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Nuestro cerebro y el amor

Cuando amamos somos capaces de hacer locuras y proezas. ¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando amamos? ¿Por qué se dice que el amor es adictivo?
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"No queríamos dormir nos queríamos comer a besos. No queríamos dejar de cometer ni un solo exceso. Nos venía a saludar en el balcón la luna llena. Nos bastaba con dejar morir dejar morir la pena", Jorge Drexler

Siempre me pareció divertida la anécdota de cómo se conocieron mis abuelos. Vivían en Córdoba. Los domingos después de misa, las mujeres iban a dar vueltas alrededor de la plaza, y los hombres se paraban en el perímetro para verlas pasar. Ese día mi abuela caminaba con sus hermanas y miró a mi abuelo porque le llamó la atención; "Tuve que dar tres vueltas para que se animara a acercarse y preguntarme si me podía acompañar". Nunca más se separaron.

¿Hay alguien que pueda decir que nunca amó? No lo creo. Amar es una condición del ser humano. Es el sentimiento que nos lleva a unirnos, a preservar y prolongar la especie, a cuidar la cría, a perseverar en un proyecto.

Desde siempre, se ha vinculado simbólicamente al amor con el corazón, dando por sentado que nuestro cerebro (o nuestra razón), no interfiere con él. Es más, hasta se pensaba que, si intervenía el cerebro, "pum" se arruinaba el amor.

Con los años se ha descubierto que no es así. Es nuestro cerebro el que nos lleva a amar y, gracias a los circuitos neuronales y a los neurotransmisores, podemos mantener una pareja estable o una relación duradera con seres queridos.

Sabemos que hay una primera atracción, que es predominantemente sexual, y que tiene que ver con el legado de preservación de la especie (es decir que es un patrón de conducta etológico). Traducido, sería lo que llamamos "tener piel", o ese primer "flash" en el que miro al otro y siento como un "chispazo". En general, las mujeres se sienten atraídas por espaldas anchas y altura elevada (que simbolizan protección); mientras que los hombres se inclinan por caderas y bustos prominentes (que prometen descendencia y cuidado de la cría). Obvio, después de varios años de evolución, los gustos han variado, y la regla es más flexible.

Ese primer deseo físico hace que se active una zona de nuestro cerebro que se conoce como "centro de recompensa" y que también se asocia a las adicciones, a los estados eufóricos y al enamoramiento. En este centro se concentran grandes cantidades de un neurotransmisor llamado dopamina, que produce un estado de bienestar (estado que también provocan sustancias como la morfina y la cocaína, por eso es que a veces escuchamos eso de que el amor es como una droga).

Así, el sistema de recompensa se encarga de reforzar la asociación entre un estímulo capaz de generar placer y el estado eufórico al que conduce, potenciando los comportamientos de búsqueda y "consumo" de estímulos gratificantes. El circuito se va reforzando y así va surgiendo lo que llamamos amor, es decir "necesidad" de esa persona, lo que contribuye a consolidar los lazos afectivos. La oxitocina, o también llamada "hormona del abrazo", podría influir para que el amor se sostenga en el tiempo.

Desde ya, que esta sería la estructura básica. El esquema se va complejizando con la influencia de la cultura.

"El amor realmente es un hábito que se forma con el deseo sexual y que recompensa a ese deseo. Y en el cerebro el amor funciona de la misma forma como cuando la gente se vuelve adicta a las drogas" Prof. Jim Pfaus

Otro dato interesante que nos aportan los últimos estudios neurológicos nos dice que, al mismo tiempo que se activa el centro de recompensa cuando estamos enamorados, disminuye la activación de la corteza frontal, que está asociada con la capacidad de juicio, es decir, la habilidad de hacer conclusiones sensatas y de llevar a cabo juicios críticos. Por eso es que, por lo menos durante los primeros tiempos del amor, somos "ciegos" a aquellas características del ser amado que después nos molestan y por eso, también, es que somos capaces de hacer cualquier locura en nombre del amor.

Cabe aclarar que la suspensión del juicio es selectiva y acotada a la persona amada, es decir, que podemos hacer juicios sensatos en torno a otras personas y/o situaciones.

Para concluir, la relación entre lo que sucede en un cerebro enamorado y los hallazgos científicos es aún limitada. Las neurociencias recién están emprendiendo el camino para entender qué ocurre en nuestra cabeza cuando la perdemos por amor. Mientras tanto, nosotros sigamos amando, a una persona, a nuestros hijos, a aquél proyecto que nos desvela. Amar no solo es gratificante, además nos posibilita trascender.

Lic. Cecilia C. Ortiz. Mat.: 1296. [email protected]