Alta performance y calidad de vida: La belleza de lo inesperado
Reflexionando acerca de lo estructurada o rutinaria que puede hacerse nuestra vida, con las responsabilidades de cada día, de la semana, del mes, de lo que sucede al principio, medio o final de cada período, etc., pensé en lo inesperado y en los efectos que desencadena en nosotros.
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Natalia Aramburu |
Siento que muchas vivencias interesantes se presentan así, como algo espontáneo, no previsto, por lo cual en general salen de lo común. Y a menudo se transforman en lo más importante que nos sucedió ese día, justamente por su carácter de inusuales.
Quitando de la lista cualquier acontecimiento inesperado que todos consideraríamos triste o negativo (por ejemplo, una inundación, un terremoto, una pérdida), se me hace entretenido pensar en una recopilación de hechos imprevistos relatados por infinidad de personas, ordenados en categorías como, por ejemplo, absurdos, alegres, atemorizantes, románticos, emotivos, y que formaran una pequeña historia. Seguramente todos guardamos en la memoria situaciones que no esperábamos vivir y que nos generaron algo diferente y a la vez agradable.
El placer que proporcionan los viajes o las vacaciones está sin duda asociado al hecho de salir de la rutina, lo cual abre más la posibilidad de lo casual. Sin embargo, creo que podemos vivenciar sorpresas a diario, ya que a nuestro alrededor surgen bellas situaciones fuera de lo común y, simplemente, no prestamos la suficiente atención para percibirlas. En cierto modo, nuestro “piloto automático” no nos permite ver.
Creo que si no experimentamos con más frecuencia agradables acontecimientos inesperados, es porque no estamos con la predisposición necesaria en esa sintonía. Propongo un ejercicio: recordar ese tipo de eventos imprevistos en que la sensación fue placentera, feliz y memorable, y analizar en qué proporción esa situación fue favorecida por una buena predisposición y en qué porcentaje por el hecho en sí mismo. Me da la sensación de que nos sorprenderá descubrir lo mucho que influyó nuestra proclividad.
Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.