Neurociencia y voto: ¿El cerebro elige?
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Cada día tomamos millones de decisiones. Hay algunas que no son trascendentes para nuestra existencia, como si desayunamos té o café, hay otras que tienen mediana incidencia, como qué calle tomar para llegar más rápido al trabajo, y hay otras que nos marcan significativamente, como qué carrera seguir, o a quién votar las próximas elecciones.
En cualquier caso, suponemos que nosotros, concientemente tomamos la decisión. Pero no es así. Hoy, gracias a los avances en estudios de neurociencias, se sabe que nuestro cerebro ya decidió por nosotros antes de que seamos concientes que estamos optando. Esto lo hace basándose en nuestra experiencia y en información guardada en nuestros genes (herencia).
Suponé que vas a cruzar un río y tenés que decidir si lo vas a hacer caminando o nadando. Tu cerebro rápidamente va a evaluar a partir de situaciones previas (que te pasaron a vos o a otros) y en base a la herencia proveniente de nuestro linaje homínido.
Te estarás preguntando qué tienen que ver los monos en esto. A medida que hemos ido evolucionando (y eligiendo), la selección natural ha facilitado que en nuestro cerebro se establezcan dos circuitos involucrados en la toma de decisión. Hay un circuito corto que implica una vía rápida de decisión y que permite la supervivencia: si voy cruzando la calle y un auto viene velozmente hacia mí, corro sin pensar hasta la vereda.
El otro circuito implica áreas cerebrales más complejas y se pone en movimiento cuando tengo que meditar una decisión. O sea, pensar, manejar diferentes variables, organizar, como decidir qué voy a estudiar.
Ahora, cualquiera de los dos tienen base en dos sistemas que gobiernan nuestro cerebro emocional: el sistema de Recompensa y el de Aversión al Riesgo. El cerebro emocional es el reservorio de emociones y sentimientos universales que nos acompañan desde hace miles de años y que nos han ido sirviendo para adaptarnos al medio.
El sistema de Recompensa se relaciona con el placer. El de Aversión se activa ante alguna amenaza. Este primer tamiz se aplica a todas nuestras decisiones, que apuntarán a obtener placer y evitar lo doloroso o amenazante. Por lo que, nuestro cerebro elige primero para alimentar el sistema de recompensa.

Pedro Bermejo, neurocientífico español, asegura que, a la hora de decidir, somos mucho más emocionales de lo que pensamos. La elaboración conciente y racional viene después. Esto significa que hay variables que no manejamos cuando elegimos. Esto nos hace vulnerables a influencias del medio.
La neuropolítica es una rama de la neurociencia que se dedica a explicar cómo funciona nuestro cerebro cuando nos enfrentamos a una decisión política, y apunta a que seamos más libres, y, por lo tanto, menos manipulables, a la hora de elegir un candidato.
En el año 1960, antes de las elecciones estadounidenses, se llevó a cabo un debate televisivo entre Nixon y Kennedy, que terminó por inclinar la balanza hacia el segundo. Más allá de lo político, fue un hito que condujo a estudiar la influencia de la imagen de los candidatos en la decisión de los votantes. Nixon salía de una convalecencia, por lo que lucía pálido. A Kennedy le habían sugerido aparecer bronceado y con un traje oscuro, que se distinguía del gris que llevaba Nixon (que no resaltaba en la TV blanco y negro). Tiempo después éste decía: «Confíen plenamente en el productor de televisión, dejen que les ponga maquillaje incluso si lo odian, que les diga como sentarse, cuales son sus mejores ángulos o qué hacer con su cabello. A mí me desanima, detesto hacerlo, pero habiendo sido derrotado una vez por no hacerlo, nunca volví a cometer el mismo error».
Hoy, la neuropolítica nos enseña que el voto "supuestamente conciente" no lo es tanto. Se sabe que la imagen, los gestos, las palabras, los hechos que se resalten, los símbolos o signos que se utilicen, influyen en la emocionalidad del electorado, conduciendo a las personas a tomar decisiones.
Las campañas electorales apuntan a reforzar convicciones de los partidarios, a convencer al llamado "elector frágil" y a seducir a los indecisos. Para ello, por ejemplo, apelan a sectores socio-económico-cultural bajos, porque se sabe que son más influenciables; a emociones como el miedo o temor (lo terrible que podría pasar si se elige al opositor), la esperanza (lo bueno que vendrá). Por supuesto que hay "aderezos": expresiones faciales (se sabe que la sonrisa, el mirar a los ojos transmiten seguridad), posturas corporales (brazos abiertos, inclinar la cabeza), palabras (especialmente elegidas para generar determinadas emociones), vestimenta, etcétera, etcétera, etcétera.
Simplemente, seducen al cerebro emocional para despertar aquella elección que luego pensamos es conciente y racional.
Nuestro cerebro escucha lo que quiere y acepta aquello que resuena con su forma de estructurar el mundo. Abrirse a lo diferente, implica riesgo, y eso es algo de lo cual huimos. Pero en definitiva, es lo que nos lleva a crecer, ya que implica derribar creencias, superar barreras y dejar la zona de confort. Lo que despierta miedo.
Entonces, teniendo en claro que nuestras emociones gobiernan, hagámosles un guiño y, cuando elijamos, sea lo que sea, preguntémosnos si lo hacemos para alimentar la recompensa (entonces "elegimos sin elegir") o si podemos tolerar nuestra emocionalidad y acompañarnos en un camino de crecimiento.
Como dice Spencer Johnson "En un minuto de silencio a solas conmigo mismo, primero adquiero la conciencia de lo que estoy haciendo, luego puedo elegir si voy a buscar un camino mejor".
Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / [email protected]


