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Las expectativas, mejor en su justa medida
Partiendo de que es una suposición centrada en el futuro, contamos siempre con la posibilidad de que esa hipótesis tenga un mayor o menor realismo.
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Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.
¿En cuántas situaciones nuestras expectativas nos han llevado a una situación de decepción?
Partiendo de la base de que la expectativa es una suposición centrada en el futuro, contamos siempre con la posibilidad de que esa hipótesis tenga un mayor o menor realismo.
El hecho de tener expectativas sobre hechos, situaciones y personas no es en sí algo negativo, pero sí el grado o intensidad que le ponemos a esa perspectiva de lo esperado, que puede ser exagerado o estar fuera de la realidad.
En general, respecto a un evento o situación, uno tiene más o menos esperanza según determinado tipo de información previa recogida por distintos medios, desde comentarios de amigos hasta una campaña de marketing. Por ejemplo, cuando vamos al cine podemos tener la idea preconcebida de que el film será increíble, pues ya recibió excelentes críticas de profesionales y gente conocida. Sin embargo, a nosotros puede no parecernos lo mismo, o tal vez la sensación sea buena simplemente porque generamos muchas ideas previas. Otras veces sucede lo contrario: uno va a ver la película casi sin información y termina sorprendido, fascinado, justamente por haber ido sin ninguna expectativa.
Más compleja es la situación cuando transferimos esto a las personas, suponiendo que tal o cual individuo debe actuar, reaccionar, pensar o sentir de determinada manera. Creo que es mucho más saludable no esperar de los demás actitudes precisas que tengan que ver con nuestros propios deseos.
Pienso que deberíamos ser más conscientes de que cada cual actuará y reaccionará según sus posibilidades y características, y no de acuerdo con nuestro anhelo o esperanza, que muchas veces no condicen con su personalidad. De esta manera no solo evitaremos desilusionarnos sino que estaremos respetando la manera de ser del otro, y a partir de allí podremos decidir qué tipo de vínculo queremos mantener con cada ser humano con quien nos relacionemos.
El hecho de tener expectativas sobre hechos, situaciones y personas no es en sí algo negativo, pero sí el grado o intensidad que le ponemos a esa perspectiva de lo esperado, que puede ser exagerado o estar fuera de la realidad.
En general, respecto a un evento o situación, uno tiene más o menos esperanza según determinado tipo de información previa recogida por distintos medios, desde comentarios de amigos hasta una campaña de marketing. Por ejemplo, cuando vamos al cine podemos tener la idea preconcebida de que el film será increíble, pues ya recibió excelentes críticas de profesionales y gente conocida. Sin embargo, a nosotros puede no parecernos lo mismo, o tal vez la sensación sea buena simplemente porque generamos muchas ideas previas. Otras veces sucede lo contrario: uno va a ver la película casi sin información y termina sorprendido, fascinado, justamente por haber ido sin ninguna expectativa.
Más compleja es la situación cuando transferimos esto a las personas, suponiendo que tal o cual individuo debe actuar, reaccionar, pensar o sentir de determinada manera. Creo que es mucho más saludable no esperar de los demás actitudes precisas que tengan que ver con nuestros propios deseos.
Pienso que deberíamos ser más conscientes de que cada cual actuará y reaccionará según sus posibilidades y características, y no de acuerdo con nuestro anhelo o esperanza, que muchas veces no condicen con su personalidad. De esta manera no solo evitaremos desilusionarnos sino que estaremos respetando la manera de ser del otro, y a partir de allí podremos decidir qué tipo de vínculo queremos mantener con cada ser humano con quien nos relacionemos.