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Receptividad

Se dice de alguien receptivo que “es quien recibe o es capaz de recibir". ¿Qué tan receptivo somos?

Últimamente da vueltas en mí la idea de que cuanto más receptivos somos, nos volvemos también más flexibles y de esa manera ampliamos nuestras posibilidades de aprendizaje y crecimiento.

Natalia Aramburu

Si estamos cristalizados en nuestras formas de hacer, sentir y pensar, tenemos menos posibilidades de mutar, de transformarnos, de crecer. Se dice de alguien receptivo que “es quien recibe o es capaz de recibir”, y tal vez lo primero que nos viene a la cabeza es la disposición a recibir una opinión, consejo o crítica. Si bien es importante estar abierto a ese tipo de sugerencias, sobre todo si vienen de parte de alguien que nos quiere, pienso en la receptividad como algo más abarcador.

Trato de imaginar que podemos ser permeables como determinados tipos de suelos, por los que el agua pasa y se filtra fácilmente. Y también lo contrario: impenetrables como un suelo arcilloso. O lograr cierto equilibrio y –siguiendo con la metáfora– llegar a ser como esos suelos permeables de grano medio, que mantienen el equilibrio entre humedad y retención de nutrientes.

Cuando nos encontramos ante algo nuevo –un nuevo pensamiento, paradigma, situación– sería interesante mantenernos predispuestos, atentos, permeables ante la posibilidad de enriquecimiento y aprendizaje. O simplemente, sin hacer nuestro aquel patrimonio novedoso, al menos permitir que nos impregne, para conocerlo de una manera más cercana y así poder sacar nuestras propias conclusiones.

Receptividad es sinónimo de sensibilidad, tendencia, afinidad, propensión, y es por ello que considero esta actitud como una forma de tornarnos más flexibles, sobre todo ante lo que percibimos como diferente.

Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.