Cuestiones infinitas
Quiero más. No estoy contento con ser feliz, no he sido creado para ello, no es mi sino (...). El lobo estepario. Hermann Hesse.
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Sin otra cosa más que un abrigo liviano y un ánimo prometedor, Nicanor hubo arribado a la estación ferroviaria central de París. Tanto su rostro embelesado como el ancho de su espíritu, hallábanse en un total estado de enajenación. Cuando por fin hubo decidido reposar su par de piernas cansadas en uno de los postreros asientos del andén, el cielo se tornó sempiterno, y a continuación, el murmullo del gentío acabose por mudarse en un encuentro inagotable de almas que pretendían estarse felices con sus vidas. A la manera de un espectador que observa concentrado una obra de teatro, Nicanor, se dispuso a hacer lo mismo con aquella función que se entretejía ante su presencia. Personajes en un ir y venir aletargado, como si de una bandada de aves turbadas se tratase; bocas entreabiertas, angustiadas por el hecho de tener que desprender los últimos adioses; chaquetas y camisas ajustadas al cuello, dando a entender que no todo es color de rosas, y que la vida los aprieta de vez en cuando; espaldas corvas de tanto trabajar para qué, para que el estómago no se queje con sus borborigmos y los bolsillos aparenten ser algo que no son; señoritas ataviadas con elegantes vestidos y de una consabida belleza, pergeñando planes para que algún caballero bonachón, y en lo posible, adinerado, las seduzca con sus galanterías de todos los días; los sueños truncados de un agente ferroviario asqueado por el derrotero que le ha tocado en suerte; un puñado de muchachos enredados en sus conversaciones que no van a ningún lado; y por último, un espectador absorto por el mundo tal como va, y a la espera de ser tenido en cuenta por esas gentes que pasan a su lado y lo humillan con su implacable indiferencia. Entre medio de vagones y de rieles desvencijados, se alzaba ante la vista de todos aquel espectáculo de turno, y no obstante ello, nadie se enteraba de nada, puesto que no se detenían a observar el discurrir de aquella serie de aconteceres, tal y como acostumbraba a hacerlo Nicanor.
Ante esta perspectiva, y hundido en sus propias cavilaciones sin fondo, Nicanor sacudíase por dentro, en un vano intento por comprender el súmmum de las cosas que lo rodeaban. Le parecía que la vida era demasiado obstinada en su ilógico arreglo por querer complicar todo cuanto se yergue a su alrededor. Así y todo, se sentía reconfortado por el hecho de poder formar parte en todo ello. Alzaba la vista, observaba derredor, y en su estado de obnubilación, se decía a sí mismo
A continuación, Nicanor hubo abordado el tren que lo llevaría a su destino, por lo demás, desconocido para él. En su compartimento, hallábase una joven consagrada por su beatíficabelleza, de una tez delicada, unida a una desacostumbrada naturalidad al momento de hacerse notar,la cual había de ser su compañera de viaje. Una vez se hubo acomodado frente a la desconocida, ambos mortales intercambiaron unas cuantas miradas fugaces entre sí; él, con el fin de deleitarse una vez más con aquella imagen divina, ella, por su parte, para comunicarle sutilmente que se encontraba de acuerdo con todo ello, y que su persona era bien acogida. Sin más, y tras descifrar aquella señal, Nicanor se dispuso a desnudar su alma ante la joven.
- Esto de viajar es siempre gratificante. -comentó en voz alta Nicanor, dirigiendo una mirada furtiva a la joven.
- Prefiero viajar sola, en compañía se arruinan las cosas. Además, con dos ojos que observen y un corazón que sienta, siempre basta. -la soltura de la joven pararesponder, tuvo su efecto inmediato en el ánimo trastocado de Nicanor. Estaba claro que no se trataba de una muchacha como las demás, y eso lo intrigaba.
- Pues, no lo hube pensado de ese modo. Quizás hallan excepciones -dijo a tono de broma Nicanor, y la joven esbozó una sonrisa que lo perdió para siempre.
- Me animaría a decir que con sus galanterías busca gustar e impresionar a las muchachas, pero sus ojos dicen otra cosa. No lo sé, quizás me equivoque. -el tono con que se hubo expresado, disparó algo en la sensibilidad de Nicanor.
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- Comprendo. Para eso hemos venido al mundo, ¿no lo cree? -lo interpeló la joven.
- Hay quienes creen que sí, y otros que se hallan satisfechos con su solitaria existencia. Al menos eso es lo que pienso. -la joven hallábase prendada de su interlocutor.
- Pues esas personas han de fingir una aparente dicha. No estamos hechos para recluirnos en nosotros mismos por y para siempre. -opinó la joven.
- ¿No? -preguntó expectante Nicanor.
- En lo absoluto.Sino, observe con atención los rostros apagados de aquellas personas que respiran sólo por costumbre. No les queda ya aliento para nada. Eso no es vivir. Una vida se construye en base a la cercanía y a un amor recíproco, pues todo se vuelve un poco más llevadero caminando a la par de un otro. -el modo con que sus ojos se fijaban en los de Nicanor, daba a conocer el universo que se hallaba en su interioridad.
- Visto de esa manera, el paisaje se torna por demás apacible, pero hay quienes no se hallan preparados para entregar su alma a esa forma de vida.-Nicanor divagaba en mil pensamientos a la par que respondía.
- Puntos de vista; en definitiva, todo se reduce a ello. -atinó a decir la joven.
- Y qué agradecidos debemos estar de que las cosas se den de esa manera. Forjar nuestra propia visión del mundo, es lo que nos permite diferenciarnos del resto. -dijo pensativo Nicanor.
- Au revoir. -desprendióse de los labios de la joven; y así, Nicanor volvió a encontrarse solo una vez más, cavilando acerca de cuestiones infinitas.
Manuel Arias