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Alta Performance y Calidad de Vida: Conocer a alguien

En el mundo actual, conocer a una persona se tornó casi siempre un acto mecánico. ¿Y si pusiéramos una atención especial en descubrir a quién tenemos delante?

En el mundo actual, conocer a una persona se tornó casi siempre un acto mecánico y despojado de condimentos especiales. Tal vez por el ritmo de vida acelerado en que vivimos, la sociedad en su conjunto ha perdido algunas cualidades individuales en cuanto a la manera de relacionarnos.

Natalia Aramburu

Pero muchas cosas desaprendidas podríamos recuperarlas remitiéndonos a nuestra infancia; por ejemplo, era un gran acontecimiento tener, a comienzos del año lectivo, un nuevo compañero en el curso. Todos estábamos ansiosos por acercarnos a ese niño o niña, saber su nombre, dónde vivía, conocer su carácter, sus juegos preferidos. Si nos hacíamos amigos, podíamos conocer luego cosas más íntimas, como su casa, su familia, etc.

Quizás la única circunstancia en que ponemos una intención y calidez especial al hecho de conocer a alguien, es cuando vislumbramos que esa persona puede transformarse en un compañero afectivo. Pero, ¿acaso nuestra vida no se enriquece también con los demás tipos de vínculos?

Sería lindo que, sin segundas intenciones o intereses, cada vez que conocemos a una nueva persona pusiéramos una atención especial en descubrir a quién tenemos delante, tomando conciencia de ese encuentro o charla y disfrutándolo. Muchas veces nos sorprenderemos de todo lo interesante que hay en ese nuevo conocido, porque aunque sea alguien que nunca volvamos a ver, no estará de más ser abiertos y comunicativos, permitiéndonos un intercambio enriquecedor y tal vez un nuevo vínculo. Cuando encuentro un ámbito donde me tratan así, con receptividad para conocer quién soy, siento ganas de quedarme.

En palabras de Amelie Nothomb, “Conocer a alguien debería constituir un acontecimiento. Debería conmover tanto como cuando después de cuarenta años de soledad, un ermitaño ve a un anacoreta en el horizonte de su desierto.” (Diario de Golondrina, 2006.)

Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.