Puntos intermedios
Cada hombre es una criatura del tiempo en que vive y pocos son capaces de elevarse sobre esas ideas. Voltaire.
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- Se estima que las ruinas de esta basílica datan del siglo XVl; un panorama indescriptible en verdad. -dijo L. a Nicanor, con un sentimiento de complacencia que se evidenciaba en su rostro cándido, y en el modo con que describía el lugar. Deberíamos volver durante el receso invernal; quién sabe si hemos de estar vivos mañana, o pasado mañana, o quizás el año entrante. -agregó con un dejo de nostalgia mientras exhalaba un hondo suspiro.
- En su defecto; la idea de volver a este lugar me complace sobremanera. Muchas veces, por más que uno se proponga encauzar el sentido de cuanto acontece, para que las cosas resulten deun modo y no de otro, nos vemos en la obligación de tener que aceptar y adaptarnos a las circunstancias tal y como se dan. A lo que voy, es que en ciertos momentos, nuestros deseos más irrefrenables se ven truncados sin más, por algún motivo harto desconocido, y no hay nada que pueda hacerse para intentar salvarlos. -se dejaba entrever el espíritu filosófico de Nicanor, quien parecía estar sumido en profundas cavilaciones.
- Querido amigo, no comprendo muy bien a qué viene tu comentario. -se mostró un tanto desorientado L.
- Siempre intentas comprender a la primera las cosas; debes dejar que las palabras fluyan cual río y reposen por un tiempo, para así poder asimilar su verdadero y más profundo sentido. -de vez en cuando, Nicanor se regodeaba jugando a que sus amigos llegasen por sí solos al meollo del tal o cual asunto.
- Te agradecería que dejases de lado las metáforas por un momento, y te explicases mejor. ¿No puedes solamente disfrutar de lo que tienes frente a ti? Soy de los que piensan que todo lo que nuestros ojos ven, crea una huella permanente en la memoria. ¿Por qué no te desprendes por un momento de aquel costado interno que sólo pretende reflexionar, y te empapas de las mil y una maravillas que hay derredor? Tal vez así, puedas dar con tus propias huellas. -señaló L.
- Oh, no creas que no me hallo sumamente conmovido, al contrario; contemplo esta maravilla arquitectónica a la cual el paso del tiempo no ha hecho otra cosa, sino, embellecer aún más, y me pregunto cuántos seres hubieron pasado por aquí, y al igual que nosotros, sentido la levedad de la existencia. Mi espíritu se halla colmado como pocas veces.Lo que acontece en mi corazón es recíproco; delira y se renueva por momentos, y cuando ello sucede, el mundo se le hace a uno mucho más llevadero. Pero también es justo reconocer que dichas sensaciones, lejos de imprimir sus huellas en lo más hondo del ser, como tú bien dices, tienden a perderse las más de las veces, ya sea por obra del olvido, o como consecuencia de la dificultad para aceptarlas como parte de nuestra historia.-reflexionó en voz alta Nicanor.
- No todo hecho en la vida llega a ser tan oscuro o tan luminiscente, como para apagar o encandilar por completo a un espíritu. Existen salvedades; puntos intermedios, como tiene a bien señalar el gran Flaubert en uno de sus libros. Sólo es cuestión de ver más allá de lo que nuestros ojos y nuestro espíritu pretenden que veamos. -L. encontraba gran parte de su dicha, haciendo alusión a los pensamientos de ciertos escritores.
De un momento a otro, la conversación hubo adoptado un matiz existencial. Tanto Nicanor como su amigo L., acostumbraban a recorrer los caminos más vastos e intrincados del mundo de los fenómenos, con el fin de escudriñar a fondo las cosas. Aun cuando sus posturas y cosmovisiones más íntimas distasen de parecerse, en algún punto, se encontraban impregnados de un mismo pensamiento. Tanto el uno como el otro, procuraban ponerse en profundo contacto con la naturaleza, para así poder comprender algo de lo que envuelve al mundo. La suficiencia de espíritu de Nicanor, se vislumbraba en el carácter grandilocuente con que se expresaba al momento de dar a conocer todo cuanto tenía para decir, y lo mismo sucedía con L. Sopesaban cada una de sus hipótesis con meticulosidad y extremado rigor; y a su vez, se vanagloriaban de las conclusiones a las que arribaban.
- Puntos intermedios... -se dijo a sí mismo Nicanor. ¿Y cómo hemos de hallar dichos puntos si es que existen acaso? -interpeló Nicanor a L.
- Quizás no sea el más indicado para responder a tu pregunta, la cual es harto justificable; pero a mi modo de ver las cosas, dichas salvedades sólo pueden alcanzarse en el preciso instante en que comprendemos que no siempre hemos de arribar a una explicación que nos consuele del todo. La mayoría de las veces sólo basta con contemplar. Tal y como mencionaste hace un momento: cuántos seres hubieron pasado por aquí. Ellos, al igual que nosotros y muchos otros, se han hecho y se siguen haciendo las mismas preguntas; y lamento si te decepciono, mi buen amigo, pero lo más probable es que nunca termines de responderte de la manera en que tú quieres. -sentenció L, el cual hallábase embelesado, al comparar cada uno de los parajes de la basílica, con los puntos ocultos en la psicología de su amigo Nicanor.
- ¿Por qué habría de decepcionarme? Las cosas son como son, y el mundo las hace girar en torno a un abanico de múltiples sentidos. Creía, hasta hace muy poco, que a toda pregunta le sucedía una respuesta, pero pronto comprendí que las cosas se dan de otro modo. No se le puede exigir una respuesta a aquel que no la tiene, puesto que nosotros tampoco la tenemos. Por lo tanto, debemos enfrentarnos con nuestras propias sombras, a los fines de poder profundizar y arrojar un halo de luz, sobre aquellos rincones en ruinas que se hallan en las profundidades de nuestro espíritu, y que aún no hemos explorado. -L. observaba y escuchaba complacido a Nicanor.
- Ya lo ves, esto es lo que resulta cuando dos espíritus que se entienden el uno al otro, se congregan en un lugar como este. -opinó L.
- Estoy de acuerdo contigo; por cierto, acabo de decidir que volveré contigo en el invierno. Estas ruinas tienen algo que aún no logro descifrar, y para ello, es preciso que vuelva pronto, antes de que callen aquello que tienen para decir. -a continuación, un profundo silencio se apoderó de la basílica.
Manuel Arias