responde a una programación en nuestro cerebro, pero el cómo y cuándo usemos esa respuesta, está íntimamente ligado a la educación y el contexto.

¿Qué elementos podrían mitigar estas manifestaciones agresivas?

Por supuesto, el serenarse. Muchas veces, actuar desde la bronca, desde el estrés, hace que "metamos la pata"; entonces, la frase que decía mi abuela: "antes de actuar, hay que contar hasta 10", resulta sumamente útil.

Por otro lado, el psicólogo Albert Bandura argumenta que la empatía resulta de gran ayuda. ¿Qué es la empatía? Nada menos que la habilidad, tanto cognitiva como emocional del individuo, de ponerse en la situación emocional del otro; dicho de otra manera, poder ponerme en los zapatos del otro, poder entender que hay otras realidades, otras necesidades, fuera de mí. ¿Se entiende?

Según Bandura, la empatía favorecerá el altruismo y reprimirá la agresión. O sea, el mandato moral de "no le hagás a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a vos" podría ser una buena medida para no violar los derechos del otro.

Y, por último, la educación. Si insultamos porque sí, si denigramos al otro, si respondemos violentamente, esto es lo que nuestros hijos ven. Esto es lo que nuestros hijos repiten. Después, no les pidamos respeto y que se comporten adecuadamente.

Sin caer en el extremo de conductas violentas, que implican mecanismos mucho más complejos, nuestro actuar diario, la empatía, el tener al otro en cuenta, ayudan a poner un ladrillo más en la pared de la prevención de la agresión.

La Naturaleza es sabia, dicen por ahí. Nuestro cerebro no es agresivo porque sí. Evidentemente, lo vamos modelando. Nuestro cerebro es empático, nuestro cerebro está atento al otro. Tratemos de ofrecer siempre la mejor versión nuestra.

Lic. Cecilia C. Ortiz, Mat: 1296, [email protected]