La familia más hermosa del mundo
Uno por ahí no alcanza a dimensionar la pavorosa brevedad de la vida y la importancia del amor pegoteado –a como dé lugar– en las paredes del nido. Uno anda por ahí ciertamente ciego, confuso, atolondrado y afligido. La propia supervivencia nos alborota el latido y muchas veces, al final del día, volvemos a casa con las manos repletas de electrodomésticos y vacías de contenido.
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La síntesis de esta crónica es bella hasta lo pavoroso y cruel hasta la ternura: una humildísima familia del oeste de la Ciudad de Mendoza, los Moreno, acapara amores y virtudes y notables sacrificios para salir adelante. Sin embargo, claramente, no lo logra y padece, con holgura y dignidad, la injusticia de no nacer en el sitio adecuado.
En este mar de zonzeras laureadas, de tinturas claras, opulentos oprobiosos, credos increíbles, rejas en los patios, panzas fofas y marrones oscurecidos, esta historia es depositaria de una feroz esperanza, aunque también de una desesperanza, al menos, lúcida.
Al respecto, aquellos que consideren que las cosas en la vida se consiguen como premio a los esfuerzos, tal como si un paraíso con cascadas existiera, absténganse ya mismo de leer la presente, porque de familias como los Moreno, esta Mendoza está llena. Y viven y sufren, pasan y mueren sin conseguir aquello que, por nobleza y actitud, largamente merecen. La vida es injusta para la mayoría, que son como los Moreno, pero no para nosotros –asegurados, bilingües, píos y satisfechos– que ya tanto somos paladines de la indolencia, como delincuentes de guante blanco y sin castigo.
Vamos a los hechos.
Erica me escribe en Facebook que su hijo Ezequiel de trece años ama tocar la viola y que no tiene viola (no guitarra, por favor, viola, ese instrumento más grande que el violín) y que si puedo hacer una nota para conseguir una. Entonces, voy a su casa, al oeste de oeste, atrás de La Favorita, barrio Nuevo Amanecer, casas bajas y tristes, calles malheridas y angostas, gente laburante y sacrificada, niños, perros, cumbias y ese pie calloso de los cerros desconocido para los paladares relucientes y hasta para los fanáticos de los deportes de aventura.
Conozco, entonces, a la familia, que me espera con un mate plástico y un cuarto de paquete de Criollitas: Erica Lara (36), la mamá, Nelson Moreno (37), el papá, y sus hijos Gabriel (15), Ezequiel (13), Aixa (9), Benjamín (7) y la abuela Norma Tapia (62).
La pequeña casa es una mezcla de cosas: el olor a humedad insobornable, los agujeros en el techo delatores, los muebles en el piso fatigados, la ropa amontonada con descaro y, no obstante, un perfume que éste que escribe y usted que lee al menos una vez en la vida han percibido: el perfume del amor. El amor como madero, pero también como único sentido; el amor como bandera y también como alegría; el amor como escudo y también el amor como sosiego. Los Moreno, señoras y señores, se aman. Y no se lo andan diciendo, pero se nota, descaradamente se nota que esta familia es hermosa, es la más hermosa del mundo.
Y, por tanto, sufren, se esfuerzan, hacen cosas que ni vos ni yo haríamos para salir adelante. Y no salen adelante y hasta tienen vergüenza de decirlo. Después, un rato después, vamos al patio y Ezequiel toca un poco en su viola prestada…
Digamos ya mismo que Ezequiel toca la viola y que va a la escuela y que vende tortitas caseras en su bicicleta, pero, bueno, no tiene viola y se le rompió la bicicleta. Cuando no estaba rota y había para comprar materias primas, la familia agregaba a las tortitas “alfajores de maizena, churros y pastelitos”, explica el niño. Y él y su hermano Gabriel, hermosos como caballos, en el contraturno escolar, bajaban del piedemonte con su carga y seguro te molestaron alguna vez con sus gritos de guerra.
