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Alta performance y calidad de vida: Efectos de la reciprocidad

Si, por ejemplo, alguien es atento con uno, por más que nuestra esencia no sea la misma, es educado corresponder a esa actitud.

Con frecuencia es importante saber retribuir, aunque a veces sea preferible no hacerlo. Si pensamos, por ejemplo, en una situación poco feliz impulsada desde otro hacia nosotros, ya es suficiente con la consecuencia generada por quien inició la acción.

Natalia Aramburu

No necesitamos apelar a la reciprocidad. El instinto tal vez nos llevaría a querer –como dice la frase popular– “pagar con la misma moneda”, pero esto no traerá consecuencias agradables y saldremos más perjudicados.

En cambio, en otras ocasiones la reciprocidad es una forma de retroalimentar lo positivo o constructivo que los demás generan en nosotros a través de sus palabras y acciones.

Si, por ejemplo, alguien es atento con uno, por más que nuestra esencia no sea la misma, es educado corresponder a esa actitud, haciendo –si es necesario– un esfuerzo para ser recíproco. Es claro que tratándose de aspectos sutiles como un sentimiento profundo, no puede retribuirse si no se siente lo mismo. No funcionaría si la acción es forzada o fingida.

Para situaciones cotidianas en las cuales consideraríamos linda una actitud, frase o manera de actuar de otro hacia nosotros, impregnar la respuesta con eso mismo que nos agrada, llevaría nuestra vida diaria a un nivel mucho más agradable, y por ese simple acto nuestras actitudes se tornarían más civilizadas, educadas; en otras palabras: más humanas. Podemos comenzar entonces teniendo bellas actitudes hacia las personas con las que nos vinculamos a diario, pero también corresponder de esa manera cuando es el otro el que da el primer paso.

Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.