Carta de un redivivo
Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida. Alexis o el tratado del inútil combate. Marguerite Yourcenar.
-------------------------------------
Nada sacude más a nuestra breve y mísera existencia, que apercibir el verdadero tono de cuanto nos rodea, y con ello, llegar a comprender el porqué del caos que se lleva dentro. Cuando esto sucede, la vida adquiere un sentido de mayor trascendencia, extinguiéndose lo banal que pudiese llegar a haber en ella; cuanto que todo lo que hubimos tenido por asegurado y resuelto en el pasado, se torna endeble e irresoluto en el presente.
Creo no estar tan desacertado, ni mucho menos, al pensar en la existencia de un cierto rigor cuando obedecemos deliberadamente a los impulsos más innatos de nuestra propia naturaleza, y puesto que la mayoría de los fenómenos no se conocen sino por medio de la observación, y por consiguiente, de la experimentación; es que caemos en la transgresión, sin importar cuál o cuáles sean las consecuencias de nuestro obrar. Heme aquí, sacudido y perturbado por mi propia existencia. Como si en algún punto, hubiese deseado que todo esto ocurriese sin más. No me fío de aquellas personas que con descaro, se empecinan en querer inspirar lástima en los demás, lo considero un acto de suma bajeza, propio de un espíritu que carece del valor suficiente como para declararse rendido.
No basta con desnudarme ante ti con palabras, hasta el hombre más correcto y pudoroso puede hacerlo; pero de una u otra manera, debo suplir esta imperiosa necesidad que tengo de tocarte y hacerte mía. O mejor dicho, de que me toques y me hagas tuyo. La sexualidad no es otra cosa, sino, la más perversa fantasía llevada a la acción. No puede haber límites entre dos cuerpos que se hablan. Es por ello que, cuando me acerco con ansias a tu sexo, cometo los peores crímenes. Todo esto puede resultar idílico, y en extremo libertario, pero sólo soy yo siendo consecuente con lo que pienso. El desenfreno por un lado, al querer explorar la epidermis de tu vientre, y la ansiedad por el otro, tras reprimir mis más fuertes impulsos sexuales; produce en uno, una sensación semejante al estado de embriaguez, donde se pierde el control y los sentidos se hallan alterados, todo ello con su concomitante autodestrucción y un supuesto sentimiento de bienestar interior, a la vez que se lucha para apaciguar dicha excitación, con un esfuerzo casi titánico. Lo que quiero decir, en sucintas palabras, es que me complace embriagarme de ti, aun cuando ello me conduzca a la perdición. Si me descarrilo, es por una buena causa. Mi excusa eres tú. ¡Cuántos reyes, príncipes, faraones, y otros tantos sucedáneos, que se han perdido a causa de una mujer! ¡Siempre han sido protagonistas de la Historia! Son sentimentales hasta el hartazgo, sí, pero también experimentadas guerreras que no vacilan al momento de tener que usar sus armas. ¿Acaso podría un hombre encarar por sí solo cualquier empresa que se proponga realizar sin que medie una mujer de por medio? Las tribulaciones de la vida adquieren menos dramatismo con una mujer al lado. Y es que un drama compartido es un trato que conviene tanto al hombre como a la mujer. Todo resulta más favorable y esperanzador, cuando se cuenta con un hombro en el que apoyarse de vez en cuando. Por eso me he apoyado en ti todo este tiempo, en un acto de egoísmo característico en mí, aun sabiendo que también te hayas consumada por los problemas, y a expensas del perjuicio que pudiera ocasionarte con todo ello. Pero eres mi antítesis, por lo que, siempre consigues mantenerte en pie, más allá de los incontables infortunios que componen la vida.
Debo ser franco, y admitir que, cuando me pusieron al corriente acerca de la gravedad de tu enfermedad, el primer pensamiento que acudió a mi cabeza, fue el de concluir con mi vida.
N.