- ¡¡¡ A las tortitas calentitas caseritaaaaas !!!
Mírenlos. Imaginen que los miran y que el mundo es más justo o más injusto y entonces son vuestros propios hijos los que salieron a parar la olla allá abajo, donde hay calles asfaltadas, autos como delfines, jardines como adjetivos de profetas, alarmas como loros incendiados y dentaduras completas y calefacciones centrales y piscinas como espejos boca arriba y bolsillos llenos de pecados.
Ezequiel toca en la orquesta “Pequeños grandes músicos del piedemonte” (él mismo le puso el nombre), bajo la batuta de la seño Marina. Ensayan en el salón comunitario de La Favorita y este estupendo emprendimiento es promovido por la comuna. Hay ahí casi cuarenta chicos estudiando violas, violoncellos, violines y flautas traversas y leyendo música de partituras (he ahí una admirable política en seguridad, que no consiste en llenar de polícías y móviles las calles afamadas y los centros comerciales y en llenar de pobres las cárceles).
El niño saca su carpeta. Está ciertamente nervioso y no sabe qué tocar. Su familia lo rodea como una cuerda de besos. Hojea: Polka del Folclore Alemán, El Marucho, Happy Blues, Canción de la Vacuna (de María Elena Walsh), London bridge is a falling down, Allegro de Shinichi Suzuki. En este barrio pobrísimo, en este patio con basuras que intentan reciclarse –al borde de una casa demasiado pequeña para tantos–, uno lee esos títulos en manos de un niño con una viola en la mano y entonces se da cuenta de que la utopía es posible.
Y hay más: me cuenta Ezequiel que, el otro día, fueron, de onda nomás, por supuesto, a tocar a la escuela Corazón de María y dejaron a las docentes llorando a pata suelta. Y pienso: qué gusto da comprobar de qué modo los que fueron despojados de todo, siguen estando dispuestos a dar, aun a aquellos que tal vez los despojaron.
Digamos ya mismo que los Moreno creen en la existencia de Dios y que son decididamente evangélicos. De hecho, el abuelo es pastor. Hablamos de don Hernén Lara (sí Hernén, así se llama; y cuando tuvo su primer hijo, le puso Hernán, quizás para enmendar el error). Y como creen en Dios y son gente decente, intentan llevar esa creencia religiosa a sus vidas (pobres de aquellos, pienso ahora, que crean en semejante historia de premisos, culpas y castigos y, a la vez, sean personas miserables, aunque opulentas, ¿cómo habrán de poder vivir de esa manera?).
Por eso, por Dios, los Moreno y los Lara –con Erica a la cabeza– juntan de nuestras basuras pedacitos de tela y construyen títeres y arman funciones y las llevan a las plazas, a regalarlas otros niños. Y, claro, bajan su línea evangélica ahí, explicando el universo todo, con sus manos metidas en trozos de vegetales y sintéticos que cobran vida como los monstruos del deseo en la llanura de tus sueños (uno de los títeres, quizás, la estrella de la compañía, es eEl Pastor, con su túnica, su barba blanca y su bastón, dispuesto, claro está, a llevar la palabra de Dios hasta las últimas orejas desesperadas y, como en toda historia que se precie, hay un villano: El Lobo). Llaman a sus prédicas “de salvación y de bautismo” y vaya uno a saber qué significa semejante asunto.
Miren ahí, callado, tímido y circunspecto, a Gabriel, el de 15. Tiene su propia historia: debe lidiar, le han dicho con su déficit atencional, que le hace no dar sus mejores resultados en la escuela. Rato después, ya más en confianza, me dirá de sus ganas de aprender a tocar el bajo o la guitarra, pero, claro, no tiene ni bajo ni guitarra.
Aixa y Benjamín escuchan todo con desusado apetito. El niño crece sano en su pobreza y la niña se recupera, porque, sabrán ustedes, estuvo internada en el Notti, con los pulmones llenos de pus. Resulta que fue al citado nosocomio por una indigestión, al mezclar pescado y chocolate, y allí, nos cuenta su madre, se pescó neumococo y casi la pierden. Debió ser operada tres veces -le sacaron varios litros de pus- y ahora debe cuidarse del frío y de la humedad, en este lugar donde hay tanto frío y humedad. Bueno, así es la vida con la dulcísima Aixa.
Seguimos el recorrido visual y vemos a Erica y Nelson, tomados de la mano, invictos, dignos, evangélicos, nobles. Ella es la mamá que multiplica los panes y los peces; él es el papá, hace changas de plomería y sanitarios, cuando alguna le pinta. Sus sueños corren por el lado de poner un negocio: vender pizzas empanadas, lomos, pasteles, panchos. Saben hacerlos, se han capacitado, y tienen incluso una clientela, pero les faltan maquinarias: lomitera, panchera, horno, freezer, freidora de papas, amasadora y pastalinda.
- Si consiguiéramos un préstamo para microemprendimientos, nosotros podríamos ir devolviéndolo. Somos gente honesta y, aparte, podríamos con eso ir ayudando a otras familias que no están bien. ¿Usted puede ayudarnos con eso?
- ¿Quién, yo? No…
En tanto vienen tiempos mejores, el freezer está lleno de juguitos congelados, que intentan vender en la barriada, por una monedita.
Si has llegado a esta altura en esta nota, bien merecés que te cuente otro portento: resulta que los cuatro niños duermen en la misma pieza. Para conseguir ampliar la vivienda, la pareja ha ido hasta lugares donde vos y yo tiramos nuestros escombros. Ahí, con un pico y una pala, fueron separando ladrillo por ladrillo que sirviera y el hierro de las columnas. Y construyeron cuatro paredes. Y ahora no tiene techo y no saben cómo hacerse de un techo. Así es la vida para esta gente, a quien uno le besaría las manos, pero elige dejárselas vacías.
Otra vez vuelve a molestar el amor. Mientras charlamos, la pareja se abraza, pasan los niños y los acarician. Reina el amor aquí, eso está claro. Brota el amor, como la pobreza, de cada rincón, y hace remolinos en el aire húmedo.
Llega la tía Verónica, cansada de hacer cola hasta obtener un turno médico para dentro de un mes. Ella, si bien ya cuenta sus buenos años, vende ropa en el “shopping” del barrio y estudia y forma parte del programa “Ellas hacen”, porque sueña con terminar el secundario y acceder a un futuro mejor. Se toma un mate, Verónica, ya sin Criollitas, y, ahí nomás, empieza a sonreír, porque es igual a los demás, cortada con la misma tijera.
Ya con el corazón en la mano, me dispongo a subir a mi estupendo auto. Lo miro. Lo miro y veo que Ezequiel, duda, duda, duda, hasta que se anima y me dice:
- ¿No me podría ayudar para que me arreglen la bici? Es la que uso para ir a vender las tortitas con mi hermano...
- ¿Quién, yo? No…
Afuera el día es espléndido, allá en el oeste de la ciudad. Los Moreno, en algún modo de acuerdo con ese Dios que los bendice y los maldice, se han encargado de embellecerlo. La banda sonora de esta despedida es de Ezequiel en su propia viola tocando “Happy Blues”, mientras pedalea piedemonte abajo, dejando un perfume de tortitas con chicharrones, flotando en el aire, como un recuerdo de infancia.
Ulises Naranjo.
Posdata: Si querés ayudar a esta familia, podés comunicarte con ellos Erica (2615699529) y Nelson (2616904601).
Básicamente, necesitan: una viola, dos bicicletas, una guitarra, techar una habitación grande, muebles, elementos para montar un negocio (lomitera, panchera, horno, freezer, freidora de papas, amasadora y pastalinda) y asesoramiento para microemprendimientos. También podés llamar a Mdz (4052400), pedir por el firmante de esta nota, Ulises Naranjo, y coordinar para ver de qué modo hacer llegar las cosas a la familia. Gracias.